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por Gonzalo Rendón (Colombia)

20. Profetas: los profetas del post-exilio

En el último número estuvimos centrados en el tema del segundo Isaías; es decir, en los capítulos 40 al 55 donde se nos mostraba todo el ambiente que se respiraba ya al final del destierro de Babilonia y todos los proyectos y ansias de regresar a tierra israelita. Vamos a ocuparnos ahora del ambiente profético que se vive ya en el regreso en Jerusalén y, en general, en todo el país. Nos vamos a ocupar de varios profetas, estos son: AGEO, ZACARIAS I, ISAIAS III, MALAQUIAS, ABDIAS, JOEL Y ZACARIAS II.

Tengamos siempre presente una cosa muy importante: los profetas de Israel y el profetismo como tal, se enmarcan en un contexto muy especial y muy definido: la monarquía. Quizás si no hubiera existido la monarquía en Israel, el profetismo hubiera tenido otras características muy diferentes. No olvidemos esto para que podamos entender ahora las líneas centrales de este comentario.

Ubicación de la temática profética en el post-exilio:
Una vez que regresan los israelitas del destierro babilónico cabría preguntarnos ¿para qué profetas si ahora no hay monarquía? Es apenas obvio que quienes regresaron del destierro, de algún modo habían participado directa o indirectamente en la vida monárquica de Israel. Recordemos que los desterrados no fueron propiamente los campesinos y desclasados del pueblo, sino los miembros de la corte, los más grandes de la clase sacerdotal y los más ricos del reino. Muy probablemente los de más edad en el momento de la partida debieron morir en el cautiverio, ahora quienes regresan serán en su mayoría los que partieron siendo muy jovencitos, tal vez niños y por su puesto los nacidos en tierra babilónica. Pues bien, entre muchos de ellos subsiste aún el sueño de reconstruir Israel aún en su estructura u organización monárquica; es decir, la reconstrucción no se piensa sólo en términos de murallas y templo, sino de estructura social y política.

En el ambiente que de describir, se mezcla también el sueño de los profetas: reconstruir un pueblo lo más cercano posible al corazón de Dios. Recordemos que en tiempos de la monarquía, antes de la destrucción, los profetas fueron siempre la conciencia crítica de los monarcas y dirigentes religiosos de Israel. Ahora, cuando la reconstrucción comienza a caminar, ellos mantendrán esa misma línea y estarán ahí dispuestos a reivindicar los derechos del pueblo ante un sistema que apunta a retomar su antigua estructura.

Originalidad de este tiempo y de sus profetas. Ordinariamente les prestamos muy poca atención a los últimos profetas del AT. En primer lugar, los grandes profetas copan toda nuestra atención litúrgica, y nuestra formación bíblica. Además, los últimos profetas pertenecen a un período de historia muy poco conocido, oscuro, muy poco estudiado y superficialmente tratado. Sin embargo, es interesante y apasionante ver cómo estos pequeños profetas mantienen en el pueblo la esperanza, cómo se sirven de una historia dolorosa y del callejón sin salida en que ésta los colocó, para darle respuestas sabias al pueblo.

Sin embargo, con estos pequeños profetas avanzó la teología del AT. Se recuperó la humildad histórica, se relativizaron las instituciones tradicionales en las que se había puesto tanta confianza, se avivó la necesidad de un mesías que dijera la verdad definitiva, no tanto sobre principios teológicos, como sobre la praxis más cercana al corazón de Dios y al remedio de las necesidades del prójimo. En este tiempo, como cosa original, no sólo se denunció el pecado contra el empobrecido, sino que se le llegó a dar al mismo un protagonismo definitivo para la historia futura. ¿Nos parece poco?

Veamos dónde está el valor de darle protagonismo al empobrecido. Muchas veces hemos creído que la gran revelación queda cumplida en los grandes profetas. En estas grandes figuras queda clara una cosa que nunca cesaremos de agradecer: su valentía para denunciar los pecados de los grandes y los atropellos contra los pequeños. Pero a sus páginas les faltó más claridad en explicitar el valor de lo pequeño en el plan de Dios. Tenemos que entender que cada época tiene reservada su propia intuición. Esto lo decimos para no desvalorizar a nada ni a nadie, ya que cada cosa cumple su misión y hace su propio papel. Esta es la verdadera historia. Por eso, lo que quisiéramos reivindicar, como lo más importante de este período, no son sus grandes denuncias frente a la injusticia (como en tiempos de antes del exilio), sino el papel y la importancia que le dan al empobrecido, superior a la que le dieron al rey, al templo, a la ley, en orden a la futura restauración del Israel hundido.

De acuerdo con esto, veamos cómo este grupito de profetas ubica al empobrecido en el centro mismo de su ministerio con la clara conciencia de estar en línea con lo que hemos llamado "el corazón de Dios".

La centralidad del pobre en los planes de Dios (Isaías III). Si leemos atentamente el pasaje de Is 61, 1-3a podremos descubrir que este texto gira efectivamente en torno al empobrecido, pues dicho texto está dentro de un capítulo que es el núcleo central literario-teológico de todo Isaías III. Todo el libro gira en torno al mensaje de los capítulos 60-62 que constituyen una especie de proclamación de lo que es un pueblo plenamente redimido.

En el pasaje que nos ocupa (61,1-3a) hay varios tipos de personas que pertenecen a la misma constelación social: pobres... corazones desgarrados... cautivos... prisioneros... los que lloran... los que se echan ceniza... los de vestido de luto... los de espíritu abatido... Si recordamos el panorama socio-político que dejaron los babilónicos y el que comenzaron a implantar los persas, vemos que hay coincidencia. Toda esta clase de gente son empobrecidos, es decir, el residuo social que deja la opresión de ese tiempo y el que generan los imperios poderosos. Todos ellos son el resultado de la destrucción de Jerusalén con sus prisioneros, del destierro con sus cautivos, de los arruinados, desesperados, fracasados, desilusionados que quedaron de la catástrofe del 586 a.C., cuyos efectos siguen comprometiendo la libertad y aún la misma existencia de Israel.

Is 61,2 propone, como remedio inmediato que habría que aplicar, la institución de la que, de alguna manera, ellos guardan memoria: el Año Jubilar (Dt 15,1ss; Lv 25,1ss). Nehemías nos recuerda el sistema de empobrecimiento y de esclavitud por endeudamiento que se estaba viviendo entonces. Y nos indica cómo el único remedio de este mal es el perdón total de las deudas (Neh 5,1-19).

Por todo lo anterior, vemos que el pobre del tiempo de Isaías III se encuentra en un verdadero círculo de muerte. Esta situación exigía un remedio radical. No había otro remedio para tanta pobreza que declarar un Año Jubilar de perdón de deudas y de devolución al pobre de los bienes que había tenido que vender. La mejor noticia, la "Buena Noticia" que se le podía dar al que todo lo había perdido, era que él y su sociedad debían entrar en el tiempo de un nuevo corazón -en el tiempo de la conversión- ya que todos podían recuperar los bienes necesarios perdidos, porque todos debían devolverle a su hermano lo que, por cualquier motivo, le habían quitado. Y esta es la misión que el profeta trae: decirle a su sociedad que llegó el año del perdón, el año en que se le hace gracia al desvalido, el año agradable a Yahveh, el tiempo de la nivelación social y del respiro, el tiempo de la verdadera solidaridad y fraternidad con el que, a pesar de una condición social inferior, es mi hermano. Este anuncio es lo que el profeta juzga como lo más cercano al corazón de Dios. Y es precisamente para esta misión que él se siente escogido y ungido por el Espíritu de Dios.

La reconstrucción, a la hora de la verdad, la harán los empobrecidos (Ageo). Ageo habla del templo. No importa. El templo en ese momento era el símbolo de la resistencia y de la esperanza. Por eso había que colaborar en su reconstrucción. Como es natural, los ricos e instalados de Jerusalén no acuden. Ageo les recrimina: "¿Es tiempo acaso de que ustedes vivan en casas artesonadas, mientras el templo está en ruinas?" (1,4). La invitación a participar pasa a los pobres, con los que habrá que hacer la reconstrucción, pese a su fracaso: "Ustedes han sembrado mucho, pero cosechan poco; han comido, pero sin quitar el hambre; han bebido, pero sin quitar la sed; se han vestido, mas sin calentarse y el jornalero ha metido su jornal en bolsa rota... Fíjense en su situación. Suban a la montaña, traigan madera, reedifiquen el templo"... (1,6-8). Frente a la reconstrucción, el pobre es quien sabe dar la cara.

La mujer, sujeto de derechos por ser hija del mismo Padre (Malaquías). El profeta Malaquías también aporta lo propio en relación al modo como el profetismo de los últimos siglos ve a los pobres. El mayor argumento que en favor de la liberación de la mujer se puede invocar, en todos los tiempos, es éste de Malaquías: "¿No tenemos todos nosotros un mismo padre? ¿No un solo Dios que nos ha creado? ¿Por qué nos traicionamos los unos a los otros, profanando la alianza de nuestros padres?" (2,10). El tema que Malaquías aborda es el de los divorcios que están cometiendo los israelitas pudientes. Puesto que tener dos mujeres les resulta oneroso o conflictivo, resuelven despachar la mujer israelita, para quedarse con la extranjera que les puede proporcionar ventajas económicas y de poder. Malaquías le recuerda a cada uno: "YHWH es testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza" (2,14). Hombre y mujer conforman un único ser vital, lanzado hacia la búsqueda de la vida. No es que uno de los dos sea carne (lo femenino: lo atractivo, lo peligroso, lo inferior, lo desechable) y el otro sea espíritu (lo masculino: lo bueno, lo superior, lo que decide), no. Los dos a la vez -hombre y mujer en unidad matrimonial- constituyen la unidad: "¿No ha hecho él un solo ser, que tiene carne y aliento de vida? Y este uno, ¿qué busca? Una posteridad dada por Dios" (2,15). Para quien crea en el Dios de los oprimidos -el mismo en quien Jesús de Nazaret pone su fe- no habrá mejor argumento, para el trato legítimo a la mujer, que pensarla siempre como hija del mismo Padre Dios, con plenos derechos. Lo demás será prolongar la opresión femenina, hacer que ella "siga cubriendo de lágrimas, de llantos y de suspiros el altar de YHWH" (2,13).

Los pobres se adueñarán del Espíritu (Joel). Para estos profetas tardíos, la historia del A.T. no dejaba de presentarse como una historia llena de discriminación. Con el deseo de proteger a Dios del pecado del hombre (en lo cual se exalta la justicia de aquellos que, estando cerca Dios, no lo manchan con pecado), o con la buena intención de preservar de castigo a los impuros que se acerquen a Dios (en lo cual se exalta la pureza de los que, estando cerca de lo sagrado, no son castigados), Israel sembró su historia de discriminaciones. Todo ser considerado impuro no era apto para acercarse a Dios. Aquí caían pecadores de diversa índole, pobres de muchas clases, extranjeros de cualquier parte y, por supuesto, la mujer. En el sueño de la sociedad futura todas estas discriminaciones desaparecen. No habrá ninguna clase privilegiada, ni santa por oficio o por definición humana, sino que todos los seres humanos, sin discriminación alguna, serán sujetos aptos para recibir el espíritu: "Yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Sus hijos y sus hijas profetizarán, sus ancianos soñarán sueños y sus jóvenes verán visiones. También sobre los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu" (3,1-2). Es decir, en el panorama profético de este tiempo está el quitar de la historia las barreras que marginan a los pobres: decirle no a la discriminación generacional, no a la discriminación sexual, no a la discriminación social.

El futuro Mesías vendrá en forma humilde y pacífica, y no como monarca poderoso (Zacarías 9). En todo el capítulo 9 de Zacarías, es el mismo Dios quien habla y actúa. Por boca de Dios promete el profeta que el Mesías que vendrá no tendrá la arrogancia que han tenido hasta entonces los hijos de David. Esto rompe, casi inexplicablemente las expectativas tradicionales. Por eso esta extraña profecía queda ahí, como sueño utópico del inconsciente colectivo, tan cansado de esperar lo imposible: que la monarquía llegue a ser efectiva defensora del pueblo y que en realidad lo llegue a ser con la humildad del pobre y con la decisión de acabar con la violencia. El día en que esto suceda, habrá motivo para enloquecer de alegría: "¡Exulta sin mesura, hija de Sión, lanza gritos de gozo, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna... Será suprimido el arco de combate y él proclamará la paz de las naciones" (Za 9,9-10). En realidad, tiene que ser el mismo Dios quien haga este milagro. Pensar que lo puede hacer un monarca de la tierra es pedirle que reniegue de la monarquía.

El futuro Mesías salvará al pueblo con su sufrimiento (Za 11-13). La imagen que nos presenta Zacarías II del Mesías futuro, es maravillosa, desusada, sorpresiva, fuera del esquema tradicional. Desde el dolor inmenso que el fracaso le ha dejado al pueblo, Zacarías II intuye al Mesías: es pastor fracasado (11,4-17), cuyo trabajo es pagado con el salario mínimo: "Ellos pesaron mi jornal: 30 siclos de plata. Pero YHWH me dijo: échalo al tesoro del Templo, ¡esa lindeza de precio en que has sido valorado por ellos!" (11,12-13). Ese será el precio de la venta de Jesús: Mt 27,3-10). El Mesías será también como un pastor herido: "Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas, y tornaré mi mano contra los pequeños" (Za 13,7; cfr. Mt 26,31). Y será también como un inocente "traspasado", víctima de la locura del pueblo: "Mirarán a aquel a quien traspasaron, harán duelo por él como por un hijo único y lo llorarán como se llora a un primogénito" (Za 12,10; cf. Jn 19,37). ¿No estamos ya muy cerca de Jesús de Nazaret crucificado y traspasado? ¿Qué se hizo el Rey glorioso, Hijo de David?

Un tiempo que pide hombres libres, sin deudas que los esclavicen (Nehemías). Nehemías era un personaje del destierro, copero del rey, partidario de los persas y privilegiado de la corona. No era un profeta. Pero, en contacto con sus hermanos oprimidos, vio su opresión, la denunció y honradamente quiso remediarla (Neh 5,1-19). Lo que queremos contar de él es el acto profético de un hombre honrado, así otras actitudes suyas sean discutibles.

Se trata de una comunidad judía que experimenta el hambre, que sufre la opresión de parte de sus mismos hermanos, que cada vez van endeudando más y más al pueblo, hasta ahogarlo. Primero se endeudan por conseguir el alimento: empeñan sus campos y viñas (medios primarios de producción) y sus casas (medios secundarios). En segundo lugar, tienen que endeudarse para poder pagar el tributo imperial. Y para poder satisfacer a estas dos clases de deudas, no hay más remedio que entregar a los hijos e hijas como esclavos. Y para colmo, estos jóvenes deben trabajar como esclavos en los propios campos. Estos han sido empeñados y no hay forma humana de rescatarlos. Se siente el dolor del pueblo: "Siendo así que tenemos la misma carne que nuestros hermanos y que nuestros hijos son como sus hijos, sin embargo tenemos que entregar como esclavos a nuestros hijos y a nuestras hijas. ¡Hay incluso entre nuestras hijas quienes son deshonradas!" (5,5).

Lo único claro que tiene Nehemías es que esa cadena de la deuda eterna hay que romperla por alguna parte. Se indigna, convoca y reprende a los notables y consejeros, congrega a una asamblea general, renuncia él el primero a cobrar las deudas que le deben (5,6-10) y les solicita a los demás que hagan lo mismo: "Restitúyanles inmediatamente sus campos, sus viñas, sus olivares y sus casas, y perdónenles la deuda del dinero, del trigo, del vino y del aceite que les han prestado" (5,11). Esta es la verdadera esperanza del pueblo que se enfrenta a un futuro nuevo: que todo comience realmente de nuevo para todos, que el oprimido comience a respirar en la igualdad de derechos y que la novedad del futuro no lo sea sólo para unos cuantos -para los mismos de siempre- sino que el empobrecido tenga esa otra oportunidad -quizás su última oportunidad antes de morir- de poder comenzar de nuevo, en igualdad de circunstancias... Aunque haya sido un hecho aislado, ¿no es este acto la mejor entrada del pobre en un futuro digno? Jesús de Nazaret, pocos siglos más tarde, soñará en lo mismo (Lc 4,19).

Hay, como podemos ver, muchos temas de reflexión y confrontación a propósito de los profetas de este período post-exílico. Ojalá sepamos aprovechar estas líneas para analizar nuestra realidad y ver cómo podemos adecuarla cada vez mejor al plan amoroso de Dios.

Como es nuestra costumbre, comparto el enlace donde podrán obtener los comentarios a cada perícopa de los libros mencionados aquí:

http://www.4shared.com/office/S6V-7_ZM/Profetas_postexlicos-comentari.html

(La fuente base para estos comentarios ha sido: Misioneros claretianos, Proyecto Palabra-Misión. Prefectura General de apostolado, Roma, 1996).

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