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por Gonzalo Rendón (Colombia)

El Nuevo Testamento (I)

Muy apreciados lectores y lectoras, los invito ahora a una fascinante caminada: el Nuevo Testamento. Para nosotros como cristianos, el conocimiento del Antiguo Testamento es de suma importancia ya que es justamente en las raíces más profundas de la historia de Israel como comunidad creyente, donde tenemos que empezar a ver, a constatar y a interpretar la persona de Jesús de Nazaret, su estilo de vida, su acción y su mensaje.

Y cuando hablamos de Antiguo Testamento, no nos limitamos a pensar únicamente en el conjunto de libros que lo componen; tenemos que ir más allá; nuestro pensamiento debe abarcar los grandes momentos históricos que vive la comunidad israelita y cuál fue en cada uno de esos momentos el papel de Dios, qué incidencia tuvo para la comunidad su fe en Yahweh y, ahora sí, qué rastros de toda esa experiencia retoma Jesús ya en el Nuevo Testamento; sólo así comenzaremos a ver la conexión de Jesús con la globalidad del plan salvífico del Padre, pero no sólo su conexión, sino además, su validez y, más aún, su gran actualidad.

En esta primera entrega pues, sobre el Nuevo Testamento, no vamos a ver todavía nada sobre el Nuevo Testamento. Propongo hacer un breve repaso de esos grandes momentos históricos vividos por el pueblo de Israel, lo cual nos servirá como telón de fondo para una mejor comprensión y asimilación de los acontecimientos sobre los que se funda el Nuevo Testamento. Espero que esto nos ayude a mejorar un poco nuestro concepto de Jesús y su propuesta de vida. Estamos acostumbrados a escuchar la frase "al cumplirse la plenitud de los tiempos, Dios envió su único hijo…", con lo cual nos quedamos mirando la "punta del iceberg, sin percatarnos de lo que hay más abajo.

Sin más preámbulo, dejemos pasar delante de nosotros esos momentos cruciales de la historia de la salvación, pero siempre pensando cómo y de qué manera, en cada uno de esos mementos se estaba ya preparando la venida del Hijo de Dios. Veámoslo, entonces, como una serie de semillas que Dios fue sembrando a lo largo de los siglos.

Primera semilla sembrada por Dios: la vocación de Abrahán

Esta primera semillita que Dios siembra, tiene como finalidad comenzar el proceso de la conformación de un pueblo; una comunidad de fe que sea capaz de vivir de acuerdo con unos parámetros de solidaridad y de justicia basados en la fe en un Único de Dios, en medio de un ambiente plagado de divinidades que no tenían el menor asomo de misericordia con sus seguidores.

Siglos más tarde, será Jesús quien refrende con sus palabras y actitudes, el auténtico rostro de ese Único Dios que se reveló a Abrahán y que a través de los siglos, una religión mal entendida y practicada había desfigurado hasta el punto de convertirlo en un anti-Dios

Segunda semilla: la liberación de Egipto

Al tiempo que la Biblia nos narra las obras maravillosas de Dios, también nos va mostrando el extremo al que llega el egoísmo y la codicia del corazón humano; el mayor de esos extremos es ser capaz de someter a otros semejantes reduciéndolos a la condición de esclavos; eso lo lograron los egipcios por largos siglos. Sin embargo, allí se renueva la presencia de Dios quien siembra en el corazón de sus hijos e hijas la semilla de la libertad. La salida de Egipto, es el máximo signo de liberación que el pueblo revive cada año en la fiesta de la Pascua como una pregustación de la Liberación definitiva.

El ministerio y la acción de Jesús están todos encaminados a la auténtica liberación; su muerte y su resurrección se convierten para los cristianos en esa Pascua única y definitiva que todos estamos invitados a celebrar con él a partir de nuestro bautismo.

Tercera semilla: la época de las tribus

El éxodo y el desierto tienen como punto de llegada la tierra de la libertad donde el pueblo asume un nuevo proyecto: la organización en familias y tribus que no dependen de un poder único; es la época tribal donde sólo se reconoce a Yahweh como la máxima autoridad. Surgen unos personajes que el pueblo denomina jueces, pero sólo en momentos muy especiales y su ejercicio es también temporal. Dios es el único rey posible porque respeta la vida y la dignidad de las personas. La vida y ministerio de Jesús girará en torno a la idea del único reinado de Dios precisamente porque su reinado se basa en el servicio incondicional y en la acogida de sus hijos e hijas, sin ninguna excepción.

Cuarta semilla: la monarquía

Cierto que la monarquía no es una semilla sembrada por Yahweh; más bien podríamos decir que es la cizaña que nació dentro del mismo campo donde Yahweh sembró la semilla de la sociedad solidaria e igualitaria. La monarquía fue el peor de los pecados cometidos por una fracción de pueblo que se dejó llevar por el egoísmo y la codicia; esta experiencia trajo de nuevo la injusticia, el empobrecimiento del pueblo y la pérdida de sus valores más profundos: la igualdad y la solidaridad. El aspecto positivo de esta época es el surgimiento de los profetas. Esta sí que fue una linda semilla sembrada por Dios; en medio de todo, la voz de los profetas como conciencia de aquella otra parte del pueblo contraria a la monarquía, mantuvo siempre encendida la alarma de la fidelidad y de la necesidad de regresar al proyecto inicial de Dios.

El ministerio y la acción de Jesús tendrán mucho que ver con el más genuino espíritu profético de esta época: recuperar la auténtica imagen de Dios que se transparenta en unas relaciones de justicia; darle el sentido original al culto que tiene que basarse en la misericordia y, finalmente, devolverle al Templo su auténtico valor como lugar de encuentro sencillo y abierto del hombre con su Dios.

Quinta semilla: el exilio y el retorno

Como en el caso de la monarquía, tampoco el exilio es una semilla sembrada por Dios; se trató sencillamente del poder militar de los babilonios, mucho más fuerte que el de los israelitas. Recordemos que los babilonios, invadieron el reino de Judá, destruyeron Jerusalén, saquearon el templo y luego lo incendiaron y, finalmente, se llevaron deportados a Babilonia a la clase más importante de los judíos. El exilio marcó profundamente la conciencia israelita; fue una experiencia muchísimo más amarga que la del período de esclavitud en Egipto; la moral, la fe y la esperanza del pueblo quedó reducida a escombros y cenizas tal como habían quedado Jerusalén y su templo.

La genuina semilla que Dios siembra en este montón de escombros o de "huesos secos" (Ez 37:1-14), es la conciencia de que ni una institución por fuerte que sea, ni una estructura por hermosa o atractiva que parezca, pueden contener ni controlar la presencia de Dios; su amor y su misericordia están por encima de todo eso, y se concentran efectivamente en el pobre, en el humilde, en el excluido y marginado.

La misión de Jesús, según san Lucas, tendrá precisamente como tarea específica a desarrollar, la atención a este tipo de personas y es, justamente hacia ellas, hacia donde Jesús dirige toda su energía y su esfuerzo (Lucas 4: 18-19).

Sexta semilla: el período griego

De hecho, después del exilio, los judíos quedaron bajo el poder del imperio persa, un período durante el cual se configuró de manera definitiva la religión israelita y sus principales instituciones. Saltemos este período y fijémonos en el período en el cual entraron los griegos a esta porción de territorio. Fue la época en que la cultura griega empezó a imponerse en el Cercano Oriente. En el caso concreto del judaísmo, el conflicto no se hizo esperar; a pesar de que muchos judíos compartían ciertos aspectos de aquella cultura, hubo otros que abiertamente chocaron con los helenistas; surgió lo que se denomina "insurrección macabea". De aquí se recuerda el triunfo de los macabeos y la consiguiente aparición de un nuevo período en la historia israelita denominada dinastía de los asmoneos.

La dinastía asmonea con todas sus intrigas, injusticias y desmanes contra el pueblo, comenzará su declive y desaparición completa ante una potencia extranjera que comienza a hacer presencia ahora en Oriente: el imperio romano. Estamos a escasos sesenta años del nacimiento de Jesús, y este será el marco en el cual él tendrá que ir descubriendo su vocación como Hijo de Dios, como Enviado del Padre.

En la próxima entrega, veremos más en detalle cuáles fueron las características más importantes de la época en que nace y crece Jesús de Nazaret; sólo entendiendo las condiciones en que vivía la gente de este tiempo, empezaremos a captar el sentido profundo de cada una de sus palabras y acciones y, por supuesto, empezaremos a entender que aquí y ahora, es necesario que también nosotros como seguidores suyos, hagamos algo por lograr lo que él buscaba: la implantación del reinado de Dios entre nosotros.

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