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La Contemplación
 

El ser humano se pasa la vida, consciente o inconscientemente, tratando de descifrar el misterio de la vida. El verdadero enamorado de Dios clamará como el santo carmelita: ¿Adónde te escondiste Amado? Y no parará hasta encontrarlo y unirse a él.

El ansia que ciertas personas sienten de encontrar a Dios, les impulsa a una práctica rigurosa de ascetismo que dura normalmente muchos años. El ejercicio más eficaz para descubrir a Dios es la meditación. Quien se entregue de lleno a la meditación llegará el momento en que se encuentre en los bordes de la contemplación. Expresado de una forma axiomática: "Buscad leyendo y hallaréis meditando; llamad orando y abríos han contemplando", atribuido al cartujo Guido II, y citado aquí en la versión de san Juan de la Cruz.

Después de muchos años de meditación y de ejercicio espiritual, el alma así ejercitada se encuentra en el borde de un nivel espiritual superior. Un nivel que es inalcanzable por el esfuerzo natural. San Juan de la Cruz es tajante en este sentido: "No todos los que se ejercitan de propósito en el camino del espíritu lleva Dios a la contemplación, ni aún la mitad: el por qué, él se lo sabe" (N1, 9, 9). Así, según el santo, unas almas, gracias a un don gratuito de Dios, van por el camino de la contemplación (éstas sufrirán una rigurosa purificación posterior hasta llegar a la unión con Dios) y otras por el camino normal del espíritu, sin llegar a la contemplación.

San Juan de la Cruz aclara la enigmática expresión "Dios lo sabe", añadiendo que son pocos los seres humanos que responden totalmente a la gracia divina y que están dispuestos a sufrir los rigores de una noche purgativa del espíritu que vendrán con la contemplación.

Algunos autores, no entendiendo bien la naturaleza del estado contemplativo, se esfuerzan en atacar y rechazar una doctrina basada en una experiencia centenaria. Piensan que de la meditación se puede pasar a la contemplación y de ésta aquella, cuando uno quiera. Nada más erróneo. Una vez que Dios introduce a uno en el estado contemplativo, ya no podrá volver a meditar, como el niño que aprende a caminar ya no querrá arrastrarse por los suelos.

Las almas que Dios introduce en la contemplación, o noche oscura del alma, necesitan un director experto y celoso, cosa no fácil de encontrar, como el mismo santo indica repetidas veces.

Sólo los grandes maestros del espíritu, como Juan de la Cruz, pueden distinguir el paso del estado meditativo al contemplativo. Una y otra vez, critica el santo a los "muchos espirituales" que "yerran" por querer que sus dirigidos se mantengan en la meditación, y es que ellos mismos "no saben el misterio de aquesta novedad"(S2, 12, 6 y 7). Dios está introduciendo a esas almas a un sistema nuevo de oración. Ya no podrán meditar, ni discurrir ni reflexionar. Se produce una situación de miedo e inseguridad. El tránsito resulta ser un contraste con el ejercicio meditativo, mantenido durante años. No es una ruptura en el contacto con Dios, sino un cambio de situación.

Ahora se enfrentan a una aridez paralizante, y sienten ganas de abandonarlo todo y volver atrás. Ahora bien, no hay que pensar que de la meditación a la contemplación se dé una ruptura brusca, de un día sí puedo meditar y al siguiente no, porque me encuentro contemplando. De la meditación a los primeros pasos de la contemplación se da una situación fluida. Quienes comienzan a "tener esta noticia amorosa en general", tendrán necesidad del discurso "hasta que vengan a adquirir el hábito perfecto". Hasta llegar a tal punto "hay de lo uno y de lo otro en diferentes tiempos" (S2, 15, 1, todo el capítulo).

Dios introduce a estas almas en una nueva situación espiritual para pulirlas, suavizarlas y hacerlas dóciles para que no le resistan en la tarea transformativa que va a operar en ellas. Ya que Dios va a elevarlas muy alto espiritualmente quiere que se dejen llevar, que no presuman de su propia nada y se gloríen sólo de Dios. Las somete a una oscuridad espantosa y prolongada para disponerlas, a su debido tiempo, a una transformación divina. San Juan de la Cruz, mejor que nadie, ha descrito todo el proceso de esta noche "terrible", según él, en su obra la Noche oscura.

En tres ocasiones ofrece Juan de la Cruz señales para indicar el tránsito de la meditación a la contemplación, en la Subida del Monte Carmelo (S2, 12-15), en la Noche oscura (N1, 9-10) y en la Llama de amor viva (L3, 31-67) en cada uno de estos casos presenta la misma doctrina con una perspectiva distinta. Las señales indicadas por el santo, para saber si un alma ha entrado en el estado contemplativo son: 1) Ahora no puede meditar. Por mucho que se esfuerce, le resulta imposible discurrir y reflexionar con la imaginación. 2) No encuentra gusto ni en las cosas de Dios ni en las criadas. 3) El alma se encuentra centrada, en advertencia general y amorosa en Dios, y siente una solicitud por servir a Dios con mayor fidelidad.

Añade el santo que "estas tres señales ha de ver en sí juntas, por lo menos, el espiritual para atreverse seguramente a dejar el estado de meditación y del sentido y entrar en el de contemplación y del espíritu" (S2, 13, 5). Y pasa a describirnos el proceso de esta manera: "En este tiempo totalmente se ha de llevar el alma por modo contrario del primero. Que si antes le daban materia para meditar y meditaba, que ahora antes se la quiten y que no medite, porque, no podrá, aunque quiera, y, en vez de recogerse, se distraerá (...) porque sería poner obstáculo al principal agente, que, es Dios, el cual oculta y quietamente anda poniendo en el alma sabiduría y noticia amorosa sin especificación de actos. Y así, entonces el alma también se ha de andar sólo con advertencia amorosa a Dios, sin especificar actos, habiéndose pasivamente, sin hacer de suyo diligencias, con la determinación y advertencia amorosa, simple y sencilla, como quien abre los ojos con advertencia de amor.

Que, Dios entonces, en modo de dar, trata con ella con noticia sencilla y amorosa, también el alma trate con él en modo de recibir con noticia y advertencia sencilla y amorosa, para que así se junten noticia con noticia y amor con amor. Porque conviene que el que recibe se haya al modo de lo que recibe, y no de otra manera, para poderlo recibir y tener como se lo dan" (Ll 3, 33-34).

Queda claro que al llegar el alma a este punto está entrando en un nuevo "estado" espiritual en el que Dios toma la iniciativa de comunicarse y cambiar de estilo la relación. Dios está colocando al alma en un estado de amor general, es decir, totalizante. Esta noticia amorosa general supera a las visiones, revelaciones y locuciones; es algo más hondo y profundo. Lo dirá el santo con palabras más precisas en dos definiciones de lo que es contemplación infusa: "en que de secreto enseña Dios al alma y la instruye en perfección de amor, sin ella hacer nada ni entender cómo" (N2, 5, 1). "Contemplación no es otra cosa que infusión secreta, pacífica y amorosa de Dios que, si le dan lugar, inflama al alma en espíritu de amor" (N1, 10, 6).

Lo novedoso, pues de esta situación, no son noticias, ideas, reflexiones, sino una nueva realidad y estilo de sentir a Dios en lo más profundo del alma. Le cuesta al alma acomodarse a esta nueva experiencia en la que Dios tiene la iniciativa y ella se ha de conducir con docilidad, colaboración ciega y pasivamente (S2, 12, 8). "De manera que muchas veces se hallará el alma en esta amorosa o pacífica asistencia sin obrar nada con las potencias (...) sino solamente tener advertencia el alma con amar a Dios, sin querer sentir ni ver nada. En lo cual pasivamente se le comunica Dios, así como al que tiene los ojos abiertos, que pasivamente sin hacer él más que tenerlos abiertos, se le comunica la luz" (S2, 15,2). A medida que la contemplación se va asentando en el alma va ésta sintiendo una inflamación de amor "sin saber ni entender cómo y de dónde le nace el tal amor y afición" (N1, 11, 1). Todo lo cual no implica total pasividad, hay también colaboración humana. Se trata en realidad de un nuevo camino, "aquí entrar en camino, es dejar su camino" (S2, 4, 5) para seguir el de Dios. Es la senda que Dios inicia para ir purificando y perfeccionando al alma. Usa el Santo la imagen del pintor que está pintando un rostro "que si el rostro se menease en querer hacer algo, no dejaría hacer nada al pintor, y deturbaría lo que estaba haciendo"(N1, 10, 5).

El estado nuevo de contemplación en que se encuentra el alma no es primordialmente una forma de oración, sino una calidad nueva en el camino de santificación. Esta situación nueva no excluye ni rechaza la práctica continua de los otros ejercicios piadosos y litúrgicos. Error en que algunos movimientos místicos cayeron en el pasado.

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