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Mirando al futuro
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Una homilía del Obispo Onell Soto

Vamos a reflexionar sobre dos personajes de la Biblia que tienen historias fascinantes. Uno es Nicodemo: un fariseo miembro importante de la comunidad, miembro de la Junta de gobierno. El otro es Isaías, profeta.

Nicodemo se acerca a Jesús por la noche para indagar sobre la fe. Le hace una pregunta crucial sobre el reino de Dios. Jesús le contesta diciendo que para entrar en el reino de Dios hay que nacer de nuevo, fundamentados en el Espíritu (Jn 3,1-8) pero Nicodemo no entiende la nueva enseñanza. Jesús habla de transformación, de cambio de vida, de dejar el pasado y hacerle frente al presente. En términos cristianos, "nacer de nuevo", se trata de arrepentimiento, de fidelidad al Señor y de crecimiento en el Espíritu.

El evangelio de Juan nos dice más adelante que Nicodemo, junto con José de Arimatea, ayudó a embalsamar el cuerpo de Jesús, según la costumbre judía. Por eso, creemos que el hombre que vino por la noche a buscar a Jesús, se convirtió en uno de sus fieles seguidores.

Por otra parte está Isaías. Dice el profeta: "No sueñen más con las cosas del pasado pues yo voy a realizar una cosa nueva" (Is. 65,16-17). Aquí vemos de nuevo la transformación. La nueva vida.

¿Quién era Isaías? Uno de los profetas mayores del Antiguo Testamento. Nació en Jerusalén. Vivió 800 años antes de Cristo. Tuvo una visión de su llamado: "Escuché una voz del Señor diciéndome: ¿quién irá por nosotros? Yo contesté: "heme aquí: envíame" (Is. 6,8).

El mensaje de Isaías era de contenido social: habló en contra de la corrupción de los gobernantes fustigó a los religiosos hipócritas, proclamó la soberanía de Dios, la santidad de Dios, castigó el pecado humano y predicó la fe en Dios. Como todos los profetas que son fieles a su vocación no murió de muerte natural, fue asesinado.

Lo que más nos llama la atención de su mensaje, es su petición de olvidarse de lo pasado y de orientarnos hacia el futuro porque Dios va a crear algo nuevo.

Parte de nuestro problema como pueblo y como individuos es que miramos demasiado al pasado. Hay personas que han estado contando la misma triste historia durante 30 años. Rumiando una decepción, llorando por una traición, quejándose de alguna miseria. Hay personas que sólo recuerdan lo malo, que no se olvidan de una ofensa, que prefieren consumirse en el remordimiento, a ofrecer el amor y la reconciliación.

Los cristianos debemos ser diferentes. En el pasado tenemos nuestras raíces, pero lo ido sólo nos debe servir como experiencia aleccionadora para orientarnos hacia el futuro.

Isaías dice que Dios creará algo nuevo con cada uno de nosotros. "Creará una Jerusalén nueva "regocijo", y a un pueblo nuevo "alegría" (Is. 65, 18). Esas palabras, aceptadas con fe, nos invitan a ser optimistas y a proyectarnos con sentido de visión, misión y destino. El mismo tema se repite en el libro de Apocalipsis: "Yo haré un nuevo cielo y una nueva tierra" (Ap.21,1).

Cristo nos consuela afirmando que estaré con ustedes hasta el fin de los siglos. El pesimismo y abatimiento de la crucifixión tienen su fin en la resurrección. Los discípulos que no pudieron hacer una vigilia de oración, ahora se convierten en entusiastas misioneros. El temor se convierte en valor, la duda en fe. Si antes veían que su misión era limitada, ahora la ven sin límites de geografía, de lengua, de condición social.

Y es que descubrir el poder y la grandeza de Dios es cosa seria. Cuando eso ocurre no hay lugar para quedarse con las manos cruzadas o con el pensamiento centrado en uno mismo. Ahí es donde viene la transformación del potencial que uno tiene, ahí es donde uno se descubre a sí mismo. San Pablo nos dice que su meta es conocer más a Cristo: "Lo que quiero es conocer a Cristo y sentir en mí el poder de su resurrección".

¿Cuál es nuestra meta? ¿Es seguir igual o peor que antes? ¿Es quejarnos y lamentarnos del pasado? ¿Es sentirnos pocos, pobres, sin ánimo? El pasado sólo nos puede servir para aprender a vivir en el presente. Nunca para deprimirnos o para frenar nuestra visión de un día mejor.

"Cuando no hay visión el pueblo perece", dice el libro de los Proverbios (Prov. 29,18). Cuando no hay disposición de trabajar, de luchar, el alma muere.

Recordemos lo que dijo Gustavo Adolfo Bécquer, el notable poeta sevillano:
"No son muertos los que en dulce calma,
la paz disfrutan en la tumba fría,
muertos son los que muerta tienen el alma
y viven todavía".

No hablamos aquí de un viaje romántico, utópico, lleno de rosas, nada de eso. Pensamos en una visión cristiana de futuro con los pies sobre la tierra, una empresa que es a la vez personal y comunitaria. Una visión de un futuro, un futuro que es nuestro, que no vamos a estar solos, que Dios que nunca nos ha fallado, que nos acompañará en esa aventura.

El mundo, la Iglesia y cada uno de nosotros estamos pasando por un momento de transición, de expectativa, de dudas (las dudas son buenas porque superadas creemos con más fuerza). Y es natural que esto ocurra. Últimamente hemos sido testigos de guerras que por primera vez en la historia las hemos visto en nuestros televisores en vivo y en directo!

El mundo que nos espera será diferente pero tenemos que acostumbrarnos a él. Y vamos a seguir amando y perdonando y luchando por la reconciliación. Y un nuevo día habrá llegado. Pero ese día no llegará si cada uno de nosotros sólo piensa en el pasado y quiere que se hagan las cosas como se hacían antes.

Tengamos la fe de ver al mundo y a la Iglesia con optimismo, con fe y con confianza. No estamos solos, Dios nos acompaña. El Señor sólo nos pide una cosa: que seamos fieles. Ese es mi deseo, mi oración y mi fe. Y mi más caro anhelo en estos momentos en que emprendemos un camino incierto, difícil, pero confiados porque queremos permanecer asidos de la mano del que nos trajo hasta aquí.

Dios quiera que como Isaías podamos decir: "Señor, heme aquí, envíame a mí" (Is. 6,8). Que Dios les bendiga siempre.

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