Contacto  
 
     
 
  Iglesia Episcopal  
 
  AnglicanCommunion.org  
Anglicanismo
Hispanismo
Historia
Liturgia
Miscelánea / Curiosidades
Noticias
Nuestra Gente
Santoral
Pastoral
Teología
Recursos
Espiritualidad
Otros Capítulos del RINCÓN BÍBLICO

· 1- Introducción

· 2- El libro del Génesis

· 3- El libro del Éxodo

· 4- El libro del Levítico


· 5- El libro Los Números


· 6- El Deutoronomio


· 7- El Pentateuco

· 8- El Libro de Josué

· 9- Otra mirada a Josué

· 10- Samuel 1 y 2

· 11- Reyes 1 y 2

· 12- Los Profetas

· 13- Profetas: Amós

· 14- Profetas: Oseas

· 15- El primer profeta Isaías o Proto-Isaías

· 16- Miqueas
VERSIÓN PARA IMPRIMIR ARTICULO
por Gonzalo Rendón (Colombia)

17. El Profeta Jeremías


Conozcamos un nuevo profeta, en esta oportunidad estudiaremos a Jeremías, profeta del siglo VII a. C. a quien le tocó vivir un período muy importante para el pueblo de Israel: los últimos años de vida del reino del Sur. Pero veamos primero quién era este personaje.

Jeremías nació en Anatot, una pequeña población ubicada en el territorio de la tribu de Benjamín, a 6 kilómetros de Jerusalén. Su origen campesino va a marcar hechos centrales de su vida, aunque viva en la capital. Durante su juventud predicó con ilusión y entusiasmo a los campesinos del Norte.

En su propia tierra, cuando a su país le quedaban muy esperanzas de sobrevivir a la invasión de los babilonios, compra un campo, lo cual le sirve como marco de su predicación centrada en la esperanza en una intervención divina a favor de su pueblo.

Su imagen más profunda de Dios es la de un manantial de aguas, con la duda de si no será un espejismo de aguas falsas. Sobre la fecha de nacimiento los exégetas calculan el año 650 a.C., ya que recibe la vocación en el 627, año trece de Josías; pero el libro habla de que "antes de que nacieras te consagré y profeta de las naciones te constituí" (1,5). Si nació hacia el 627, se explica mejor su escasa participación en los primeros años de la "reforma" impulsada por el rey Josías.

El contexto socio-histórico de Jeremías. Los libros históricos (2 Re 22-23 y 2 Cr 34-35) nos cuentan la "reforma" llevada a cabo por el rey Josías desde el año 628, alimentada por el hallazgo del "libro de la Ley" durante los trabajos de restauración y reformas del Templo jerosolimitano, hacia el 622. La reforma religiosa impulsada por Josías consistió en una gran centralización religioso-cultual, acabando no sólo con la magia y adivinación, prostitución sagrada y sacrificios de niños y los cultos a dioses y diosas extranjeros; sino también con el culto yahvista que se tenía en los santuarios esparcidos un poco por todo el país, especialmente en el norte (Betel, Guilgal, Samaria, etc.). Junto a esto hubo también aspectos sociales y jurídicos; pero de ello estamos mucho menos informados. De Manasés, el abuelo de Josías, se dice que "derramó sangre inocente en tan gran cantidad que llenó a Jerusalén de punta a cabo" (2 Re 21:16); de su padre, Amón, se dice que "cometió aún más pecados" (2 Cr 33:23) y sus mismos siervos se conjuraron contra él y lo mataron. Si así actuaban sus predecesores ¿cuánto no tenía que cambiar este joven rey?

La verdad sobre la centralización del culto es que no fue tan ventajosa, a no ser para el clero de Jerusalén, que vio reforzado su poder y sus ingresos económicos. No en vano los sacerdotes y profetas oficiales del Templo se van a enfrentar a Jeremías. Menos aún fue decisiva para un cambio de conducta con respecto a las exigencias de justicia y fraternidad de la Alianza. Por eso no es extraño que Jeremías no fuese demasiado partidario de dicha "reforma"; o que, si simpatizó inicialmente, pronto se enfrió su entusiasmo, por la falta de conversión del pueblo. Dos testimonios claros de esta postura distante los tenemos en el famoso discurso contra el Templo (en los cc. 7 y 26) y en la terrible frase: "¿Cómo decís: 'somos sabios y tenemos la Ley de Yahveh?'. Cuando es bien cierto que en mentira la ha cambiado la pluma mentirosa de los escribas!"(8:8).

Sin embargo, los años de mayor presencia profética de Jeremías no fueron bajo el reinado de Josías, sino bajo Yoyaquim, su sucesor. En el famoso discurso en el Templo, que nos viene narrado dos veces (cc.7 y 26), acusa a Yoyaquim de explotar y asesinar al pueblo; hace denuncias y gestos proféticos ante las élites y el pueblo; ante la oposición de la clase dirigente hace escribir a Baruc, su secretario, un rollo de oráculos de amenaza y leerlos en el Templo; cuando el rey quema ese rollo, escrito entre el 605 y 604, lo hace volver a escribir y ampliar (cfr.: cc.16: celibato(?); 19?20:jarro roto y Pashjur; 22,13?19: acusaciones a Yoyaquim; 36 y 45: el rollo reescrito). Es probable que se escriban en esta época la parte original de algunos oráculos contra las Naciones.

Conforme avanza el tiempo, los babilonios amenazan más y más con la toma de Jerusalén. Los últimos años del profeta le toca seguir el destino que el rey Sedecías imprimió a Judá. Jeremías proclama reiteradamente la necesidad de someterse a Nabucodonosor, rey babilonio, "siervo" de Yahweh (25:9; 27:6 y 43:10). Pero las élites cortesanas están divididas y la mayoría se inclina por la rebelión, arrastrando la decisión del monarca indeciso; y con ello la catástrofe final de Jerusalén y el destierro de las élites en el año 586 (cfr.: cc. 21; 24; 27; 29; 32-35; 37--39). El profeta advertirá que se trata de una cuestión de vida o muerte, y pocos salvarán la vida (21:8; 38:2; 39:18 y 45:5). Él mismo es de esos pocos de la élite a los que Nabucodonosor concede gracia; pero una facción de los que se quedaron asesina al gobernador Godolías (impuesto por los babilonios) y arrastran consigo al profeta hacia Egipto. Allí, fracasado y desterrado, debió morir Jeremías no mucho después. Este "profeta como Moisés" acaba realizando un "anti?éxodo", que quiso siempre evitar (cc.40-44 y 52).

Mensaje de Jeremías. Es muy difícil condensar en pocas palabras los grandes mensajes de Jeremías. Aquí sólo vamos a subrayar uno o dos tópicos que son centrales en su predicación; ya cada uno de ustedes queridos lectores podrán profundizar en aquello que más les llame la atención. Subrayemos, entonces, sus constantes denuncias contra el falso culto y la falsa seguridad religiosa. Apenas sube al trono Yoyaquím, Jeremías recibe la orden divina de predicar contra el culto pervertido de Jerusalén en el propio Templo. Lo que denuncia es la falta de cumplimiento de la Ley y la desobediencia a la Palabra de los Profetas (26:4). Más concretamente: no hacer justicia mutua y oprimir al forastero, al huérfano y a la viuda; verter sangre inocente y "robar, matar, adulterar, jurar en falso, incensar a Baal y seguir otros dioses" (7:5?9). Curiosa la inversión del Decálogo: prácticamente ya se está siguiendo a otros dioses, y no a Yahveh, cuando se practican esas injusticias con el prójimo. Eso es en verdad hacer un ídolo explotador, sangriento y mentiroso del Dios de vida y justicia revelado a los antepasados.

Pero, además, Jeremías va hasta el fondo: con ese culto lo que hacen es procurarse una falsa seguridad religiosa ("¡Templo de YHWH es éste!"... "¡Estamos seguros!"); y lo que es aún peor: utilizar esa confianza religiosa como cobertura ideológica de su injusticia y mala conducta, para seguir actuando así tranquilamente. Por eso dice el profeta que han convertido el Templo en "cueva de bandoleros" (7:10?11). En un contexto semejante, Jesús de Nazaret tomará una actitud bien parecida y ?según los Sinópticos? utilizó la frase jeremiana (Mc 11:15?18 y paralelos).

Otra de las grandes denuncias y lucha sin cuartel de Jeremías fue contra los falos profetas. Ya desde su ministerio en el norte parece que se enfrentó a los profetas falsos, que iban en pos de Baal o profetizaban con mentira y fraude (2:8.26.30; 5:31; 6:13; 23:13). Su delito mayor era embaucar al pueblo con falsas promesas de "paz, paz!, cuando no había paz" (6:14; 8:11; 14:13; 23:17; 28:9; 37:19). Pero a pesar de todo, no era fácil para Jeremías estar tan seguro: él mismo sufrió una o varias crisis graves (como reflejan sus "confesiones", especialmente 15:18, 17:15 y 20:7?18). Ante la palabra y el gesto de Jananías se queda sin respuesta y "se fue por su camino", hasta que recibió nuevas palabras de parte del Señor (28:1?17).

En el capítulo 23 tenemos la difícil ?y permanente? tarea de encontrar criterios para distinguir la verdadera de la falsa profecía. El criterio del cumplimiento no es muy decisivo (28:9) a pesar del texto de Dt 18:22 y Ez 33:33. En cambio Jeremías señala con (¿demasiada?) seguridad que los profetas opuestos a su mensaje son falsos profetas: no recibieron ninguna palabra de Yahveh, sino sus propias fantasías. El criterio decisivo serían sus malas acciones ("fornicar, proceder con falsía, dándose la mano con los malhechores": 23:14; y ya en 6:13); y el no cambiar ellos ni hacer que cambie la conducta de sus oyentes. En el fondo se acerca ?en negativo? al criterio positivo de Jesús: "por sus frutos los conocerán" (Mt 7:15?20).

En fin, dejemos que cada uno de ustedes explore con verdadero sentido de crecimiento cada uno de los mensajes de Jeremías. Como hemos hecho con los demás libros estudiados, hagamos una primera lectura sin preocuparnos mucho por entenderla; luego, volvamos a leer con más detenimiento y ayudémonos con los comentarios ofrecidos a cada pasaje que pueden descargar siguiendo este enlace:

http://www.4shared.com/document/gtrdSY4C/019__Jeremas_Comentario.html

Muchas bendiciones y ¡buen provecho!

Volver