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El Viernes Santo
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Por Isaías A. Rodríguez

Los primerísimos cristianos no observaban este día porque consideraban la Pascua cristiana como una fiesta que comprendía la muerte y resurrección de Jesús. Así que no pensaban celebrarlo por separado. El suplicio de Jesús, aunque horroroso, se había transformado en un triunfo gozoso y de eterna duración. Podemos apuntar ya que esta es la suerte que nos cabe a todos los que seguimos a Jesús. Un camino de calvario por esta tierra para un día gozar eternamente en el cielo. Con todo, probablemente nadie ha de sufrir los tormentos que Jesús tuvo que aguantar por amor nuestro.

Pero retrocedamos un poco y demos un vistazo a la historia y a los hechos. Sabemos que en un tiempo sin fecha se empieza a recordar este día en Jerusalén. El testimonio más reciente nos lo da la peregrina Egeria que en su Diario de viaje nos cuenta cómo se desarrollaba esta jornada a finales del siglo IV. Muy de mañana, tras haber pasado la noche en vela en el Monte de los Olivos se descendía a Getsemaní para leer la narración del prendimiento de Jesús. La comparecencia de Jesús ante Pilato se leía en el Gólgota, y luego se iban a casa a descansar un rato, pero pasando antes por el monte Sion para venerar la columna de la flagelación. Al mediodía, de nuevo se congregaban en el Gólgota para venerar el madero de la cruz y se leían, durante tres horas, lecturas del Antiguo y Nuevo Testamentos. El recorrido-peregrinación terminaba en la iglesia de la Resurrección, donde se leía el evangelio de la colocación de Jesús en el sepulcro. Era un día verdaderamente intenso, pero que daba profundo respeto y sincera religiosidad al evento más abominable acaecido en el pueblo judío de ese tiempo.

Ahora bien, es propio preguntarnos ¿por qué condenaron a un justo a tan horrible suplicio? Jesús a todos sorprendía con su bondad y generosidad. Jesús pasó haciendo el bien por doquier. Jesús se colocó del lado de los más pobres, de los indeseables, de los destituidos y a todos ofrecía amor y sobre todo esperanza. Una esperanza de que estos pobres, condenados por la religión oficial, se encontraban más cerca del reino de Dios que quienes por profesión ofrecían sacrificios en el templo.

Para difundir su nuevo mensaje Jesús utilizó parábolas inmortales. Ejemplos tomados de la vida real que todo el mundo podía entender, pero que asombraban por la conclusión a que conducían. Memorables entre todas son la del Buen Samaritano y la del Hijo Pródigo. La gran revolución religiosa que aportó fue el haber abierto un camino de acceso a Dios distinto de lo sagrado: es decir, el camino de la ayuda al hermano necesitado. El camino más certero y seguro de llegar a Dios: la ayuda al necesitado. Muchos hombres y mujeres que no han conocido a Jesús llegan a Dios por ese camino certero, que nadie como Jesús nos ha mostrado su validez.

No es de extrañar que Jesús levantara sospechas constantemente en su actuación. Página tras página, los evangelios nos muestran a un Jesús perseguido por los controladores de la religión oficial: fariseos, escribas y sacerdotes. Entonces tenemos que la primera y fundamental causa de su condenación es porque su mensaje y actuación trastornaban de raíz el sistema organizado, civil y religioso, al servicio de los más poderosos del Imperio romano y de la religión del templo.

El reino de Dios predicado por Jesús cuestionaba al mismo tiempo todo el entramado de Roma y el sistema del templo. Jesús estorbaba, su predicación sentaba bases peligrosas para una convivencia pacífica, basada en la tiranía y el control.

Pero la causa decisiva y determinante de su condena, en opinión de casi todos los estudiosos, fue la purificación del templo. Tras su entrada triunfal en la ciudad de Jerusalén, se acerca al templo, y ve que lo han convertido en un mercado. Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas. Expulsó a todos del templo, ovejas y bueyes. Esta fue la acción pública más grave de toda su vida. En efecto, ¿quién le había dado autoridad para realizar semejante atropello? Jesús no tenía autoridad oficial para actuar de esa manera. Se entrometía en los intereses privados de los sacerdotes del templo. Pero ¡Jesús era un profeta! ¡Un profeta divino! Y proclamaba solemnemente: "¡Mi casa es casa de oración para todas las naciones!".

Esto fue lo que colmó el vaso. Ahora sí, no hay tregua. Los sumos sacerdotes y los letrados buscan la forma de acabar con él. Pero he aquí que tenían miedo. El pueblo entero admiraba a Jesús y se pondría de su lado. Lo sucedido en la ciudad santa de Jerusalén, repleta de peregrinos judíos llegados de todo el Imperio romano, en el explosivo ambiente de las fiestas de Pascua, no auguraba nada bueno. Jesús se había atrevido a desafiar públicamente el sistema del templo, y algunos peregrinos, sin duda, se colocarían de su lado. Era un peligro para el orden público, para la paz romana.

Ni Anás ni Caifás ni los sacerdotes del templo encuentran razón suficiente para condenarlo a muerte. Y deciden que Pilato, prefecto de Judea nombrado por Tiberio, tome cartas en el asunto. Y le dicen: "es un revoltoso, un rebelde, que predica un reino diferente al del César y pone en peligro el orden social". Y, cosa admirable, ni siquiera Pilato, tras interrogar a Jesús, encuentra en él causa suficiente para condenarlo. Sus seguidores, los apóstoles, al parecer tampoco mostraban gran peligro. No iban armados ni presentaron sedición alguna en ningún momento. Era un grupo de cobardes pescadores. ¿Qué hacer?

En toda tiranía el miedo impera. Pilato, sin causa, sin razón alguna de condena, adopta el camino más seguro para él. Condena a Jesús a muerte para evitar consecuencias inesperadas. "Irás a la cruz", le dice Pilato.

Jesús conocía ese horrible suplicio. Seguramente había visto a otros morir en la cruz. Ahora era su turno. La crucifixión era una auténtica tortura, al crucificado no se le dañaba directamente ningún órgano vital, de manera que su agonía podría prolongarse durante largas horas y hasta días. Los romanos, crucificaban sin piedad a cientos y miles de personas, dada la ocasión para sembrar el terror y el orden. Al parecer, Jesús estaba tan debilitado, por todo el maltrato recibido con antelación, que su tortura no se prolongó. Según el evangelista Marcos, Jesús murió en la más triste de todas las soledades, exclamando: "¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?". Esta muerte provocó en el centurión presente la más bella de todas las confesiones: "Realmente este hombre era Hijo de Dios".

Ahora podemos preguntarnos. ¿Era necesario que Jesús muriera? Su mensaje había sido sólido y claro. Su vida hubiera sido suficiente para darnos ejemplo y salvarnos de nuestras malas inclinaciones. Sin embargo, la historia nos demuestra que ningún profeta actúa a medias. Todos caminan hasta la última meta. Jesús no podía ceder ante las constantes presiones ejercidas por la religión oficial. Jesús no pudo ignorar el atropello que se estaba cometiendo en el templo por los traficantes que robaban al pueblo a favor de los sacerdotes. Jesús decidió seguir adelante y dar ejemplo hasta el final, aunque ese final implicara la cruz. La muerte en la cruz fue la culminación de un amor sin igual. Un amor heroico, divino. Un amor loco. Así lo da entender san Pablo: "El mensaje de la cruz es locura para los que se pierden, para los que nos salvamos es fuerza de Dios".

Queridos hermanos y hermanas, nos encontramos aquí en el templo, no para llorar la muere de Jesús, ni para admirar su sacrificio, sino para cambiar de vida e imitarlo. No olvidemos las palabras de Jesús: "¡Amaos los unos a los otros como yo os he amado!"

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