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Tomar a Dios en nuestras manos...
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Por el Padre Miguel Zavala-Múgica
Presbítero de la Diócesis del Occidente de México


Entre las reformas que el arzobispo Tomás Cranmer, de Cantórbery, introdujo en el culto católico al reformarlo y crear lo que habría de ser la liturgia anglicana, en el siglo XVI, está la costumbre de administrar la santa comunión en las manos de los fieles, con preferencia a dársela en la boca.

Algo de usos y costumbres
La costumbre anglicana -casi sin interrupción desde 1548, en que se introdujo y autorizó el primer Orden de Comunión -, antes que existiera el primer Libro de Oración Común (1549), fue cruzar las manos con las palmas hacia arriba, esperando recibir del obispo o presbítero, un trozo de la misma oblata recién consagrada, y llevando ambas manos a la boca sin tocar el pan. Nada de que el presbítero la tomara del tabernáculo. La reserva eucarística es apropiada, pero sólo para la comunión de los que están impedidos de llegar al templo, o bien en un caso de emergencia dentro de la misma celebración.

Es bueno aclarar que la Iglesia Católica Romana autorizó la comunión en las manos de los laicos apenas en el siglo XX, con el Concilio Vaticano II (1962-65). Entonces se habían descubierto antiguos manuscritos (la Tradición Apostólica, de san Hipólito de Roma), donde se indica un modo diferente del anglicano de comulgar en las manos, colocando el pan en la izquierda, flexionada "como para formar un trono", y llevándolo a la boca con la derecha.

Volvamos al rito anglicano. Arrodillado el pueblo frente al comulgatorio, o bien rodeando el altar, como comensales que rodean una mesa común, cada comulgante recibe un trozo del mismo pan. Las llamadas "hostias", redondas e individuales, inventadas en el medioevo echan a perder un tanto el sentido de aquellas palabras de san Pablo: Todos comemos de un mismo pan y por ello formamos un solo Cuerpo (1 Corintios 10: 17b), y Cada vez que coméis de este pan y bebéis de esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que él vuelva... (1Cor. 11: 26). Ciertamente dice "de este pan", y no "de estos panes", lo cual refiere simbólicamente a la unidad del Cuerpo de Cristo, significado en la eucaristía, y que es: 'partido para muchos hermanos'.

El santo cáliz se recibe, asimismo -ya del celebrante principal o de un diácono -, en las manos de los comulgantes. Las rúbricas del Libro de Oración Común son claras al señalar que cuando hay ministros ordenados presentes - revestidos según su orden -, en una celebración, éstos han de ser preferidos a los laicos, aún cuando la institución de los ministros laicos - autorizados por el obispo -, sea buena y útil.

Siempre que haya diáconos presentes, el sentido común litúrgico indica que éstos sean preferidos a los presbíteros o a los obispos como ministros del cáliz. Un antiguo autor litúrgico francés del medioevo - Durando de Mende -, atestigua que el celebrante - presbítero u obispo -, administra el pan, mientras que "el diácono completa..." (con el cáliz).

El ministro del cáliz, lo coloca en las manos del comulgante, quien lo toma por la base, o bien de otro modo reverente en que pueda llevarlo hasta sus labios y beber de él, suficientemente, y con respeto. Es también usual que los comulgantes esperen - con el santo pan en las manos -, a que el ministro del cáliz moje el pan en el vino y lo administre ("por intinción"), en la boca del comulgante.

Actualmente es común que la comunión pueda recibirse lo mismo de pie que de rodillas. Para muchos, hacerlo de rodillas es una forma más íntima y orante y no es -necesariamente una actitud penitencial -; para otros, el comulgar de pie, refuerza su sentido de fe en la resurrección, y de disponibilidad al compromiso y a la acción.

La Iglesia Católica Romana imitó de la Ortodoxa la costumbre de comulgar de pie y caminando en fila. Eso se imita con harta frecuencia en Iglesias de la Comunión Anglicana por todo el mundo. Sin duda, no es algo prohibido, y a veces se torna necesario en celebraciones multitudinarias, pero ¿es aconsejable?

En muchas iglesias, donde la norma es "rapidito", lo usual es la comunión de pie, en fila, caminando y en la boca con fórmulas incompletas, esto es: "El Cuerpo de Cristo", en su lugar, debe decirse: "El Cuerpo de Cristo, pan del cielo" (Libro de Oración Común, p.287).

A veces se olvida que la rúbrica del Libro de Oración Común de 1979 (el de uso oficial en Estados Unidos y en México), obliga a los ministros de la comunión a "permitir siempre a los comulgantes recibir el pan y el vino separadamente".

Hijos de Dios, sí... ¡pero Dios quiere que sus hijos maduren y crezcan!

Si pudiésemos preguntar al arzobispo Cranmer el por qué de la ceremonia de recibir la santa comunión en las manos, quizá nos dijera con el aplomo típico de su época, que: "así lo recibieron, con toda seguridad, los apóstoles del divino Maestro". El criterio litúrgico de la Reforma del siglo XVI fue tratar de hacer las cosas lo más exactamente posible a como se creía las hicieron Jesús y sus apóstoles.

(En realidad, si se aplicara rigurosamente ese criterio, habría que recostarnos en divanes o almohadas a comer con nuestras propias manos el pan y a servirnos unos a otros el vino, cada cual en su copa, la Eucaristía sería una cena en toda forma).

La Iglesia ha conservado el formato de una reunión de culto con un rito que varía de región a región y de cultura a cultura, y hemos enfatizado simbolismos más específicos.

¿Por qué comulgar en las manos? Recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo de manos de ministros ordenados, principalmente como símbolo de que se trata de un acto de gracia, que recibimos y no tomamos por propia iniciativa, porque la iniciativa ha sido de Dios, como dice san Juan: En esto consiste el amor: no en que nosotros amemos a Dios, sino en que Él nos ha amado y ha enviado a su Hijo como víctima por nuestros pecados. (1 San Juan 4:10).

Lo recibimos en nuestras propias manos porque significa que Dios nos considera capaces de tomar nuestra propia vida en nuestras manos, que somos sus hijos; unos hijos capaces de llegar a ser adultos en la fe y en la razón; que podemos tomar a Cristo en nuestras manos para nutrirnos con él y luego darlo al mundo. Dice san Juan: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron; pero a todos los que le recibieron -a los que creen en su Nombre-, les dio la potestad de llegar a ser hijos de Dios. (San Juan 1: 11, 12).

Esa es la razón principal de recibir la comunión en las manos, de ahí que sea un acto no sólo personal e íntimo, sino también fraternal y comunitario. Una comunidad de hermanos y hermanas que se asisten y fortalecen entre sí, y participan de una mesa común.

La comunión es eso: unión común, común unión: ¡comunión! Es un abrazo. Es la cálida proximidad de alguien que nos ama hasta dar su vida por nosotros. ¡¿Cómo negar ese abrazo de apoyo, de sostenimiento, de compañía, de perdón, a quien lo necesita?!

La comunión no se niega, la comunión se da, se facilita, se promueve, se invita, se anuncia...tiene que tratarse de algo verdaderamente grave y notorio, como para que un ministro niegue la comunión a alguien.

En una ocasión, una persona judía que se hallaba presente en una celebración eucarística presidida por mí, se acercó al altar y extendió respetuosamente sus manos para recibir la comunión.

Alguna vez supe que un famoso y santo sacerdote anglicano del siglo XVIII - John Wesley, fundador del Metodismo -, había instruido a sus pastores a jamás negar la comunión a nadie que se acercara con reverencia, puesto que sólo el Señor sabía a quién había inspirado a llegar hasta su santa Mesa. Yo suelo decirlo de otra manera: soy un siervo del altar y mi función es la de facilitar que las personas puedan encontrar a Dios. ¿Qué pasa cuando un no-cristiano se acerca con respeto y amor a la Mesa del Señor?

Creo que cuando lo que está en juego es la caridad es necesario - como dijera el apóstol Pedro - apresurarse a "obedecer a Dios antes que a los humanos"; personalmente tiemblo más ante el juicio de Dios sobre mi ministerio, que ante el juicio de cualquier tribunal humano.

¿En qué acabó la historia de la persona judía que se acercó a comulgar? Preguntádselo a Dios, creo que terminó como su inmensa sabiduría y amor han deseado, desde toda la eternidad, que estas pequeñas historias terminen. El reino y el amor de Dios son "...una paz que trasciende todo entendimiento".

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