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¿Cómo instituyó Jesús la confesión?
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por Ray García


La mujer sorprendida en adulterio (Jn 8,1-11)
Grabado de Gustavo Doré
En primer lugar hay que establecer que Jesús nunca usó la palabra confesión. Esa expresión se hizo popular a partir de la Edad Media con la introducción de la confesión privada de los pecados a un sacerdote.

Los primeros cristianos centraban la atención en la reconciliación con la comunidad eclesial y en el arrepentimiento de algún acto pecaminoso notorio. En esa práctica, imitaban más de cerca la enseñanza establecida por Jesús de aceptar a todo pecador arrepentido y de buscar a toda persona descarriada.

El perdón de los pecados, fruto de la misericordia divina, es evidente en el evangelio de Jesús. Se puede afirmar, sin lugar a dudas, que la característica más genuina de su actuar fue la enorme compasión que sentía por los pecadores. Jesús apareció en un momento de la historia judía en la que una elite minoritaria se había proclamado a sí misma como la escogida de Dios, "los santos de lo Alto", y todo el resto de la población era pecador y marginado. He aquí que aparece Jesús brindando esperanza a todos y manifestando un amor divino inaudito. Jesús demostró palpablemente que el ser humano es más justiciero y más dado al castigo, que el amor infinito de Dios.

Los evangelios nos relatan cómo con frecuencia los publicanos y pecadores se acercaban a él para oírle. Mientras que los "devotos" fariseos y escribas murmuraban diciendo: "Éste acoge a los pecadores y come con ellos" (Lc 15,1-2). Mientras que fariseos y escribas pensaban que era mejor rechazar a los pecadores para que Dios no enviara un castigo sobre el pueblo judío, Jesús juzgaba preferible acoger a todos para formar una comunidad de amor. El rechazo de los primeros no hacía más que complicar la situación. El amor de Jesús ofrecía remedio a una enfermedad espiritual y social. Sabía muy bien que el pecado no hace más que esclavizar a uno y aprisionarlo en sus pasiones (Jn 8,34). Por eso afirmaba que su misión era esa, la de curar al enfermo (pecador) y no al sano (justo) (Mc 2,17). Liberando con amor al pecador, Jesús le ofrecía una libertad sin fronteras.

Parábolas clásicas de los evangelios, como la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8,1-11), la curación del paralítico (Mc 2,1-5), el hijo pródigo (Lc 15,11-32), demuestran que el amor de Dios no tiene límites.

En esas parábolas Jesús probaba a los presentes que todos eran pecadores y que nadie puede lanzar una piedra contra otro; probaba que una fe profunda en Dios, unida a un dolor por el error cometido, es suficiente para obrar milagros; probaba que, por muy grande que sea el pecado cometido, el Padre de los cielos está siempre esperando con los brazos abiertos y sin reproche en los labios.

Podemos decir que Jesús mostraba una gran cortesía con todos. No indagaba, acuciado por la curiosidad o por el deseo de imponer una penitencia justa, qué clase de pecados o cuántos pecados había cometido el pecador. Jesús buscaba en el interior del ser humano una actitud, una opción vital, una postura ante la vida. Por ello, no tenían que confesarle nada; sabía muy bien que todo ser humano, por serlo, comete deslices. Así, Jesús miraba en el interior de la persona y si encontraba dolor, sinceridad, arrepentimiento, esa persona ya estaba reconciliada con Dios. Tampoco se preocupó de enumerar en una lista toda la clase de pecados que uno puede cometer. Más aún, hoy nos asombramos de que Jesús no mencionara algunos pecados que hoy nos escandalizan tanto y que en aquel entonces eran práctica común. Es necesario repetir lo dicho, Jesús deseaba ver cuál era el tono vital de cada persona.

A la hora de preguntarnos cómo Jesús instituyó el sacramento de la confesión, o mejor dicho, de la reconciliación, habría que contestar que no delineó detalles, ni fórmulas, ni absoluciones, sino que leyó en el corazón de las personas. Así la mujer samaritana exclamaba: "me ha dicho todo lo que he hecho" (Jn 4,39).

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