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El futuro de la humanidad. Una meditación sobre el coronavirus
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Por Isaías A. Rodríguez

Si despertaran nuestros ancestros del sueño de la muerte no darían crédito al modo tan avanzado de nuestro vivir. No digamos nada ya de la criatura cavernícola. Aquellos pobres humanos tenían que habérselas con las fieras, con la inclemencia del tiempo, y con la ignorancia de ver espíritus y dioses por doquier.

Hoy todo eso lo hemos superado. En general abunda la comida, el vestido, la diversión, el turismo, el placer desenfrenado y por desgracia el crimen. Contamos con toda clase de maquinaria y tecnología sofisticadas, y la Tierra cada vez se nos queda más pequeña. Podemos volar. Visitar la Luna y pronto Marte, y nos creemos, en cierto modo, dueños del universo.

Pero he aquí que aparece algo invisible, un nano virus (el coronavirus), y trastorna todo nuestro modo de vivir. Paraliza a la humanidad. Nos llena de terror y nos obliga a encogernos. Los efectos económicos son devastadores. Las noticias nos informan que se están perdiendo cantidades ingentes de productos. Todos ellos destinados a la alimentación de los humanos y a controlar el hambre y la malnutrición. Se están tirando millones de litros de leche, toneladas de carne, de vegetales, de frutos, etc. ¿Y por qué?

Por un sistema perfectamente organizado, pero que en definitiva depende de la mano humana, del sudor humano, de nuestro trabajo, y que en situaciones extraordinarias como la presente, no funciona. "No estábamos preparados" se ha repetido ahora muchas veces. No hay preparación posible para algo así. ¿Cómo te preparas para un terremoto que llega sin anunciarse? ¿Qué hacer?

Estoy seguro que pandemias como ésta no tendrán los mismos efectos dentro de cien años, si es que se repite -como dicen- cada centuria una experiencia semejante.

Antes de cien años, el sistema de producción y distribución de productos estará en manos de robots. Los robots son inmunes al virus. Seguirán cumpliendo su labor, y el ser humano gozará de un bienestar muy superior al presente.

Para ese entonces será normal lo que ya se da en algunas naciones, que toda persona reciba -si lo necesita- un sueldo mínimo o renta mínima gratuitamente del estado para poder vivir con dignidad en esta vida.

Este es un concepto que asusta a mentalidades capitalistas. Piensan que tal solución favorece la inacción, la corrupción, la vagancia. Ejemplo de ello fue el comunismo. Mas se olvidan que esa forma de vida estaba basada en un sistema totalitario que suprimía toda libertad e incentivo de progreso. Evidentemente no aceptamos un sistema comunista y comunitario igualitario.

El ser humano no puede contener sus afanes de altura intelectual y espiritual. Pensamos en una humanidad altamente educada intelectualmente, con grado universitario universal. Una humanidad ansiosa por descifrar hasta el mínimo misterio de la vida.

Al parecer así surgió la filosofía en la antigua Grecia. El ocio de unos pocos les espoleó a interrogarse. A hacerse preguntas de todo tipo sobre el origen y fin del universo, de la vida y del existir. Y aquel loado ocio dio a la historia los mayores genios de la filosofía, y ampliaron con creces los márgenes del saber y del vivir.

En el futuro, el ser humano, con excelente preparación intelectual, libre de las esclavitudes de trabajo físico, gozará de abundante ocio para preguntarse, reflexionar, indagar y descubrir. Claro que siempre cabe el peligro de que el conocimiento se emplee tanto para el bien como para el mal.

No olvidemos que el peor virus para la humanidad sigue siendo el mismo ser humano. Baste recordar que en la Segunda Guerra Mundial, en cinco años, perdieron la vida setenta y cinco millones de personas, hombres, mujeres y niños. Es decir catorce millones cada año. Algo devastador y difícil de comprender.

Sin embargo, creo profundamente que con una madurez intelectual se dará también otra espiritual. A pesar de los avances de la secularización actual, se acrecienta paralelamente un profundo deseo de algo mucho más profundo, un deseo de encontrar lo que ni la misma ciencia nos puede dar, algo espiritual que colme todas nuestras ansias de felicidad. Esos anhelos conducirán a muchos a ser más místicos. A estar más íntimamente unidos a Dios. De esto no hay duda.

Esta pandemia ha infligido excesivo sufrimiento a toda la humanidad. Muchos han dado la vida como héroes, otros la han inmolado calladamente por un futuro mejor.

Ese futuro lejano llegará. No hay mal que por bien no venga, dice el refrán. Infinidad de bienes han de surgir de esta noche oscura causada por ese invisible enemigo. ¡Que Dios nos dé luz y paciencia para comprender!

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