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Sentido Histórico
Por Isaías A. Rodríguez

Para dar mayor peso, ese título quiero reforzarlo con dos autoridades de indiscutido valor intelectual. Me refiero a Ernst Troeltsch (1865-1923), filósofo y teólogo alemán, y a José Ortega y Gasset (1883-1955) máximo filósofo español.

Asegura Troeltsch que el ser humano es "histórico" por naturaleza y "todo lo que es y realiza está limitado por su contexto histórico y sujeto a la ley histórica del desarrollo". "Los contextos históricos son muchos y están siempre cambiando". Y afirma que "estamos tan absortos en nuestro pellejo cultural que realmente no podemos entender y apreciar otra cultura".

Ortega nos dice lo mismo en su peculiar estilo: "Hay quien piensa de buena fe que si el hombre medieval hubiese conocido el sistema parlamentario, le habría faltado tiempo para arrinconar el feudalismo. El error que yace en esta manera de sentir aparece bien claro cuando el progresismo se lleva a sus últimas consecuencias, y se advierte que el progreso presente será superado por el de mañana, y, por tanto, nuestra vida actual, la vida del progresista, no tiene tampoco más valor que el de preparar el futuro. Cuanto más se va ahondando en el estudio de la historia, se advierte con mayor claridad que la vida varía de época a época. Para advertir esto necesitamos el sentido histórico que es el buen oído histórico; órgano exquisito para percibir las modulaciones de la melodía humana a lo largo del tiempo".

Por estas citas puede apreciase cuán disparatados andan quienes, con criterios y mentalidad modernos, juzgan y critican lo acaecido hace quinientos, mil o dos mil años atrás como si de ellos solo miseria y desgracia se hubiera desprendido.

Esos tales, por estos lares, lloran y desprecian una "invasión" europea, cuando a través de los siglos el continente americano ha sido una continua invasión de pueblos y razas. Cuando llegaron los europeos no encontraron más que residuos de un constante amalgamarse unos pueblos con otros. Amalgama llevada a cabo con mucho correr de sangre. El capítulo que en el siglo quince se abrió no fue ni más ni menos que una repetición de lo ya ocurrido. Ahora bien, en ese superponerse unos sobre otros siempre queda algo bueno y mejor que lo superado. Pues es lección del devenir humano que lo que involuciona a peor desaparece, para dejar paso solamente a la evolución que acarrea gérmenes positivos. Los pueblos idos contribuyeron con toda su fuerza a formar el nuevo presente.

Se lamentan algunos de no haber encontrado todavía su propia identidad y se estrujan los sesos en una búsqueda inútil de su pasado. "¿Qué soy yo? ¿Quién soy yo?", se preguntan. Y en una larga lista de posibilidades aparecen los términos: indio (con todas sus derivaciones), europeo, americano, hispano, mestizo, criollo, etc. Pero, ¡queridos lectores!, ¿no estaría fuera de mí mismo si hoy yo me pusiera a analizar si, por haber nacido en España, soy árabe, judío, visigodo, romano, celta, ibero, y qué sé yo cuántos más, pues todos ellos y otros muchos invadieron o poblaron la península ibérica? De todos ellos corre alguna gota de sangre o de cultura por mis venas, de lo cual estoy muy orgulloso, pues de vez en cuando puedo sacar de mi pasado y enarbolar la bandera de quien más contribuyó a mejorar el momento actual.

Agudicemos el "sentido histórico" y no forcemos al oído a ver ni al olfato a gustar. Cada sentido tiene su función. El ciudadano del siglo dieciséis no podía actuar ni comportarse como uno del siglo veintiuno. El problema que los humanos tenemos es el de querer ser siempre algo que no somos. Yo espero que el mexicano sea mexicano y el colombiano, colombiano. Sería por mi parte un disparate el esperar que un mexicano actuara exclusivamente como un azteca, porque en ese caso andaría fuera de su momento histórico. Yo pido a todos que, sin despreciar el pasado que nos ha formado, contribuyamos a formar un presente histórico que sea envidia de un futuro que no veremos.

(Este artículo lo escribí en el 1992 con motivo del quinto centenario de la llegada de Europa a este continente y está publicado en mi libro: Temas de un diario, lo que dice el camino al caminante, 1993).