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por Gonzalo Rendón (Colombia)

El Nuevo Testamento (III): Jesús y su Tiempo (político y religioso)

En esta entrega sobre "Jesús y su tiempo", nos vamos a centrar en el contexto político y religioso donde nace y crece Jesús; es decir, daremos una mirada también muy panorámica a la organización política de Galilea y sus relaciones con Roma, la relación de los gobernantes con sus súbditos, el sistema de impuestos, etc. De igual manera, examinaremos la importancia de la religión en aquella sociedad, y conocer sus creencias, sus instituciones, sus prácticas, etc.

Nos dice el biblista Gonzalo De la Torre que "para entender la propuesta teológica de Jesús debemos empezar por contextualizarla. Debemos llevar a cabo un trabajo de mediación socio-analítica, que nos muestre cómo los planteamientos que Jesús hace sobre Dios (un Dios Padre que está por la misericordia y la justicia), sobre el ser humano (su opción por los pobres, marginados, excluidos, explotados y oprimidos) y sobre el mundo (el valor de servicio de los bienes de la tierra) están enmarcados en unas precisas coordenadas espacio-temporales en lo económico, lo social, lo político y lo religioso. Entender el contexto y la estructura de la sociedad de Jesús es también darnos cuenta de cuáles eran las principales demandas objetivas y subjetivas puestas sobre la "mesa de discusión" en torno al tema del Mesías que el pueblo esperaba y en torno al Dios que Jesús iba a presentar".

En ese sentido, veamos en primer lugar la estructura socio-política: un poco antes del nacimiento de Jesús, ya Palestina que estaba bajo el domino griego, queda sometida al dominio romano; una manera nueva de organización, de producción y, por supuesto, de opresión. De hecho, los romanos implementaron una serie de medidas que les aseguraban la permanencia en la región:

Modificaron el territorio: le quitaron a Palestina las tierras anexadas en la expansión de los Asmoneos. Primero la Decápolis, diez ciudades independientes, con estatuto de polis y libres de impuestos, automáticamente se convirtieron en ciudades favorables a Roma. Luego la región costera y la tierra de los Nabateos; finalmente sólo quedaban Galilea y Judea.

Modificaron el Tributo: los griegos pedían un tercio de la producción; Roma exigía la cuarta parte.

Modificaron la política agraria: los romanos querían hacer de Palestina una fuente de abastecimiento; para eso había que terminar con el minifundio y aumentar la producción.

Consecuencias de las políticas aplicadas por Roma:

Situación social difícil: a la situación invivible que ya soportaba el pueblo bajo los griegos, se le suman las nuevas políticas romanas; aumentó considerablemente el número de esclavos sin dueño, los desocupados, los refugiados, los campesinos despojados y expulsados de sus tierras. Imaginemos esa situación.

Situación espiritual negativa: los piadosos judíos (fariseos) querían observar fielmente la Ley pero no podían, pues la presencia de tanto extranjero hacía impura la ciudad. De otra parte, los líderes ignoraron al pueblo, no lo tenían en cuenta para nada. En este contexto, el pueblo pobre, sin rumbo, poco a poco fue cayendo en falsas expectativas mesiánicas.

A pesar de todo lo anterior, aún quedaba esperanza. El pueblo también tenía presente su pasado positivo: las guerras recientes (104-63), la Ley, Esdras y Nehemías, el tribalismo, el Éxodo. Todo esto les ayudó a mantener viva la esperanza; además produjo en muchos de ellos una actitud abierta que luego les permitió acoger a la persona de Jesús.

Demos una ahora una mirada rápida a lo que podemos llamar "los grupos de poder judíos"; pero antes, recordemos algo muy importante: todo grupo de poder es, en el fondo, la estructura básica de una ideología. No olvidemos esto para que podamos entender después las palabras y los signos de Jesús.

Esos grupos que, por demás eran político-religiosos, eran: Saduceos, Escribas o Doctores de la Ley, Fariseos, Zelotes, Esenios y Herodianos. Se trataba de una mezcla de clase social, religiosa y política y, por lo mismo, pese a sus diferencias, eran los mejores representantes de la ideología negativa del sistema social vigente. Todos querían prolongar el mismo sistema social, verticalista, excluyente, con la diferencia de que querían excluir a Roma y a los descendientes de Herodes, y a su vez, cada uno de ellos quería ser la fuerza dominadora de los demás. Todos querían cambiar de amo, pero dejando el mismo sistema vigente legalista, excluyente, explotador y opresor.

Y para completar el contexto que estamos revisando, es necesario tener en cuenta también el tema de la estructura religiosa. Dicha estructura podemos visualizarla muy bien desde esta trilogía: la Ley, el Templo y el Sacerdocio, la conjunción de esos tres elementos arroja como resultado una determinada imagen o idea de Dios. No perdamos esto de vista para que podamos entender también desde aquí las distintas controversias de Jesús con los dirigentes religiosos; una es la idea o imagen que de Dios tenían dichos dirigentes y otra muy diferente la que Jesús tenía y a su vez transmitía a quienes le escuchaban y le veían actuar.

La Ley que alienaba la conciencia: en tiempos de Jesús se había absolutizado la Ley, es decir, la religión judía se había convertido en una nomolatría (nomos=ley), una adoración de la Ley. La Palabra de Dios, fuente de vida y de liberación histórica para el pueblo judío, había perdido su espíritu y se había materializado en una serie de preceptos absolutos, inflexibles y estrictos. Lo que debía ser una simple mediación se transformó así en una identificación con lo absoluto, lo supremo, lo intocable.

En otras palabras, cumplir a rajatabla los mandamientos, preceptos y observancias de la Ley era sinónimo de vivir a cabalidad la voluntad de Dios. Por consiguiente, ser fiel a Dios estaba mediatizado por el cumplimiento riguroso, minucioso y absoluto del más mínimo precepto de la Ley.

Jesús reconoció la fuerza integradora de la Ley: Jesús fue consciente del valor original de la Ley y de su papel integrador a lo largo de la historia. Por eso confiesa abiertamente: "No crean ustedes que yo he venido a suprimir la Ley o los profetas"... (Mt 5,17-18). Es cierto que la Ley estaba desempeñando un papel ideológico negativo en la sociedad judía del tiempo de Jesús. Pero esto no significaba que había que eliminarla. Esto lo entendieron muy bien los primeros seguidores de Jesús que recibieron el Antiguo Testamento (Ley, profetas y otros escritos) como una verdadera herencia espiritual y lo hicieron suyo y supieron rescatar sus valores.

El Templo, justificador de la injusticia: junto a la Ley estaba el Templo, que representaba la concreción material del fetichismo o de la absolutización de la Ley. Para la época de Jesús, el templo se había convertido en centro de operaciones económicas, pues el culto que se practicaba allí representaba la fuente de ingresos más importante para Jerusalén. Centro de operaciones económico-comerciales: en el exterior del templo había tiendas, así como cambistas que facilitaban el comercio de los animales para sacrificios. El movimiento de peregrinos era además una fuente de rentas muy importante para el Templo. La interpretación rabínica de la Ley implicaba la existencia de dos diezmos: uno, de donación obligatoria; otro, que debía ser gastado en Jerusalén en especie o en dinero. Toda esta masa monetaria, directa o indirectamente, era canalizada hacia el Templo. Centro de operaciones económico-religiosas: del Templo vivía la nobleza sacerdotal, y el culto mantenía permanentemente un grupo de personas a su servicio. Todo esto explica lo codiciado que era la función de la gestión del Templo y, en especial, del Tesoro del Templo. Era el centro del movimiento económico del país y se hallaba vinculado a la toma de decisiones políticas. Pero, además, el Templo era el centro simbólico religioso de toda Palestina y de los judíos de la Diáspora. Centro de poder ideológico: el Templo era la máxima institución judía acumuladora del poder económico, político y religioso en tiempos de Jesús. Representaba así el símbolo máximo de la explotación económica, política y religiosa del pueblo. En el Templo y en su ideología fetichizadora se concretaba todo el fetichismo económico, social, político y religioso de la Palestina de Jesús.

La clase sacerdotal y levítica que fomenta la injusticia. En el Templo de Jerusalén coincidían estas tres clases de clero: una aristocracia sacerdotal (que formaba parte de la clase gobernante); el grupo de los simples sacerdotes que eran unos 8.000, y la gran masa del clero más bajo: los levitas que eran unos 10.000.

Sacerdotes y levitas eran los fieles ejecutores de la Ley, los defensores y protectores del Templo y los más fieles seguidores y propagadores de la ideología religiosa creada y alimentada por las instituciones.

El Sumo Sacerdote: se encontraba al frente del clero. La politización del cargo y el enorme poder que concedía provocó a veces grandes luchas e intrigas por conseguirlo, llegándose a comprarlo con fuertes sumas de dinero. Aunque esto se prestaba al descrédito del sumo sacerdocio, la gente seguía sintiendo gran respeto por quien detentaba el cargo.

Los simples sacerdotes: en tiempos de Jesús el grupo de los simples sacerdotes estaba dividido en 24 clases, que se iban turnando en el servicio por semanas, de sábado a sábado. Estas clases las comprendían sacerdotes dispersos por Judea y Galilea, y cada una de ellas constaba de cuatro a nueve familias que eran las que hacían los turnos diarios y que se rotaban durante los siete días de la semana.

La gran masa de los levitas: durante siglos, el templo de Jerusalén convivió pacíficamente con otros santuarios locales repartidos por todo el territorio de Judá. Estas ermitas o "altozanos" se prestaban a un culto más contaminado con las prácticas religiosas cananeas (p. e., la prostitución sagrada), y fueron suprimidas por la reforma religiosa del rey Josías, a finales del siglo VII aec. Con ello, numerosos sacerdotes quedaron sin trabajo y bajaron en el escalafón social. Los levitas eran sus descendientes.

Inferiores en dignidad a los otros sacerdotes, no participaban en el servicio sacrificial propiamente dicho; estaban encargados solamente de la música del templo y de los servicios inferiores del mismo (por ejemplo: limpieza, guardia, sacristanía...) Les estaba prohibido, bajo pena de muerte, como a los laicos, penetrar en el edificio del templo y acercarse al altar.

Los evangelios sólo mencionan a los levitas en dos ocasiones: en la parábola del buen samaritano (Lc 10:32) y entre los enviados desde Jerusalén a interrogar a Juan Bautista (Jn 1:19). El famoso José, que vendió su campo y entregó el dinero a los apóstoles, era levita (Hch 4:36).

Como dijimos más arriba, esta triple estructura, la Ley, el Templo y el Sacerdocio, terminaron imponiendo al pueblo una cierta idea o imagen de Dios que resultó ser totalmente contraria a la de Jesús. Veamos esto un poco más de cerca.

El Dios del legalismo. El dios del Templo y de la Ley no era ya aquel Dios liberador que, con brazo fuerte, liberó a los esclavos hebreos de Egipto, los cuales, juntamente con las subclases cananeas en proceso de revuelta en las ciudades-Estado de Canaán, conformaron una totalidad social denominada "Israel". El Dios de aquellos hombres y mujeres era lógicamente un Dios parcial, escandalosamente de parte de las y los oprimidos.

En tiempos de Jesús lo que nos encontramos es con un ídolo y no con un Dios. El ídolo da muerte, oprime, esclaviza. Un Dios libera, empuja a participar en proyectos igualitarios, promueve la vida. Sería incongruente hallarnos con una sociedad profundamente injusta y llena de prácticas religiosas, sin que esto se expresara simbólicamente, en algún momento del proceso, en un falso dios.

Ese ídolo, ese dios fetichizado, que era sólo un remedo del gran Dios liberador de Moisés, era quien sustentaba ideológicamente todo el aparato de Estado judío, así como su sociedad profundamente injusta. Un dios además que no llevaba a ninguna rebeldía ante la opresión del Imperio Romano, ante la famosa pax romana. Un dios semejante era justificador de un orden determinado: El statu quo, que permitía la explotación del pueblo a través del tributo.

Jesús trató de darle a Dios una imagen genuina: ¿Y qué hizo Jesús ante el dilema que acabamos de plantear? La gran tarea teológica de Jesús fue "liberar a Dios" de su prisión dorada. Quiso liberar a Dios de su aprisionamiento estructural. Porque liberar a Dios es liberar también a todos los seres humanos cuyas conciencias y vidas se hallan oprimidas por semejante dios, concretado a su vez en un sistema clerical-teocrático opresor, con un modo de producción tributario a la base y una exclusión del poder. Liberar a los seres humanos incluía muy especialmente ese estar aprisionados en sus conciencias y vidas por un dios sacrificial, sádico y anti-humano.

Toda contradicción entre Dios y ser humano es un falso dilema. Jesús demostró con su vida que Dios y ser humano no están en oposición, ni en una razón proporcionalmente inversa, sino que donde hay hombres y mujeres libres allí se está dando culto al verdadero Dios. No olvidemos que Jesús tuvo palabras muy duras para el culto oficial, que las recuerda Mt 9:13 y 12:7.

¿Cuáles eran entonces los principales rasgos de ese dios creado por la Ley, el Templo y los agentes clericales del Sistema? Veámoslo en los siguientes puntos:

Decirle no a un dios comercial: un dios cuyo "espacio natural" era el Templo, centro comercial por excelencia, sólo podría ser un dios comercial. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que es un dios que establece sus relaciones con hombres y mujeres de acuerdo a las leyes comerciales de intercambio. Un dios contractual, que se relaciona con los humanos según un contrato.

El hecho de tener un dios de esta clase destruye el sentido de la gracia: Dios ya no nos salva por su infinito amor y misericordia, sino debido a nuestros propios méritos. Nuestras acciones son las que compran la voluntad de Dios.

Decirle no a un dios acumulador: se trataba entonces de un dios que acumulaba dones, donaciones, perfecciones... a costa de la persona. Un dios infantil, que necesitaba que los hombres y las mujeres fueran "menos" para que él fuera "más". Así, este dios acumulador y el ser humano se encontraban en razón proporcionalmente inversa. Es decir, cuanto más grande, inteligente, poderoso y bello fuera el uno, más ínfimo, tonto, débil y feo sería el otro. Estamos en presencia de un claro proceso de idolatrización: un Dios que roba la autoestima humana.

Decirle no al dios del poder de dominio: este dios manipulado sólo podía ser un dios del poder. Es decir, un dios que se manifestaba desde las estructuras de poder. Todo lo contrario del Yahvé del Antiguo Testamento (frente a los dioses de Canaán), que no se manifestaba desde el Rey, el Palacio, los funcionarios de la Corte y del Templo (normalmente unido éste a aquélla). Un dios así estaría amarrado a las gracias del poder dominante, opresor. Un dios así siempre hablaría y actuaría de acuerdo a los criterios de los poderosos.

Decirle no a un dios legalista: era éste un dios de la Ley, pero de una Ley pervertida y opresora. La Ley original había surgido en Israel como garante jurídico de una práctica liberadora y revolucionaria. La Ley garantizaba que el proyecto yahvista continuara y no sufriera transgresiones por parte de otros proyectos ajenos a una práctica anti-opresora, dentro del pueblo. Originariamente, la Ley (objeto) era para el pueblo (sujeto), y no el pueblo para la Ley.

Con el tiempo vino a darse todo lo contrario. Más que en garante de la liberación, la Ley pasó a ser una cárcel ingente de las conciencias y de las relaciones sociales. Esta Ley manipulada impidió que se diera la alteridad, es decir, poder encontrar al otro/a como otro/a, con gratuidad, libertad, generosidad. Y la relación con este dios pasó a estar mediada única y exclusivamente por la Ley.

Con esta segunda entrega de "Jesús y su tiempo", es de esperarse que ya hayamos empezado a comprender un poquito más la persona y la misión de Jesús de Nazaret. ¿Qué tal si Jesús se hubiera dejado "contaminar" por ese ambiente? ¿Habría podido realizar su tarea liberadora y salvadora? Leamos con mucha atención esta entrega y la anterior y cada vez tratemos más y más de ponernos en el lugar del pueblo en el que nace y crece Jesús y, del mismo modo, pongámonos en el lugar de él para ir entendiendo poco a poco cada palabra suya, cada acción, cada gesto.

Muchas bendiciones para todos y todas y hasta una nueva oportunidad.

(Fuente de consulta: De la Torre, Gonzalo. Generalidades bíblicas. Fundación Universitaria Claretiana, FUCLA, Quibdó, 2008, pp. 42-46).

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