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Enseñanza de Jesús sobre la riqueza
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Por Isaías A. Rodríguez

He creído hacer una pequeña reflexión acerca de la enseñanza de Jesús sobre las finanzas y la situación que hemos de afrontar en nuestras vidas.

En verdad, a primera vista las palabras de Jesús nos asustan: "Vendan sus bienes y den limosna" (Lucas 22, 33). "No acumulen tesoros en la tierra" (Mateo 6, 19). Y nos pide que no nos angustiemos por nada y confiemos en Dios (Lucas 12, 22).

Según los Hechos de los Apóstoles algunos de los primeros en seguir la enseñanza de Jesús lo tomaron en serio y "vendían bienes y posesiones y las repartían según la necesidad de cada uno" (Hechos 2, 45). Este caso se ha utilizado con frecuencia por predicadores de todos los tiempos, sin parar mientes en las consecuencias de un ejemplo tan arriesgado e irreflexivo. Esos pioneros del evangelio creían que el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina. En ese caso, ¿no sería mejor compartir todo y vivir al día esperando el vuelo al más allá? Esos buenos fieles, con el correr del tiempo, se llevaron el mayor fracaso al comprobar que el fin del mundo no llegaba. Cayeron en tal pobreza que san Pablo se vio obligado a recoger ofrendas en otras comunidades para ayudar a los pobres de Jerusalén.

Según muchos estudiosos bíblicos, el mismo Jesús histórico, en cuanto hombre, pensaba que el fin del mundo estaba cercano. En ese caso tenía toda la razón. ¿Para qué acumular? ¿Para qué preocuparnos del futuro cuando el fin del mundo está cerca y Dios proveerá por nosotros?

Ahora bien, podemos decir que Jesús tenía razón. Todo es fugaz, y también lo es nuestra existencia. ¿Entonces qué actitud debemos tomar ante la vida? ¿Hemos de rechazar la suerte, la fortuna, la lotería que nos toca? Tenemos un caso ilustrativo (Lucas 12,16-21). La de aquel agrícola que tuvo un año de fantástica cosecha, hasta el punto de que sus frutos no cabían en los almacenes que tenía. Ni corto ni perezoso, los derrumbó y construyó unos más amplios para guardar y conservar la abundancia que Dios le había enviado. Luego hizo planes para gozar al pleno de la vida. Pero… ¡qué mala suerte! ¡¡Aquella misma noche murió!!

El gran error de este pobre hombre fue el de no pensar en los demás. En querer comérselo todo él mismo. Debiera haber hecho planes para compartir su gran cosecha con los demás. Así hubiera sido mucho más feliz.

Tengamos en cuenta que Jesús no condena las finanzas ni el progreso. Lo demostró en la parábola de los talentos (Mateo 25,14-30). Al sirviente que recibió una bolsa de oro y no produjo nada con ella, su señor le replicó: "Sirviente indigno y perezoso, si sabías que cosecho donde no sembré y reúno donde no esparcí, tenías que haber depositado el dinero en un banco para que, al venir yo lo retirase con los intereses".

Es evidente que Jesús desea que produzcamos fruto. Estaba cansado de una higuera que lo producía (Lucas 13,6-9). Jesús prefiere frutos de santidad, pero también frutos en esta tierra para poder vivir en ella con dignidad, como Dios quiere.

Jesús quiere que administremos bien toda la riqueza que Dios ha puesto a nuestro alcance en este planeta, como hizo José con los años de prosperidad y de escasez que sobrevinieron en el antiguo Egipto (Génesis 41,1-57). Jesús quiere que estemos en este mundo como si no estuviéramos. Que estemos desprendidos, si se quiere hasta el extremo, como diría san Juan de la Cruz: "Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada" (Subida el Monte Carmelo, 1,13, 11), pero también que seamos realistas. Que utilicemos los bienes terrenales solamente como instrumentos que nos ayuden a establecer el reino de Dios en la tierra y a llegar al más allá con dignidad. "Porque no sabemos ni el día ni la hora" de la partida a la eternidad (Mateo 25,13).

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