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Bhagavad-Gita (La canción de Dios)
 

Extasíate en Dios
y no desees nada más.
Los deseos atormentan el corazón:
al que renuncia a los deseos
le llamo iluminado.
No es abatido por la adversidad,
ni suspira por la felicidad:
libre de miedo, libre de enfado,
libre de los objetos del deseo.
Le llamo vidente e iluminado.
Se han roto las ataduras de la carne.
Tiene suerte y no se regocija:
tiene mala suerte y no llora.
Le llamo iluminado.

El abstinente huye de lo que desea,
pero lleva consigo el deseo:
cuando alguien obtiene la Realidad,
deja atrás sus deseos.

Incluso quien conoce el camino
se puede extraviar del camino:
tan rebeldes son los sentidos.
Pero quien controla los sentidos
y recoge su mente
y la fija en mi,
le llamo iluminado.

Si piensas en los objetos de los sentidos
quedarás apegado a los objetos de los sentidos;
crece apegado y te tornarás adicto;
frustra tu adicción y te enfadarás;
enfádate y desconcertarás la mente;
desconcierta la mente, y olvidarás la lección de la experiencia;
olvídate de la experiencia y perderás el discernimiento;
pierde el discernimiento y errarás el único objetivo de la vida.

Quien carece de deseo y de odio,
camina seguro entre los objetos de deseo y de odio.
Obedecer a Dios
acarrea pacífica alegría:
el pesar se desvanece
en esa paz esclarecedora:
su mente tranquila
pronto descansa en paz.

La mente descontrolada
no adivina que Dios está presente:
¿cómo podrá meditar?
Sin meditación, ¿dónde hay paz?
Sin paz, ¿dónde hay felicidad?

El viento cambia el rumbo
del barco en las aguas:
los distraídos vientos de los sentidos
llevan la mente humana a la deriva
y mudan al buen juicio de su curso.
Cuando alguien puede calmar sus sentidos
le llamo iluminado.
La mente recogida está despierta
en el conocimiento de Dios
que es noche oscura para el ignorante:
los ignorantes están despiertos a la vida de los sentidos
y piensan que es de día:
para el iluminado es oscuridad.

El agua corre continuamente hacia el océano,
pero el océano permanece inmutable:
el deseo corre hacia la mente del vidente,
pero el vidente permanece inmutable.
El vidente conoce la paz:
la persona que estimula sus propios deseos
nunca tendrá paz.
Conoce la paz quien ha olvidado todo deseo,
vive sin apetito:
libre del yo, libre de orgullo.

Este es el estado del iluminado en Dios:
nadie puede abandonarlo
y volver a la ilusión.
Incluso en el momento de la muerte
permanece vivo en esa iluminación:
Dios y él/ella son uno.

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"La adoración que consiste en contemplar a Dios es superior a la adoración ritual con ofrendas materiales".

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