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¿Dónde está Dios? o La Vida Divina, según san Juan de la Cruz
 

Por Isaías A. Rodríguez

¿Adónde te escondiste?

El Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz inicia con este verso, ¿adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Un verso que describe profundamente nuestra condición existencial en la tierra. Buscamos y andamos hambrientos de felicidad, y vagamos por todas las veredas de esta vida en su búsqueda. Y no la encontramos. Y gemimos en lo profundo de nuestra soledad, ¿adónde te escondiste y me dejaste herido y con gemido?

En su búsqueda

Así las almas más decididas inician un peregrinaje de búsqueda arduo, incesante, sin miedo a "fieras, fuertes o fronteras", en expresión del Santo. La empresa la terminan pocos, porque el camino se hace cada vez más empinado, y a la cumbre llegan sólo los más valientes, pero una vez allá gozan de un espectáculo único.

La determinación de encontrar a Dios implica una auténtica batalla con nosotros mismos. Es la de ir venciendo, una a una, todas esas inclinaciones que nos arrastran hacia objetos caducos y perecederos, hacia los placeres efímeros y superficiales de este mundo. Hay que superar la ilusión engañosa que producen los sentidos. Algunos la han llamado maya. El librarse de esa apariencia irreal de la vida -del maya - es descubrir la auténtica realidad, una vida gloriosa y refulgente que supera el resplandor de millones y millones de soles. Al abandonar esa encubierta del maya que falsamente nos arropa, descubrimos que Dios, como el aire que respiramos, se encuentra en todo lo que nos rodea, pero muy especialmente dentro de nosotros mismos.

En una noche oscura

No es fácil liberarse del maya de la vida. Se ha de pasar por una experiencia que el Místico carmelita compara a una noche oscura. Es un período de tiempo en el que se ha de caminar a tientas, porque se van dejando atrás caminos familiares para entrar en la senda estrecha que lleva a Dios.

A media noche, está todo tan oscuro, que solamente Dios puede iluminar el caminar de esas almas. Dios les ayuda, ilumina y purifica para transformarlas paso a paso. El trueque del orden terreno por el celestial es sumamente difícil y penoso. La purificación no es sólo de los sentidos sino de la misma esencia del alma.

Estas almas ya han tenido vislumbres de Dios y ahora el dolor de perderlo es tal que no existe tormento humano que se le pueda comparar, ni siquiera infiernos, dice santa Teresa de Jesús. La mayoría no aguanta tanto sufrimiento y ahí se quedan, sin llegar al alba.

A quienes continúan el andar, Dios los va transformando el espíritu y acomodando el cuerpo para que puedan resistir y aguantar los ímpetus divinos. Este cuerpo mortal, frágil y débil, sufre tormentos indecibles ante los primeros toques de amor divino. Por eso, a quienes Dios quiere regalar con una unión estrecha aquí en la tierra, poco a poco acomoda todo el psiquismo humano, pasándolo de un sentir y gozar superficial a otro divino.

Vida divina

Después de mucho andar y padecer, algunas, almas llegan a gozar de una vida divina aquí en la tierra. Han logrado, siempre con la ayuda de Dios, unirse a Él y transformarse en Él. "Lo que Dios comunica a estas almas en esa estrecha unión, es totalmente indecible porque es el mismo Dios el que se comunica con admirable gloria, transformándolas", dice san Juan de la Cruz

Ahora viven - según expresiones de este Santo- una vida sabrosa, feliz y gloriosa. El alma está como divina y endiosada. Se da una entrega entre el Amado y la esposa -el alma -, con un fuerte y estrecho abrazo de Dios. Dulce abrazo en el fondo de la sustancia del alma. Un beso del alma a Dios.

Ahora, la vida del alma es un continuo ejercicio de amor en Dios. Su salud es el amor de Dios. El corazón no se satisface con menos que Dios. El amor divino que arde en el centro de esta alma le parece que todo el universo es un mar de amor en que ella está engolfada, no echando de ver término ni fin donde se acabe ese amor, sintiendo en sí el vivo punto y el centro del amor.

Morir de amor

El alma transformada en Dios vive ahora una vida más divina que humana. Su estancia en la tierra se hace penosa y ansía morir. El vivir se convierte en un tormento, y "no sufre dilaciones", "más muere viendo que no se acaba de morir de amor". Y suplica a Dios que acorte el tiempo del vivir aquí: "rompe la tela delgada de esta vida", "máteme tu vista y hermosura". Al fin, la muerte no es para estas almas penosa sino "una dulzura y deleite de amor", y mueren de un mayor ímpetu y encuentro sabroso de amor divino. Así se cumple aquí, con todo realismo, el dicho de morir de amor. Estas almas no mueren de pena o de tristeza, o de una amarga desilusión romántica, mueren de intensidad amorosa.

(En poquísimas palabras, ésta es la doctrina sublime de mayor místico de todos los tiempos, san Juan de la Cruz).

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