IMPRIMIR

El Imperio de la Costumbre

Por Isaías A. Rodríguez

El vivir humano nos conduce a la repetición de ciertos actos, que, con el tiempo, se convierten en costumbres. De por sí la costumbre nos facilita el obrar con facilidad, porque no tenemos más que repetir lo que se ha venido haciendo durante mucho tiempo y por parte de muchos. De alguna manera nos ahorramos así el esfuerzo de pensar. Y lo hacemos con la convicción de que estamos siguiendo algún tipo de tradición que, por serlo, ha de ser buena.

Pueden haber costumbres buenas y malas. A las malas las denominamos vicios; evitaremos aquí tratar de ellas. Lo mismo que una costumbre buena nos puede describir el carácter noble y positivo de una persona, pueblo o nación, la mala nos ofrece lo negativo de esa persona o comunidad.

Alimentar una costumbre buena nos nutre con su ejercicio y seguirla dice bien de nosotros mismos. En el campo de la espiritualidad esa práctica, a veces, recibe el calificativo de "santa" y facilita nuestro progreso en el camino de la santidad.

Pero hay costumbres que ni son buenas ni malas y seguimos repitiéndolas por el imperio de su tradición. En esos casos solemos escuchar esa anodina frase de "siempre se ha hecho así". Cuando una costumbre empieza a ser cuestionada, y su repetición evitada , hay algo que falla y, muy probablemente, ha perdido el significado e intencionalidad que tuvo en un principio. Ha llegado el momento de cuestionarnos seriamente sobre el porqué de la misma y si hemos de estar sometidos a su cumplimiento.

Es en esta instancia cuando se suele establecer una pequeña batalla en ciertas instituciones entre dos bandos opuestos, los que favorecen ciegamente la continuidad de la costumbre y los que se empeñan en que ha llegado la hora de darle sepultura.

En el siglo XVI, cuando se dieron monumentales cambios de costumbres arraigadas desde el inicio de los años medievales, algunos continuaron repitiendo actos que ya carecían totalmente de sentido. Veamos algunos ejemplos.

En la reforma anglicana, cuando los puritanos, en su furia iconoclasta, arrasaron con toda clase de imágenes y símbolos religiosos, al entrar los lores en la cámara de reuniones seguían haciendo una inclinación reverencial a la pared frontal, donde antes había un crucifijo y ahora había desaparecido. En este mismo campo religioso. En las rúbricas de la eucaristía, se implantaron costumbres que con el tiempo han perdido su significado. Muchas de ellas desaparecieron en el siglo pasado, con la gran reforma litúrgica que se llevó a cabo. Pero no es raro ver sacerdotes que todavía repiten acciones que no sabrían explicar el porqué de las mismas. Por ejemplo, el lavabo en la misa. Ese rito tiene su origen cuando en tiempos lejanos el sacerdote recibía como ofrenda, patatas, cebollas, tomates, o incluso algún conejo u otra clase de animales. Entonces sí era más que justificada una buena lavada de manos después del ofertorio, pero hoy, ¿por qué lavarse las manos? , cuando el sacerdote ni siquiera toca las ofrendas.

Veamos otra costumbre carente de todo sentido. Algunas iglesias al inicio de la Cuaresma, otras al inicio de la Semana Santa, cubren las imágenes con velos. ¿No resulta contradictorio, por ejemplo, cubrir un crucifijo, cuando en esa estación estamos precisamente recordando los sufrimientos que Jesús padeció en la cruz? Si preguntáramos sobre el porqué de dicha costumbre oiríamos repetir la insubstancial frase de que "siempre se hizo así". Pues bien, su origen se remonta a los primeros años del cristianismo, cuando los cristianos creían profundamente que Cristo ya no estaba en la cruz sino en el cielo. Eran momentos de alegría, de gozo, de triunfo, y la mejor manera de celebrarlo era colocando flores o joyas o adornos en las mismas cruces donde todavía no se colocaba la imagen del Cristo crucificado. Ahora bien, al llegar el momento de la Cuaresma, cuando se recordaban los dolores y sufrimientos que Jesús padeció por amor al pueblo, entonces, pensaban aquellos buenos cristianos que era muy apropiado cubrir temporalmente aquellos adornos que más que el dolor simbolizaban el gozo y la felicidad.

Hemos de fomentar toda costumbre cuyo sentido sea palmario y cuya repetición favorezca el logro de un objetivo, pero no debemos achicarnos y tener miedo de cambiar aquellas que no sepamos ya por qué se cumplen, o cuál fue su significado original, porque el hacerlo nos coloca en el campo de la irracionalidad.

Si bien una costumbre se establece porque facilita el caminar hacia un objetivo, la continua evolución de la vida irá erosionando esa práctica hasta convertirla en poco menos que inútil. Pocos son los que no hayan observado que no vivimos en un mundo estático e inmutable, sino en uno en permanente cambio, el no adaptarnos a lo nuevo con nuevas prácticas nos mantendrá anquilosados en el pasado.