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La reforma anglicana y el pueblo hispano
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Por Isaías A. Rodríguez

La gran Reforma eclesial efectuada en el siglo XVI fue de todo punto providencial. Era tal la corrupción imperante que de todos los rincones del orbe se oían gritos de reforma. Una reforma que se venía demandando desde inicios del siglo XV en el concilio de Constanza, y que resultaba ser tan complicada que el mismo Lutero atribuía su éxito solamente a Dios. Era obligado recuperar el auténtico espíritu de Jesucristo y de la práctica primitiva de la Iglesia. La reforma anglicana fue la más tardía en adherirse al movimiento reformista religioso de ese siglo, y quedó establecida y fijada definitivamente con el "Arreglo isabelino" en 1559.

La figura más destacada fue el arzobispo Tomás Cranmer. Se podría afirmar categóricamente que sin su decisiva determinación, la reforma en la iglesia de Inglaterra hubiera tomado otro rumbo. Su legado, en general, fue más positivo que negativo. Se adelantó en muchos puntos a las reformas que tuvieron lugar en el siglo XX. La excelente preparación teológica de Cranmer y el contacto con otros teólogos continentales le ayudaron a madurar y lograr intuiciones que todavía tienen validez y peso en nuestros días.

Es, pues, preciso que dediquemos brevemente unas líneas a su figura para luego ver cómo todavía tienen vigor en nuestros días muchos de sus logros, y contribuyen a que seamos más fieles a nuestra fe, tal como la heredamos de Jesucristo.

La figura de Cranmer
Nace en 1489 en Aslockton, condado de Nottingham, Inglaterra, de familia humilde. Nunca olvidará esos orígenes, aunque siempre viviría en palacio. En los años escolares tuvo una mala experiencia a manos de un "severo y cruel maestro". En 1520 recibió las órdenes sagradas y en 1523 el doctorado en teología. Mientras tanto había logrado una vasta formación intelectual, tanto escolástica como humanista, con entusiasmo hacia los estudios bíblicos y los Padres de la Iglesia. Tenía una biblioteca personal excelente. Todo ello le preparó para la adopción de las ideas luteranas que se divulgaban durante la década de 1520. Sin embargo, en esta primera época de su vida, se han descubierto anotaciones en los márgenes de una obra de Juan Fisher: Assertiones Luheranae Confutatio, en las que afirma que Lutero "caprichosamente ataca y desvaría contra el Pontífice", "acusa a todo un concilio de locura, es él el que está trastornado", "llama impío a un santísimo concilio, ¡oh la arrogancia de este malísimo hombre!"

En 1526 es elegido para asumir un papel de menor importancia en la embajada inglesa de España. Pero esta visita tendrá mucha importancia para su posterior reforma. Lo veremos.

A los 42 años empezó a inclinarse hacia el evangelismo e ideas luteranas. Un año más tarde fue nombrado embajador en la corte del emperador Carlos V. En Nuremberg vio por primera vez los efectos de la reforma iniciada por Lutero, a quien antes odiaba. Se reunió con el principal arquitecto de las reformas de Nuremberg, Andreas Osiander, se hicieron amigos, y hasta llegó a casarse con Margarita, sobrina de la esposa de Osiander. No la tomó como amante, como era la costumbre imperante entre los sacerdotes para quienes el celibato era demasiado riguroso.

A los 45 años se declaró abiertamente a favor de la reforma evangélica-luterana, a pesar de que un año antes había sido consagrado arzobispo de la iglesia católica. Desde este momento todas sus energías estarían orientadas a "reformar la iglesia al máximo de nuestra capacidad y ofrecer nuestro trabajo para que tanto las doctrinas como las leyes sean mejoradas siguiendo el modelo de la Sagrada Escritura", así se lo comunicó a Calvino.

Murió quemado en la hoguera el 21 de marzo de 1556, después de habernos dejado la obra maestra de El Libro de Oración Común, - escrita en colaboración-, sin embargo, él fue su principal líder y redactor. Con esta obra, el genio literario de Cranmer contribuyó en gran manera a perfeccionar la lengua inglesa. En frase de Diarmaid MacCuloch: "Las palabras de El Libro de Oración Común han sido recitadas por los ingleses con mucha más frecuencia que los soliloquios de Shakespeare".

Influencia española
Como se ha indicado, el Arzobispo vivió un año en España. Allí observó la empresa reformadora que se venía realizando desde mediados del siglo XV. Reforma que se había iniciado en las órdenes religiosas que deseaban recuperar el auténtico espíritu religioso de sus fundadores. Debido a las reformas morales y académicas llevadas a cabo por las órdenes religiosas, éstas recibieron el nombre de "observantes", entre ellas se pueden mencionar, los benedictinos, los cistercienses, los franciscanos, y posteriormente, los carmelitas, una de las reformas más renombradas por sus célebres santos Teresa de Jesús y Juan de la Cruz.

Los Reyes Católicos incrementaron ese esfuerzo desde finales de ese mismo siglo. Antes de que Lutero escribiera su catecismo ya se había publicado uno en Sevilla en 1493, orientado a la formación del pueblo. Más tarde proliferarían otros catecismos con la misma intención, como los famosos de Ripalda y Astete.

Cranmer también entró en contacto con el rito mozárabe, - rito litúrgico primitivo conservado por los cristianos que vivían en territorio musulmán en España. De esta liturgia tomaría varias oraciones para el libro de oración. Posteriormente conoció la obra del franciscano español y cardenal Francisco de Quiñones, el Breviario de la Santa Cruz, que se hizo inmensamente popular en toda Europa superando más de cien ediciones. Una adaptación del prefacio del breviario de Quiñones apareció como prefacio de El Libro de Oración Común. Empieza así: "Nunca hubo cosa tan bien ideada por el ingenio del hombre, ni tan firmemente establecida, que con el transcurso del tiempo no se haya corrompido; como, entre otras cosas, se deja ver claramente por las oraciones de uso común en la Iglesia". En este breviario se leería la biblia completa cada año, el salterio cada semana, se reducían al mínimo las lecturas de las vidas de los santos y se suprimían antífonas y responsorios. Cranmer siguió, casi al pie de la letra, estas directrices.

Otras influencias
Se ha mencionado que Cranmer poseía una amplia formación bíblica y patrística. Leía muchísimo, incluso después de su consagración como arzobispo dedicaba al estudio tres horas diarias. Entre las fuentes utilizadas para su obra reformadora, conocía las liturgias del norte de Europa, las liturgias orientales, unas plegarias eucarísticas escritas por Hermann von Wied -un arzobispo reformado de Colonia-, fuentes luteranas como Osiander, Justus Jonas y Martin Bucero, el rito litúrgico Sarum -popular en Inglaterra-, y las fuentes hispanas, ya mencionadas.

Influencia decisiva fue la de Lutero cuyos principios siguió fielmente: el pueblo debía entender lo que se hacía en los servicios, debía darse un cambio de ser espectadores a participantes activos, debía recibir una educación religiosa adecuada, y a tal fin se impartirían clases. El Libro de Oración, en general, seguía el principio de Lutero de que las costumbres debían alterarse solamente cuando lo demandara la Escritura. Otro principio dominante, no precisamente de Lutero, era el retorno a los orígenes. Principio que se convertiría en ritornelo durante la renovación del Concilio Vaticano II (1962-65).

Con estas premisas Cranmer se lanzó a realizar la reforma litúrgica que era necesaria para que en la iglesia de Inglaterra se practicara un cristianismo según los parámetros de la Iglesia primitiva. Se dio cuenta, primero, que era necesario simplificar los ritos litúrgicos que, llenos de rúbricas y normas, se habían vuelto complicadísimos. En segundo lugar era necesario lograr la participación de la gente y superar la condición de espectadores que se había impuesto durante la Edad Media. Tercero, para ello había que establecer la liturgia en la lengua del pueblo. Cuarto, había que restaurar la administración del sacramento bajo las dos especies. Finalmente, era necesario lograr la edificación de la gente mediante la predicación frecuente y la lectura de la biblia. La primera biblia inglesa presentada al pueblo fue obra, en gran medida, del genio literario Guillermo Tyndale. Logros obtenidos por Cranmer.

El Libro de Oración Común cumplía fielmente los requisitos indicados en el apartado anterior. Se centraba en las Escrituras. El leccionario pedía que se leyera toda la biblia una vez al año, el Nuevo Testamento tres veces al año y los salmos una vez cada mes. Esto exigía que la biblia se leyera en amplios segmentos o capítulos enteros, se predicara sobre lo leído, lo que lograría que fuera el alimento dominante de los cristianos ingleses. Entre otras cosas, se quería lograr que los clérigos meditaran con más frecuencia sobre la palabra de Dios, mejoraran de vida y pudieran exhortar a otros con el ejemplo y la doctrina.

Mantuvo la fe primitiva de la Iglesia contenida en la biblia, los credos y en los cuatro primeros concilios generales.

En el rito sacramental del orden suprimió el subdiaconado como orden menor y recobró el sentido patrístico de las órdenes mayores: obispo, sacerdote y diácono. Rechazó la idea medieval de que el sacerdocio es la orden primaria del ministerio y el obispo no era más que un sacerdote. La iglesia católica recobró esto con el papa Pío XII.

En el santoral eliminó casi toda la lista de santos, dejando únicamente las festividades de los apóstoles. También esto supuso una innovación, ya que de muchos santos no había constancia y fueron creados por la imaginación popular. Hoy el santoral en la Comunión Anglicana es más amplio, porque hay más conocimiento y mejores criterios intelectuales para probar la vida de los santos.

Restauró el orden católico de que todo el pueblo de Dios pueda recibir la comunión bajo las dos especies de pan y vino. Se instó a los fieles a comulgar con frecuencia.

Los servicios se celebrarían en lengua vernácula. De esa manera el pueblo participaría y abandonaría, poco a poco, costumbres que al parecer de los reformadores eran supersticiosas.

Suprimió el celibato. Tradicionalmente, incluso los Padres de la Iglesia, se había visto al matrimonio con recelo debido al tema de la sexualidad. Valga como ejemplo lo que afirma san Juan Crisóstomo: "El hombre vivía en el paraíso sin deseo alguno sexual de tal manera que no existían relaciones sexuales, ni nacimientos, ni otra clase de corrupciones. Solo después del pecado el hombre fue revestido de la esclavitud del matrimonio". Influenciados por doctrinas dualistas aceptaban el matrimonio como un mal menor cuyo fin primario y único era la procreación. Fuera de esos fines, todo acto sexual estaba condenado. Esta doctrina seguiría reinado hasta el siglo pasado, cuando en el Vaticano II se le dio un aspecto mucho más positivo, semejante a lo que había hecho Cranmer cuatrocientos años antes al establecer que el matrimonio es "para la ayuda y el consuelo que cada uno se dé, tanto en la prosperidad como en la adversidad". Y mientras el rito Sarum bendecía solamente a la mujer, ahora estableció que se bendijera también al hombre. Esto resultó entonces una novedad en la teología medieval.

Las catedrales sobrevivieron como centros de oración y bella música, muy a pesar de Cranmer, que las veía únicamente como potencial beneficioso de educación y difusión de las ideas evangélicas. Aspectos negativos.

El libro de las Homilías se debía leer en todas las parroquias. En él había cuatro escritas por Cranmer. En la homilía sobre "las buenas obras anexas a la fe", atacó el monacato y las devociones privadas; entre ellas rechazó las cenizas el Miércoles de Ceniza, el uso de palmas el Domingo de Ramos y el fuego del sábado de gloria. En esto Cranmer se dejó llevar del fanatismo. Estas costumbres se han mantenido en confesiones que conservan el elemento católico tradicional, y se van introduciendo en algunas de cariz más protestante.

Martín Bucero publicó un feroz libro contra las imágenes. Este influiría en la destrucción de imágenes que sería uno de los aspectos más tristes de la reforma inglesa. Cranmer fue uno de los más acérrimos iconoclastas, terminando con santuarios, imágenes, velas, sedas y telas preciosas. En cada parroquia que visitaba obligaba a "eliminar cualquier imagen que abrigara la sospecha de una devoción privada". Este periodo iconoclasta, unido a la supresión de monasterios, fue considerado en 1888 como una catástrofe nacional por la universidad de Cambridge.

En el prólogo de su libro Defensa de la verdadera y católica doctrina del sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo, comparaba "las cuentas (del rosario), los perdones, las peregrinaciones y otras costumbres semejantes papistas" a las malas hierbas, donde las raíces de las malezas eran la transustanciación, la presencia real y la naturaleza sacrificial de la misa. También en este punto le cegó el fanatismo. Algunas de esas costumbres han perdurado en el buen sentido común de la gente. Y se pueden acomodar y darles un sentido bíblico, sin necesidad de ser tan negativos.

El Concilio Vaticano II (1962-65).
Durante toda su vida Cranmer soñó y luchó por la celebración de un gran concilio ecuménico en el que todas las partes en disensión se sentaran y resolvieran los problemas más apremiantes que la Iglesia tenía planteados en el siglo XVI. Ese concilio nunca se celebró. El de Trento siguió por derroteros diferentes, y la iglesia católica prácticamente permaneció en el medioevo y anclada en una fortaleza.

Sin embargo, con el tiempo fue naciendo y formándose lo que dio en llamarse El movimiento litúrgico (1830-1969). Este movimiento fue el esfuerzo realizado durante casi siglo y medio por restaurar la adoración a su prístino esplendor. Tenía como objetivo primordial involucrar activamente al pueblo de Dios en la liturgia. Tal meta se logró en el Concilio Vaticano II del siglo XX; la renovación litúrgica fue el primer documento en ser aprobado. Es la constitución sobre la litúrgica llamada Sacrosanctum Concilium (1963). El documento enfatizó la "participación consciente y activa" de los feligreses. La lengua de adoración sería la vernácula. Se reformó todo lo relacionado con la liturgia, el año litúrgico y el santoral. En colaboración con las iglesias: católica, luterana, metodista, presbiteriana, episcopal y la iglesia anglicana de Canadá se creó el Leccionario Común. (Ahora es el Leccionario Común Revisado, obra creada en colaboración entre la iglesia católica y dieciséis denominaciones protestantes); con él se leerá prácticamente toda la biblia en un periodo de tres años. El domingo tendrá siempre la preferencia de ser la fiesta del Señor.

En este concilio católico participaron las mentes teológicas más profundas y clarividentes del siglo XX. También asistieron invitados de todas las confesiones cristianas. Por ello, ha sido el más ecuménico de todos los concilios. El concilio recobró logros, que el mundo protestante ya había afirmado cuatrocientos años antes, como "el sacerdocio de todos los fieles" obtenido por el bautismo, promoviendo de esa manera la actividad misionera de los laicos que culminaría en otro documento conciliar. Se insistió machaconamente en un retorno a la práctica primitiva de la iglesia, así como en el uso, estudio y meditación de la biblia.

En el ecumenismo, de repente, todos los cristianos dejaban de ser enemigos para convertirse en hermanos. En verdad, se logró un diálogo religioso entre las confesiones cristianas y entre las religiones de todo el mundo.

Influencia de la reforma anglicana en el pueblo latino
Sabido es que la mayoría de los latinos que se adhieren al anglicanismo proceden de la Iglesia Católica. La mayoría ya vive, inconscientemente, toda la reforma efectuada por el Concilio Vaticano II. En ese sentido, no aprecian en todo su valor, lo logrado por Cranmer y los demás reformadores en el siglo XVI.

Dos de los distintivos de la Iglesia Episcopal tradicionalmente eran la biblia y la liturgia. Hoy día esas particularidades se difuminan un tanto debido a lo ya mencionado. Tanto en la Iglesia Católica como en la Episcopal la biblia y la liturgia adquieren primacía. Es verdad, que en algunas iglesias anglicano-episcopales, a veces predomina en la liturgia la pompa y el espectáculo, que admiran tantos procedentes de servicios carentes de colorido litúrgico. En la esencia ambas liturgias -la romana y la anglicana- son prácticamente idénticas.

a. ¿Qué es, pues, lo que el latino ve, admira y acepta del ethos anglicano?
La flexibilidad de pensamiento. La historia ha demostrado que el dogmatismo es peligroso. ¿Cómo puede Dios ser enmarcado en categorías intelectuales? ¿Cómo puede el misterio de salvación fijarse en unas frases de carácter limitado? ¿Cómo puede el fluir de la vida ser atrapado en conceptos fijos? Para evitar errores ya observados en el pasado, el espíritu anglicano- episcopal es flexible. Valgan unos ejemplos, hay quienes creen en el infierno, purgatorio y juicio final, otros no. Hay quienes aceptan la existencia de ángeles y demonios, otros no. Incluso, hay quienes aceptan la presencia real en la eucaristía, otros no. Y así en multitud de asuntos.

El espíritu democrático. Mientras en la iglesia romana el gobierno es descendiente, de arriba abajo, en la episcopal las decisiones y los nombramientos de cargo se deciden por votación de los miembros. En realidad esta fue la práctica del cristianismo primitivo. El pueblo escogía al líder y se tomaban decisiones por votación. También esto es una gran novedad para un pueblo latino acostumbrado a que el cura, prácticamente, en muchos casos sea el cacique del pueblo con una autoridad absoluta. El sacerdote se puede casar. También es una novedad en general muy bien vista. Cuando se menciona que durante la mayor parte de la historia de la iglesia los sacerdotes y obispos se casaron, y que unos cuarenta papas recibieron el matrimonio, el pueblo se queda boquiabierto, pero acepta la realidad sin mayores miramientos. Más aún, ven que el sacerdote casado puede comprender mejor los problemas que acosan a la vida familiar.

La acogida. El latino, como cualquier otra persona, recibe en la iglesia episcopal una acogida similar a la dada por Jesús a cualquier persona, ya fuera judía, romana, griega, siria o de cualquier otro país. El sacerdote se esfuerza por reconocer y dar cabida a esa persona que llama a las puertas con una carga pesada. No se hacen preguntas indiscretas, no se pide una infinidad de documentos para recibir los sacramentos. Todo esto encanta al hispano.

b. ¿Qué es lo que el latino ve con recelo y suspicacia?
Antes una aclaración. Sabido es que en la Comunión Anglicana hay dos corrientes fuertes, la "high church" de carácter tradicional católico, y la "low church", de tendencia más evangélica protestante. Cuando el latino tropieza con clérigos o templos de orientación evangélica se asombra al no ver estatuas o, sobre todo, la imagen de Guadalupe, si son mexicanos. En estos casos le corresponde al sacerdote explicar el porqué de tales situaciones. Por otra parte, en algunas iglesias de orientación alta católica, el latino puede ver vitrales e incluso estatuas, valgan como ejemplo la Catedral de la Gracia de San Francisco y la Nacional de Washington D.C. En general, lo normal es que el sacerdote explique, según la mejor teología, la razón de ambas posturas. Por otra parte, se sigue el principio de flexibilidad y consejo dado por el papa Gregorio Magno a san Agustín de Cantórbery (596), de no imponer a la recién formada iglesia de los ingleses las costumbres romanas. Textualmente. Y le recomienda escoger de las costumbres del lugar aquello que es "piadoso, religioso y correcto" y adaptarlo a las necesidades de los ingleses. Este principio vigente en el anglicanismo es la guía que debe orientar al sacerdote en vistas a muchas prácticas religiosas de los latinos, dándoles una orientación bíblica.

Conclusión.
Esta visión general de la reforma inglesa y de la situación actual nos puede ayudar a considerar que nos encontramos, en el siglo XXI, en condiciones excelentes para mantener el diálogo y promover una cooperación más estrecha entre todas las confesiones cristianas. Todos los reformadores del siglo XVI actuaron con el sincero deseo de purificar la Iglesia según la buena nueva de Cristo, pero, en muchos casos, se quedaron estancados en discusiones intelectuales escolásticas que ni Jesús mismo hubiera entendido. En aquel siglo la situación religiosa estaba íntimamente ligada a la política y a la economía, y había intereses económicos por todas partes. En la actualidad tenemos la ventaja de que las iglesias están separadas del brazo político. Hoy no se ha de buscar una uniformidad rígida de costumbres y creencias, antes bien, debe aceptarse y facilitarse una flexibilidad sana siempre centrada en la persona de Jesucristo. Se podrían introducir algunas prácticas de carácter general que nos mantuvieran más unidos a todos los cristianos, sirva como ejemplo un Leccionario Dominical válido para todas las denominaciones cristianas. Ello implicaría que todos los cristianos, cada domingo, leeríamos y predicaríamos sobre las mismas lecturas y nos alimentamos espiritualmente de la misma fuente divina. En verdad, no creo que Jesucristo tuviera en mente la creación de un imperio universal religioso, sino un modo de vivir humano en el que reine el amor divino.

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