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La Subida Ascética
 

La subida ascética Ascética es un término poco usado en el lenguaje ordinario. Nos evoca la persona dada al sacrificio y a la penitencia. En esa palabra vemos al monje enjuto, talado de hábito y calado de capucha, dado a sacrificios y penitencias. Y, sin embargo, todos somos algo ascetas en nuestras propias profesionales seculares.

Asceta, viene del término griego askeo, ejercitar, entrenar. Así, ascesis, etimológicamente, significa ejercicio y se aplicó, en un principio, tanto al ejercicio físico como a la reflexión filosófica. Luego se empleó para designar los esfuerzos mediante los cuales se deseaba progresar en la vida religiosa. En la generalidad de los casos, la ascesis espiritual impone por un lado la disciplina corporal, mientras que por otro presupone ejercicios mentales de autodisciplina, siguiendo un método.

La parte de la teología que estudia los principios generales para el desarrollo espiritual recibe el nombre de ascética, mientras que la mística considera cuestiones más especiales de un orden más trascendente.

Esfuerzo y método son dos notas esenciales de la vida ascética. En el NT, san Pablo desplaza el acento a la realidad de lucha y combate espiritual: "¿No han aprendido nada en el estadio? Muchos corre, pero uno solo gana el premio. Corran, pues, de manera que lo consigan, como los atletas que se imponen un régimen muy estricto. Solamente que ellos lo hacen por una corona de laureles que se marchita, mientras que nosotros, por una corona que no se marchita. Así corro yo, sabiendo dónde voy. Doy golpes, pero no en el vacío. Castigo mi cuerpo y lo someto, no sea que, después de predicar a los otros, venga a ser eliminado" (1Cor 9,24-27).

En una cultura que demanda resultados inmediatos es difícil mantener una ascesis que parece edificar para un futuro lejano. Por otra parte, esa cultura también premia el triunfo logrado tras muchos años de arduo esfuerzo.

En este sentido sería conveniente fijarse en las palabras de Pablo a los Corintios. Dice que no da golpes en el vacío. Es decir, lo hace con un objetivo en mente. Cuando tenemos ante nosotros un noble ideal a lograr no paramos mientes en sacrificio o trabajo por muy penoso que sea.

Eso hacen los niños que anhelan verse un día participando en los juegos olímpicos. Con tal objetivo por delante no escatiman la infinidad de horas de ensayo que implicará tan alto ideal.

Lo mismo sucede en el camino del espíritu. Para alcanzar la nobilísima meta de unirse estrechamente a Dios en esta vida, los santos se han entregado, en cuerpo y alma, a lograr esa intimidad divina. Han descubierto que los valores del espíritu se hallan también después de mucho ejercicio. El valor del silencio, por ejemplo, se aprecia tras largos períodos de estar callados y prestando atención a nuestro interior. En callada atención al centro de nuestro ser, empezamos a descifrar el misterio de Dios.

Así vamos constatando la necesidad de cierto ascetismo: oración mental, control de apetitos naturales, abnegación y, renuncia de un bien menor para lograr uno superior.

San Juan de la Cruz se esfuerza en el primer libro de la Subida del Monte Carmelo en demostrar lo pernicioso que es mantener el corazón adherido a cosas terrenales. Dice que esos apetitos, o apegos a las cosas, causan en una persona insatisfacción, amargura y enfado (6,3). "Porque estas contrariedades de afectos y apetitos contrarios más opuestas y resistentes son a Dios que la nada, porque ésta no resiste" (6,4). "Los apetitos cansan al alma, y la atormentan, y oscurecen, y la ensucian, y la enflaquecen" (6,5). Palabras semejantes se pueden leer en Hamlet: "Qué fastidiosos, desabridos, aburridos, y de poco provecho me parecen todos los negocios de este mundo" (Hamlet I, escena 2).

Sin disciplina personal no hay calidad de vida espiritual. Sin desprendimiento de las cosas terrenas, no hay libertad de espíritu. Ahora bien, el esfuerzo ha de surgir voluntariamente dentro de nosotros y motivados por la esperanza de alcanzar un logro muy alto, la santidad.

La ascética activa tenía antes el carácter de lo adicional y extraordinario. Se veía como algo impuesto, duro y difícil de mantener. Hoy tiene más bien el carácter de la libertad responsable ante el deber. Resulta casi más difícil que la antigua, precisamente porque ha de presentarse con el aspecto de una "racionalidad" perfectamente normal.

Según esto, uno ha de dedicarse libremente a la persecución de la meta escogida. Los entrenadores, los directores, ayudan, orientan, pero en definitiva la parte decisiva le pertenece al sujeto que busca el noble ideal. Y ha de empezar dando los pasos más sencillos, hasta lograr el dominio total. Según un dicho: "Planta un acto, cosecha un hábito; planta un hábito, cosecha una virtud; planta una virtud, cosecha un carácter; planta un carácter, cosecha un destino".

San Juan de la Cruz tiene unos dichos muy certeros en esta materia: "En este camino (del espíritu) siempre se ha de caminar para llegar, lo cual es ir siempre quitando quereres, no sustentándolos" (S1, 11, 6). "En este camino, el no ir adelante es volver atrás, y el no ir ganando es ir perdiendo" (S1, 11, 5). "En este camino el entrar en camino es dejar su camino" (S2, 4,5). "Porque a cada uno lleva Dios por diferentes caminos, que apenas se hallará un espíritu que en la mitad el modo que lleva convenga con el modo del otro" (Ll 3, 59). Es decir, el camino de la perfección no tiene fin. Se trata de un empeño continuado, no valen esfuerzos gigantescos seguidos de un cansancio y abandono. Las impaciencias no valen en este camino. Algunos "querrían ser santos en un día" dice el Santo; otros hacen grandes propósitos, pero "cuantos más propósitos hacen, tanto más caen y tanto más se enojan, no teniendo paciencia para esperar a que se lo dé Dios, cuando él fuere servido" (N1, 5,3).

Con todo, Dios respeta la libertad de cada individuo, según el principio teológico de que "Dios mueve las cosas al modo de ellas". San Juan de la Cruz explica el proceso que Dios usa para elevar a un alma de los primeros pasos hasta la cumbre de la perfección (S2, 17).

En la primera etapa del sentido o de principiantes, los dos ejercicios espirituales más eficaces son la meditación y la mortificación (C 22, 3), "El camino de buscar a Dios es ir obrando en Dios el bien y mortificando en sí el mal" (C 3, 4). Pero no se trata de una mortificación sin sentido sino con una razón de ser muy profunda: "Ha de advertir el cristiano que el valor de sus buenas obras, ayunos, limosnas, penitencias, oraciones, etc. Que no se funda tanto en la cantidad y cualidad de ellas, sino en el amor de Dios que él lleva en ellas" (S3, 27, 5; S2 7, 8).

El alma deseosa de llegar a Dios de todo corazón ha de ir dominado todas sus pasiones e inclinaciones para sosegar la sensualidad y todos sus apetitos. "Es harto de llorar la ignorancia de algunos que se cargan de extraordinarias penitencias y de otros muchos voluntarios ejercicios, y piensan que les bastará eso y esotro (...) si con diligencia ellos no procuran negar sus apetitos. Los cuales si tuviesen cuidado de poner la mitad de aquel trabajo en esto, aprovecharían más en un mes que por todos los demás ejercicios en muchos años" (S1, 8, 4). En otras palabras, la lucha ascética abarca la renuncia a todas esas inclinaciones. El mal no consiste en poseer cosas o bienes terrenos, sino el estar dominado por la inclinación hacia ellos.

Por contradictorio que esto parezca, los primeros pasos de la vida espiritual, conocidos como de principiantes, están dominados por el sabor y gusto de las cosas, incluso de las espirituales. Y es que Dios va acomodando el gusto de lo más sensible a lo menos, en camino hacia lo espiritual, para más tarde destetar al ser humano incluso de todo gusto espiritual. Para que el ser humano llegue a ser auténticamente espiritual ha de abandonar todo apetito y gusto por lo sensible.

Este sería el lugar más apropiado para citar ampliamente el capítulo 17 del segundo libro de la Subida.....

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