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Santa Teresa de Jesús
Biografía
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Por Isaías A. Rodríguez

Hay quien dice que después de la Virgen María, ninguna otra mujer ha influido tanto en la Iglesia como santa Teresa de Jesús. Ella es punto de referencia seguro en el camino espiritual. "No son novedades sino olvidadas verdades", afirmaba Gracián.

Corrían tiempos en que aún había eruditos y médicos que se preguntaban si la mujer era "un ser humano", cuando Teresa de Jesús, con tanta pasión como claridad intelectual, emprendió la reforma del Carmelo.

Teresa de Cepeda y Ahumada nació el 28 de marzo de 1515. Era la quinta de doce hermanos; los dos mayores, de un matrimonio anterior de su padre, que al quedar viudo se casó en segundas nupcias con doña Beatriz de Ahumada. Además de los niños, en la casa de Teresa abundaban los libros, una de las mayores aficiones de don Alonso Sánchez de Cepeda. De allí, conoció desde muy pequeña las gestas de caballería y sobre todo la vida de los santos.

Hasta tal punto llegó su compenetración con estas historias, que a los siete años intentó escaparse con su hermano Rodrigo para convertirse en mártir en tierras de moros. Su aventura terminó antes de poder atravesar las murallas de la ciudad sorprendidos por su tío. Frustrado su sueño de martirio, los hermanos se pasaban las tardes jugando a ser ermitaños en el huerto de casa.

Su alegría y espíritu inquieto sufrió un duro revés en 1528 con la muerte de su madre, cuando apenas tenía 13 años. Pero lejos de amilanarse, Teresa pidió entonces a la Virgen que la adoptase.

Las cosas se volvieron a complicar con la llegada de la adolescencia. A los 16 años, su padre decidió internarla en el colegio de las agustinas, santa María de la Gracia (1531-1532), al ver que la joven coqueteaba con uno de sus primos. Su idea no era que su hija fuera monja. De hecho, cuando Teresa le planteó esa opción de vida en 1535 - a los 20 años- , su padre se opuso.

Pero Teresa, que siempre había sido una mujer decidida, huyó de casa e ingresó en el convento carmelitano de la Encarnación, donde vivió 27 años. Tras ingresar en la orden, cayó enferma, entró en coma profundo y estuvo amortajada y en sepultura abierta tres días enteros, y luego tres años sin poder andar. En nuestros tiempos, esa situación sería considerada como señal inequívoca de no-vocación a la vida religiosa. En Teresa fue todo lo contario. En medio del sufrimiento Dios le regaló con la oración de quietud y alguna vez con la oración de unión (4,7).
(Las citas que ponemos entre paréntesis se refieren al Libro de la Vida)

Al volver al convento pasa tres años en la enfermería. Los cuidados médicos resultan totalmente insuficientes. Ella recurre al cielo y en especial a san José, por cuya intercesión recuperó la salud (6,5). La recuperación de la salud infunde en Teresa deseos de vivir, de relacionarse, de ir "de vanidad en vanidad". Es la etapa de los 26 a los 35 años (1541-1550).

La muerte de su padre don Alonso le provoca una profundísima soledad: "Gran mal un alma sola" (7, 20). Siente en ese momento cómo Dios la despierta y le da luz en medio de las tinieblas.

La lectura de las Confesiones de san Agustín y el encuentro inesperado con una imagen de Cristo muy llagado (9,1), en la Cuaresma de 1554, propiciaron a los 39 años de edad, lo que se conoce como su "conversión". El encuentro con el Cristo la dejó totalmente turbada (9,1). "Deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor…y arrojeme cabe él, con grandísimo derramamiento de lágrimas le supliqué que me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle" (9,1). El resultado fue: "Paréceme que ganó grandes fuerzas mi alma" (9,9); tiene "el sentimiento nuevo de la presencia de Dios en ella" (10,1). "Estaba él dentro de mí o yo toda engolfada en él" (10,1). A partir de aquí Teresa comprendió la centralidad de Jesucristo en su vida. "Cristo es la puerta de entrada a todos los secretos de Dios" (22,6).

Sin embargo, aunque sea de la que casi todos los escritores hablan, no fue esta la "conversión" definitiva de Teresa que llegaría dos años más tarde, en torno a la fiesta de Pentecostés del año 1556, a los 41 años. Lo relata extensivamente en los capítulos 23 y 24. Veamos solo unos pasajes: "Comencé el himno [Veni, Creator] y, estándole diciendo, vínome un arrebatamiento tan súbito que casi me sacó de mí […]. Entendí estas palabras: Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles […]. Eso se ha cumplido bien, que nunca más yo he podido asentar en amistad ni tener consolación ni amor particular, sino a personas que entiendo le tienen a Dios y le procuran servir […]" ( 24,5).

De ahí sigue una serie de experiencias y visiones místicas. Una de las más determinantes de su vida tuvo lugar en otoño de 1560. Se trata de una visión del infierno. Esa experiencia le motiva a ser más fiel a su vocación religiosa y a crear un convento con un nuevo estilo de servir a Dios y vivir la fraternidad, que será el convento de San José, en Ávila.

Tras de este convento llegan muchos más, hasta completar 17. No sin dificultades e incluso mucha hostilidad, también de la propia Inquisición, que la consideró sospechosa de pertenecer a la secta de los alumbrados. El alumbradismo más que una herejía intelectual o teológica, era una seudomística. Toda la sociedad estaba muy sensibilizada: había habido casos flagrantes de engaño y falsedad, como el de la falsaria Magdalena de la Cruz, o el de la beata Piedrahita, sor María de San Domingo. El alumbrado lo que quería era presentarse como un santo, ganar relevancia en la sociedad, crearse fama y después, con esa fama, hacer lo que le diera la gana: obtener una buena posición, acercarse a los grandes de España sacar beneficios económicos e incluso cosas más obscenas y bastardas, como lograr favores sexuales.

En aquella España nadie estaba libre de sospecha. ¡Quién no iba a estarlo, si incluso Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo y primado de España, había sido encarcelado! Él era el patriarca de todas las Españas, pues al territorio de la Península Ibérica había que añadir América, Nápoles, Sicilia, Génova…Ni siquiera estaba libre de sospecha fray Luis de León, uno de los teólogos más eminentes de la época. Por traducir del hebreo el Cantar de los cantares, saltándose la norma eclesiástica imperante de respetar la Vulgata, le cayeron cinco años de encarcelamiento. Ambos fueron encarcelados por el inquisidor Rodrigo de Castro Osorio, un hombre frío, calculador, absolutamente aséptico, racionalista. Hizo lo que ni siquiera se atrevió a hacer el inquisidor general, Diego de Espinosa.

Teresa murió el 4 de octubre de 1582, con 67 años, en Alba de Tormes. Fue beatificada por Pablo V el 23 de abril de 1614 y canonizada por Gregorio XV en 1622. Pablo VI la nombró doctora de la Iglesia, en 1970; la primera, de las tres actuales. Las otras dos son: santa Catalina de Siena y otra carmelita descalza, santa Teresita del Niño Jesús.

Jesús Sánchez Adalid (sacerdote novelista) ha dicho que la vida de santa Teresa es apasionante, sobre ella se podrían escribir muchas novelas. Teresa reúne en sí misma toda la realidad del siglo XVI: el inicio del Siglo de Oro de las letras españolas, la Contrarreforma, el descubrimiento de los territorios en ultramar, las guerras del Mediterráneo, la batalla de Lepanto, el cerco de Malta, el saqueo de Roma. Todo eso está en la mente de Teresa.

Obras: Dejando a un lado los poemas, en el resto de su producción literaria podemos diferenciar, por un lado, la Vida con relato autobiográfico; el Camino de perfección, que va dirigido a las comunidades religiosas; y aquellos en los que cuenta su experiencia interior, como las Meditaciones sobre los Cantares y las Moradas del castillo interior. Y el libro de Las Fundaciones.

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