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La Gran Hipocresía
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Por el Rvdo. Isaías A. Rodríguez

El tema de la inmigración ilegal se ha convertido en esta nación en una obsesión que obscurece incluso las mentes más agudas. Llevamos dos años con una campaña ininterrumpida y acerba contra los emigrantes ilegales. Se les acusa de "criminales" porque han quebrantado la ley. Si el quebranto de una ley -sin más - le convierte a uno en criminal, la inmensa mayoría de los habitantes de este país es criminal. ¿Quién respeta con consistencia el límite de velocidad en las autopistas? La palabra "criminal" en la cultura latina tiene connotaciones demasiado fuertes para que sin paliativos le sea aplicada a toda persona que traspasa las fronteras de este país, guiada por el instinto de supervivencia.

Y es sin duda el instinto de conservación el que impele a millones de personas a buscar alimento donde quiera que se encuentre. El inmigrante ilegal entra en este país con el mejor deseo de trabajar y ganarse la vida honradamente. Antes de ser considerado como criminal hemos de ver en él virtudes heroicas dignas de todo encomio. En efecto, ¿no es de admirar que personas sin preparación intelectual adecuada se aventuren a entrar en un país extraño, de cultura totalmente diferente y desconociendo la lengua? El sólo pensarlo me causa horror. Instintivamente todo el mundo prefiere vivir en la tierra que le dio el ser. ¿Por qué asumir un riesgo de proporciones gigantescas si no se diera paralelamente una necesidad imperiosa?

Pues bien, he aquí que los latinos han encontrado las puertas fronterizas de este país abiertas de par en par. Durante más de veinte años han podido entrar sin que la sociedad americana diera señales de alarma. Antes al contrario se les dio la bienvenida, trabajaron y contribuyeron a la expansión económica de Estados Unidos. Digamos lo mismo con un ejemplo. Si usted llega a su casa y encuentra a un extraño y lo acoge, y llega mañana y hay dos y los acepta, su hogar se va llenando de forasteros que contribuyen al bienestar del mismo. Mas, de repente usted se cansa y quiere expulsarlos a todos. ¿No radicará el mal en que usted los aceptó desde el principio sin demandar condiciones?

Creo que con toda justicia se podría aplicar muy bien en este caso la ley de prescripción, según la cual una persona adquiere ciertos derechos tras el uso o posesión de algo durante un lapso de tiempo sin que haya habido una queja declarada. Si alguien empieza a caminar por el medio de una finca, y la gente lo sigue haciendo consistentemente, y el dueño no protesta, tras cierto tiempo ese sendero se convierte en propiedad pública y se puede abrir un camino permanente. Esta nación -por las razones que sean - ha permitido a millones de personas entrar en el país; han creado familias, y durante más de veinte años nadie ha protestado, antes bien han sido bien recibidas. ¿No es toda una injusticia el querer expulsarlas ahora? A esto lo llamo yo gran hipocresía.

Una poderosa nación, que puede invadir países uno tras otro, ¿acaso no será capaz de controlar sus propias fronteras? Y si no lo hace ¿no será por alguna razón? A eso lo llamo yo La Gran Hipocresía.

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