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Notas sobre la Eucaristía
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Por Isaías A. Rodríguez

Lo que sigue es un resumen de la extensa y detallada exposición que Marion J. Hatchett hace en su voluminoso comentario al Libro de Oración Común. Para completar este artículo también he utilizado otras fuentes, especialmente lo recogido por Edward Schillebeeckx, en su obra La Iglesia con rostro humano.

En todas las culturas, a partir de las comunidades más primitivas, se ha dado siempre la costumbre de sacrificios y comidas en común, celebrados periódicamente. La comida en común es una ocasión para compartir ideas, creencias, valores, tradiciones e historias. Esas celebraciones se centran en tres elementos: carne, pan y alcohol. La carne es esencial a todo sacrificio. Uno se identifica con el animal sacrificado y se ofrece en agradecimiento y propiciación. Por ejemplo, para las sociedades primitivas, el buey transfería fortaleza, el elefante memoria, la gacela rapidez, el león valor. Un paso más y entramos en el canibalismo, por el cual uno recibía de la persona consumida sus propiedades. La sangre es elemento de vida y fertilidad.

El pan es básico para la existencia. Simboliza el trabajo humano. "Llevar pan a la mesa", representa la vida de la comunidad pues toda la comunidad colabora en lograrlo: siembra, crecimiento, cosecha, molerlo, cocinarlo y compartirlo. Uno compartía pan con los demás.

El alcohol está relacionado con alegría, vitalidad, compañerismo, celebración, liberación de inhibiciones y la libación del sacrificio.

En el judaísmo estos elementos estaban asociados a tres celebraciones, la de la pascua con el cordero pascual, la de pentecostés con la recolección de la cosecha y la de los tabernáculos con la celebración del nuevo vino. En el templo el culto se centraba en el sacrifico de animales; en las casas el culto se centraba en el pan y en el vino, con el sábado como celebración principal de la semana.

Tras la liturgia de la palabra en la sinagoga, los fieles iban a sus casas, charlaban y lo celebraban con vino antes de reunirse para la comida. Reunidos a la mesa daban gracias a Dios por el pan: "Bendito sea Dios, rey del universo, que nos da pan de la tierra". Se partía el pan y se distribuía. Todos participaban del mismo pan, ázimo -sin levadura- para la pascua, con levadura en otras ocasiones.

Terminada la comida el padre de familia bendecía la copa invitando a todos a estar de pie: "Elevad los corazones", "demos gracias al Señor nuestro Dios". Se bendecía a Dios como el creador, conservador y redentor, en relación a la ocasión particular del día y luego se ofrecían oraciones por el pueblo. En hebreo, el bendecir a Dios equivalía a darle gracias. Las bendiciones variaban para cada día del año judío. La celebración de este pequeño ritual representaba un credo, una fe, una asociación y compromiso entre Dios y la comunidad.

Jesús compartió muchas comidas sagradas con sus discípulos. Muchos pasajes del evangelio hacen referencia a comidas. Algunos relatos de la resurrección están asociados a la idea de comida. Y los primeros cristianos se reunían con frecuencia para orar y compartir el pan.

Antes de concluir el tiempo neo testamentario los ritos de bendecir el pan y la copa se habían separado de la comida, por la dificultad de alojar a muchas personas en una casa -al crecer la comunidad cristiana --, a veces por abusos relacionados con la comida, y por la necesidad de tener un corto rito en tiempos de persecución. Los ritos antes de la comida, de tomar el pan, bendecirlo, romperlo y compartirlo, y los ritos al final de la comida, de bendecir la copa y compartir el vino, se condensaron en un rito simple de bendecir el pan y el vino y compartirlos. La comida, separada ya de esos ritos, en algunos lugares se convirtió en un ágape.

Iglesia primitiva

La iglesia primitiva organizó su vida en torno a la eucaristía dominical. Los que no podían atender a la liturgia diaria lo hacían el domingo. El servicio empezaba con el saludo: "El Señor esté con vosotros", seguían las lecturas de ambos testamentos, el sermón, luego los catecúmenos abandonaban la asamblea. El diácono dirigía las oraciones de los fieles, y la liturgia concluía con la beso de la paz. Los domingos el rito continuaba con la liturgia de los fieles y de la mesa. Una tela blanca se colocaba sobre una mesa pequeña y sobre ella las ofrendas de pan y vino que los fieles traían; el diácono recogía ofrendas de entre los fieles.

El celebrante y los presbíteros se reunían en torno a la mesa y elevaban sus manos sobre el pan y el vino. Signo antiguo que significaba separación, ofrecimiento, identificación, transferencia o consagración. Mientras los clérigos y el pueblo estaban de pie con las manos elevadas, el celebrante decía la gran plegaria litúrgica, cuyo texto no era fijo. Concluida la oración se partía el pan y todos participaban del mismo y del vino. En muchos lugares se llevaba pan y vino a los miembros que no habían podido asistir a la celebración.

Con el crecimiento del cristianismo en la era post constantiniana los templos crecieron en número y en extensión, y la liturgia se formalizó en las líneas que más o menos conocemos hoy. De hecho, en nuestros días se intenta replicar esas líneas trazadas por los primeros cristianos. Luego, históricamente, se desarrollaron toda clase de liturgias, las más conocidas son las de rito oriental, galicano, romano, mozárabe, etc.

Edad Media

En el siglo IX la piedad litúrgica sufrió varios cambios. El latín cada vez más dejaba de ser la lengua conocida y familiar. Los ritos bizantino y romano eclipsaron a los demás. Y durante tres siglos hasta el once, se multiplicaron las controversias teológicas sobre la eucaristía; con ello, se desarrolló un sentimiento de miedo (en vez de alegría) hacia el sacramento y la frecuencia de recibir la comunión cayó dramáticamente.

En Occidente, la plegaria eucarística que sigue al sanctus, se decía de una manera inaudible mientras el coro terminaba de cantar un rebuscado sanctus. En algunas iglesias empezaron a colocarse velos y vallas para separar al pueblo del altar. Poco a poco el rito se convirtió en algo hecho para el pueblo en vez de ser una ofrenda de toda la congregación a Dios. También en ese siglo se establecieron las misas votivas por intenciones especiales, y se prepararon libros para que misas menores se pudieran celebrar incluso cuando no asistiera nadie. La multiplicación de las misas implicó la necesidad de añadir más y más altares, dando al traste con el principio patrístico de un altar en torno al cual se reunía el pueblo de Dios el día del Señor. Debido al gran número de misas semanales se perdió la profunda conexión que existía entre la eucaristía y el domingo y otras fiestas principales. La misa diaria ya no era una participación sino una presencia de observadores.

Para satisfacer las obligaciones de sacerdotes y monjes de celebrar muchas misas votivas por las intenciones solicitadas, los altares empezaron a colocarse contra las paredes laterales y servían para ejercer desde ellos las funciones de ambones para la liturgia de la palabra. Como la gente ya casi no hacía ofrendas, la patena y el cáliz se preparaban con antelación sobre el altar por algún sacristán o monaguillo.

El miedo y el asombro se asociaron a la misa, y se fomentó la preocupación incluso por la partícula más pequeña de la hostia; así en Occidente las hostias empezaron a reemplazar el pan para que no se perdiera o cayera ninguna miga. Para proteger más la hostia empezó a ser colocada en la boca en vez de en las manos. Las hostias empezaron a ser colocadas en copones donde la gente no las podía ver, en vez de en la patena. Se privó a los comulgantes de tomar del cáliz y a los niños de ambos elementos, del pan y del vino. Y empezaron a formalizarse las abluciones finales.

En el siglo XIII, en Occidente, la gente empezó a arrodillarse en varios momentos de la eucaristía; la hostia empezó a ser elevada después de las palabras de la "institución". Durante los siglos XIV y XV se pidió a la gente que se arrodillara cuando se llevaba el sacramento a los enfermos. Se iniciaron procesiones con el sacramento y el lugar de reservación cambió de la sacristía al sagrario dentro de la iglesia. Empezó a ser expuesto para la adoración, y en algunas partes del Continente los fieles hacían la genuflexión ante el sacramento. Según Edward Schillebeeckx, hasta el siglo XI hostias consagradas solían enterrarse en los campos para lograr una buena cosecha. El pueblo vivía en un mundo simbólico.

En ese mundo al sacerdote se le consideraba como una persona mágica: realizaba el misterio de cambiar el pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo; sólo a través del sacerdote descendía la gracia de Dios a la tierra. Era ya todo un privilegio el poder ver al sacerdote los domingos. Esto no obstante haber caído el sacerdote en el mayor de los abismos, ya que, al servicio de los nobles, había aprendido solamente a leer la misa sin enterarse de lo que hacía. ¡Así eran los tiempos!, exclama Schillebeeckx.

Como la hostia, el cáliz empezó a ser elevado cuando se pronuncian las palabras de la "institución". Los altares empezaron a parecerse a tumbas adornadas con retablos y cruces, y a veces crucifijos, especialmente en Alemania, a fin de que ofrecieran un fondo más impresionante durante la elevación que se había convertido en el centro de la piedad eucarística. Ya que el ver más que el participar era ahora lo más importante, era necesario enfatizar el dramatismo y el espectáculo. Al ser introducidos los bancos en la iglesia, algunos fieles entablaron juicios para lograr asientos con mejor vista durante las elevaciones. Hacia el siglo XV, muchos de los laicos habían dejado de recibir la comunión y fue necesario establecer leyes que obligaran a comulgar, por lo menos, una vez al año. Hay un documento del siglo XVI que explica a los fieles que algunas oraciones de la misa están en plural porque, al principio del cristianismo, otros, además del sacerdote, recibían la comunión.

La predicación también decayó y casi desapareció, hasta el punto de que algunos religiosos y monjes trataron de renovarla y logaron que se establecieran leyes que obligaban a predicar, por lo menos cuatro veces al año.

Lutero no ofreció un rito nuevo eucarístico, pero trató de limpiar la misa de todas las añadiduras que se le habían pegado durante la Edad Media. Siempre habría un sermón durante la eucaristía, y los fieles comulgarían semanalmente. Dejando a otros reformadores de lado, digamos que en Inglaterra se iniciaron reformas semejantes a las de Lutero encabezadas, como hemos visto, por Tomás Cranmer. Siempre habría un sermón u homilía, si no se predicaba tenía que leerse una homilía del libro de las Homilías. Se animó a recibir la comunión y bajo las dos especies.

Rápida visión del rito eucarístico:

Confesión del pecado.
La confesión del pecado por parte de toda la congregación fue algo nuevo en las liturgias del período de la reforma. En la iglesia primitiva los cristianos reconocían sus pecados dando gracias a Dios, en la plegaria eucarística, por haberlos redimido. A finales de la Edad Media se hizo costumbre que el sacerdote y el monaguillo intercambiaran la mutua confesión y la absolución, antes de la misa.

La paz.
Las primeras referencias a la paz aparecen en las liturgias bautismales. La paz no se podía dar a un no bautizado. En las primeras liturgias la paz se daba al final de la liturgia de la palabra, después que los catecúmenos habían salido del culto y de las oraciones de los fieles. En el siglo quinto el rito romano pasó la paz al momento antes de la comunión. Ni en las liturgias de la reforma ni en la iglesia católica romana se conservó la paz. Hoy ha sido reinstituida en ellas.

La plegaria eucarística.
Los primeros cristianos judíos probablemente continuaron la costumbre familiar de sus comidas sagradas, descrita al principio de este artículo.

Durante varios siglos los textos de las plegarias eucarísticas no estuvieron fijados. Hay fragmentos de oraciones del segundo y tercer siglo que muestran diferentes énfasis; muchas oraciones se parecen a las de los judíos. La que más influyó en la posteridad fue la asociada con la ordenación de obispos, en la Tradición Apostólica de Hipólito (215). Se dan gracias por la creación, la encarnación y la redención. Se recitan las palabras de la "institución" y una anamnesis, un recuerdo de la muerte y resurrección de Cristo, y sigue el ofrecimiento del pan y de la copa. Y sigue la epíclesis o invocación del Espíritu Santo. Lo realmente único aquí es la inclusión de las palabras de la "institución".

Los cambios sociales y los desarrollos teológicos del siglo cuarto promovieron un mayor formalismo y fijeza en los textos. El cristianismo ahora era la religión aceptada y luego sería la oficial del Imperio.

El texto más antiguo que se conserva es el citado en De Sacramentis, normalmente atribuido a san Ambrosio (339-397). La porción citada empieza con una petición corta para que "esta oblación, que es la figura del cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo", sea "para nosotros, justa, espiritual y digna". Más tarde, se pide que "este pan santo y copa de la vida eterna" sea aceptada en el "altar de Dios en el cielo". Más tarde aún, esta petición se cambia por que "se convierta para nosotros en el cuerpo y la sangre de tu querido y amado Hijo, nuestro Dios, Jesucristo".

En Occidente la atención se centró cada vez más en la narración de la institución, el "momento de la consagración" como empezó a llamarse. La oración se convirtió en la "acción" solo del sacerdote, y el pueblo cesó de pensar en ella como el gran agradecimiento por los maravillosos portentos de Dios, la acción redentora de Cristo y la invocación de los beneficios del Espíritu. Un documento del tardío medievo define la parte del pueblo como: "Ver cómo se hace y se come a Dios". El rito eucarístico cambió de naturaleza y se convirtió en un espectáculo para el pueblo.

En la Edad Media empezó a surgir la costumbre de elevar los elementos al recitar las palabras de la "institución" con el fin de mostrar el sacramento al pueblo. El libro de oración de 1549 pide que no se haga eso.

Diálogo inicial
"Elevemos los corazones". Estas palabras son un eco de las fórmulas de bendición de los judíos. Son un mandato a ponerse de pie, que era la postura normal de las oraciones de acción de gracias. Una postura que favorece y significa la participación de la congregación en la acción. Es la postura apropiada en la oración pública y compartida por todos los bautizados. El concilio de Nicea prohibió arrodillarse durante la oración los domingos y en los cincuenta días de Pascua.

La postura tradicional de los cristianos al recibir la comunión ha sido la de estar de pie, una tradición que se ha mantenido en las iglesias ortodoxas. La interpretación de la postura era la de un acercamiento a Dios como hijos en vez de como esclavos, un símbolo de haber sido salvados por Jesucristo.

Más tarde, durante la Edad Media, cuando la orientación de la congregación cambió de participar en la plegaria eucarística y de recibir la comunión a estar presente para la adoración en el "momento de la consagración", se observa que la gente empieza a arrodillarse durante las elevaciones que se han introducido en el rito, cuando se pronuncian las palabras de la "institución".

Palabras de la "institución"
A excepción de la Tradición Apostólica de Hipólito (215), las plegarias eucarísticas que han sobrevivido del periodo anterior al concilio niceno (325) ninguna contiene las palabras de la "institución". Después de la última parte del siglo cuarto la inclusión es lo normal. Más tarde, en la Edad Media, cada vez se fue centrando más la atención en lo que empezó a considerarse "el momento de la consagración", en vez de verlo como la confirmación de lo que se realiza durante toda la acción sacramental. Efectivamente, si antes de que se introdujeran las palabras de la institución los cristianos celebraban la eucaristía o acción de gracias, quiere decir que esas palabras no son esenciales al rito.

En el Nuevo Testamento las palabras de la institución "esto es mi cuerpo" y "esto es mi sangre" no son fórmulas de consagración, como fueron interpretadas en la Edad Media, sino frases de administración. Libros apócrifos del segundo y tercer siglos ofrecen narraciones de la eucaristía con varias fórmulas de administración: "Que esta eucaristía sea para ti una remisión de pecados y transgresiones, y para la resurrección eterna". "El cuerpo (y la sangre) de nuestro Señor Jesucristo te guarden en la vida eterna". Etc.

A este cambio - de ver lo esencial de la misa en las palabras de la institución -- se añadió otro, el de ver la misa como un sacrificio que repetía el del Calvario. Todos los reformadores rechazaron ese nuevo concepto que surgió durante el medievo, pero el concilio de Trento definió "el sacrificio de la misa".

En el Libro de Oración Común actual, el término sacrificio, está siempre cualificado: "acepta este sacrificio nuestro de oración y agradecimiento". Nos presentamos como un "sacrificio razonable, santo y vivo", etc.

El Libro de Oración del 1552 trató de reemplazar una piedad, basada en la adoración del sacramento elevado, hacia la recepción del mismo.

Vemos cómo en esto la reforma anglicana se adelantó cuatrocientos años al intento de reforma realizado por el Concilio Vaticano II (1962-65). En este concilio se estimuló la recepción del sacramento, y aunque la adoración del mismo trató de mitigarse en un primer momento, luego cuando nuevos vientos tradicionales empezaron a soplar, se ha conservado la costumbre medieval.

En la iglesia primitiva, el pueblo recibía la comunión bajo las dos especies. San Cirilo de Jerusalén dice: "Cuando te acerques a comulgar…que tu mano izquierda sea el trono de la derecha en la que vas a recibir al Rey". Del siglo noveno al quince, se fueron dando cambios con los cuales el pan se cambió por hostias, empezó a colocarse en la boca del comulgante. El resultado de todo esto es que, hacia el siglo dieciséis, a los niños se les negaba la comunión y los adultos no comulgaban, excepto tal vez una vez al año, por Pascua.

Doxología
Al parecer al concluir la eucaristía, durante la doxología, en algunas iglesias al principio del cristianismo el pan era elevado por el celebrante y el cáliz por el diácono, simbolizando tal vez un ofrecimiento a Dios, o tal vez una señal no verbal para que el pueblo respondiera con un amén definitivo y de asentimiento. Así se indica en la Apología de Justino (165): "Se traen pan y vino y agua, y el que preside ofrece oraciones y acciones de gracia, lo mejor que puede, y el pueblo asiente diciendo Amén". En el libro de oración este amén se escribe con letras mayúsculas para enfatizar la afirmación del pueblo.

Conclusión
Hasta el siglo cuarto el rito eucarístico terminaba con la recepción de la eucaristía. Al crecer el cristianismo y reunirse en edificios más grandes se hizo necesaria una conclusión más formal del rito.

No hay evidencia de una bendición al final de la eucaristía antes del siglo cuarto. Lo mismo sucede con una despedida formal. A partir de ese siglo el diácono dice: "Salgan en paz" y el pueblo responde: "En el nombre de Cristo". El "Ite missa est" no aparece antes del siglo octavo.

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