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Por Isaías A. Rodríguez

Este artículo está inspirado en el excelente libro de Louis Weil Sentido litúrgico.

Sobre las rúbricas y gestos litúrgicos
Las rúbricas que aparecen en el LOC no lo dicen todo, por eso, con el tiempo -ya de antiguo- han aparecido libros llamados ceremoniales o rituales. "Muchos clérigos nunca consultan estos libros", según Weil. Con todo, a veces las rúbricas no indican detalladamente lo que se debe hacer, debido, en parte a la gran variedad de edificios-templos, que, a veces, impiden un desarrollo adecuado de la ceremonia. Weil afirma que hay que observar las rúbricas sin caer en el fanatismo.
La práctica de que el sacerdote fuera el único celebrante que "hace el sacramento" condujo a la creación de una serie elaborada de gestos que el sacerdote ejercía -y ejerce en algunos casos- durante la eucaristía. El sacerdote no sabe el porqué de esos gestos, cruces, etc. Siempre lo hicieron así. Así fueron entrenados.
En California una parroquiana afirmó que la misa de un sacerdote mayor, ya retirado, era más santa porque hacía muchas cruces. Weil se pregunta por qué algunos hacen una señal de la cruz al terminar el gloria, el credo, y en otros momentos de la misa, cuando las rúbricas no lo piden. Son gestos que tuvieron su razón de ser en un momento determinado, pero que hoy no lo tienen porque ha cambiado la estructura litúrgica.
Hoy día no se pueden hacer gestos que la comunidad celebrante no entienda. Los documentos primitivos ofrecen unos textos sin indicar nada sobre qué gestos se han de realizar.
En el 650 aparece el primer Ordo Romanus Primus (Ordinales) libros que explicaban varios de los ritos que tenían lugar durante una celebración: la recogida del pan y del vino, la fracción del pan, pero sin indicar todavía qué otros gestos se debían hacer. Se presume que el pueblo permanecía de pie ya que esa era la postura apropiada para la celebración de la eucaristía. Se presume también que elevaba el vino y el pan durante la doxología. Los sacramentales contenían los textos litúrgicos. Con el tiempo estos dos libros: ordinales y sacramentales se fusionan en uno solo y se crea el misal, donde aparecen por primera vez algunas rúbricas.
Estamos hablando ya de los siglos VIII-IX. La misa se celebra en latín, lengua que el pueblo ahora desconoce. Una predicación tremendista hace creer que todo el mundo es indigno de recibir la eucaristía, y solo el sacerdote la recibe. El pan y el vino empiezan a elevarse durante las palabras de institución. Para algunos sacerdotes esto -la elevación- constituía una comunión para el pueblo. Manducatio per visum, comer por la vista.
La eucaristía se convierte en "misa". Paulatinamente empiezan a incrementarse las rúbricas. Por ejemplo, hay que tocar las campanillas durante la "consagración" para que la gente sepa que está teniendo lugar esa ceremonia, mire y adore a los elementos que eran elevados. La gente que se quedaba fuera del templo entraba corriendo para ver los elementos consagrados. El cura había adquirido un poder desconocido durante los primeros siglos del cristianismo, tenía el poder de hacer un milagro eucarístico. Hoy día no tiene sentido tocar las campanillas.
Muchos sacerdotes ejerciendo el ministerio en pueblos habían recibido una educación pobre y limitada y no realizaban los mismos gestos que el cura de la ciudad. Era necesaria una uniformidad. Aparece el franciscano inglés Haymo de Faversham (1200-1243) con su obra Industus planeta obra en la que se detalla todo gesto posible hasta el mínimo detalle a realizar por el sacerdote durante la misa. Estos detalles y gestos continuaron en práctica hasta el siglo XVI cuando los Reformadores atacaron la liturgia como una "invención de los hombres".
Los reformadores quisieron terminar con toda clase de gestos, vestimentas, imágenes. El LOC de 1559 (el tercero) conocido como el de la "Solución isabelina" fue visto por los reformadores anglicanos moderados como una victoria sobre los puritanos, el grupo más radical de Ginebra que quería seguir a los reformadores radicales continentales como Martín Bucero (1491-1551) y Peter Martyr Vermigli (1499-1562).
Los escritos de los teólogos y apologistas como Richard Hooker (1554-1600) con Leyes de Normas Eclesiásticas y Thomas Bisse (1675-1731) con La Belleza de la Santidad en la Oración Común, estaban más preocupados con que se celebrara un servicio con dignidad y orden que con la clase de ritos-gestos que se crearían más tarde.
Al principio del siglo XIX la iglesia de Inglaterra había decaído en un estado abismal principalmente por intromisiones del Estado. Hasta ese momento los sacerdotes mantuvieron una práctica mínima de gestos litúrgicos hasta la llegada del Movimiento de Oxford (1833-45: John Keble, Edward Bouverie Pussey, Samuel Seabury y otros) cuando se tuvo curiosidad de observar el misal romano y de ahí se incorporaron muchos gestos que no estaban en el Libro de Oración Común. Fueron los gestos creados por Haymo. Otro elemento que deterioró la religión anglicana fue la Ilustración, que va de fines del siglo XVII hasta la Revolución Francesa (1789) y en algunos países hasta el siglo XIX. Como es sabido, la Ilustración enfatizaba que la razón es la base para el conocimiento de la verdad. La razón imperaba sobre la religión. Por ello, el siglo XVIII es conocido como el siglo de las luces. Dios actuaba a través de la ley natural, así pues, los sacramentos no son necesarios.

La liturgia es obra de todos
Varios elementos, a través de la historia, contribuyeron a que toda la autoridad sacramental recayera en el sacerdote, pero fue, sobre todo, con el pontificado de Inocencio III (1198-1216) en conexión con su celo por reformar la Iglesia cuando definitivamente confirió esa autoridad al sacerdote, lo cual fue reafirmado por el derecho canónico en el IV Concilio Lateranense en 1215.
Durante siglos la liturgia se vio como una "acción-obra del sacerdote" ante la cual el pueblo era un mero espectador. A tal punto llegó esto que algunos obispos del Concilio de Trento (1545-1563) propusieron que la gente no fuera a misa y que se quedara en casa para que no molestara al sacerdote durante su celebración.
Pero esto que se ha criticado de la situación romana, puede también aplicarse al mundo protestante donde en los servicios la gente espera que el ministro o pastor les deleite con un sermón que les ofrezca alimento espiritual. "Esto no es más que una ´participación pasiva´" Weil. Se cree que a esta situación se llegó debido a la poca formación en general del pueblo, y en particular a la desaparición del catecumenado en el siglo V.
Uno de los principios fundamentales establecidos por el Movimiento Litúrgico (1830-1969) es que la liturgia es una acción u obra de todo el pueblo. Por eso tiene mucho más sentido usar el término "que preside" en vez de celebrante, ya que todos son celebrantes. Esa expresión de "presidir" aparece ya en La primera Apología de Justino el Mártir en el año 155.
El Movimiento Litúrgico al insistir en la participación activa de todos, demostró que se terminaría con las devociones privadas celebradas antes durante la misa. La oración corporativa es lo fundamental de la experiencia cristiana. El acto litúrgico debe, por lo tanto, involucrar a todos los que asisten al mismo. El Concilio Vaticano II, en la constitución sobre la sagrada liturgia corroboró este principio al afirmar que la "Iglesia desea ardientemente la participación plena, consciente y activa de todos los fieles en las celebraciones litúrgicas" (nº14).

Características del acto litúrgico
El acto litúrgico no es una colección casual de actos diversos. Hay una relación integral entre sus partes. Es un todo con una unidad cuyo enfoque particular nos invita a contemplar una faceta del fundamental misterio cristiano de Dios en Cristo. El evangelio es el que debe atraer, ante todo, nuestra mirada. Todos los demás aspectos de la liturgia quedarán determinados por relación a él.
Prevalece el error de que la duración le confiere a un servicio cierta importancia. Cuanto más largo más importante. La duración no es una garantía de la efectividad de una solemnidad. El problema de la excesiva duración es debido, a veces, a que dos grupos diferentes planifican el servicio. El liturgista Marion Hatchett afirma que una eucaristía normal (dominical) no debe durar más de una hora.

La imposición de las manos
Los especialistas están de acuerdo en que el acto de imponer las manos fue el primero usado por el que presidía la eucaristía, con la invocación del Espíritu Santo. Este gesto se puede aceptar como básico para todos los sacramentos. En el acto de reconciliación se imponen las manos, en el bautismo, en la bendición de la pareja en el matrimonio, en la unción de los enfermos. Todas estas imposiciones adquieren su significado especial por el contexto en que se celebran.
Cranmer en 1550 dio centralidad a la imposición de las manos en los ritos de ordenación. Pio XII (1876-1958) también determinó que la imposición de las manos es el acto primario, en la ordenación. La iglesia católica después del Concilio Vaticano II ha reconocido y mejorado esta doctrina de la invocación del Espíritu Santo bajo el rito de imponer las manos.

¿Qué es lo fundamental en la eucaristía?
Con la reforma del Movimiento de Oxford y la aceptación de ciertos ritos romanos, el anglicanismo dio pasos atrás, casi al medievo. En el momento de la consagración: elevar los elementos, inclinarse hacia el altar y tocarlo con los codos para pronunciar las palabras de la institución en tono diferente, hacer una genuflexión, sonar las campanillas, estos gestos que antes no se practicaban, ahora fueron aceptados. Este modelo ha influido en prácticas anglicanas, incluso en aquellas no consideradas como anglo-católicas.
Una plegaria eucarística conocida como Anáfora Addai y Mari y que ha sido utilizada por los cristianos sirios desde tiempos primitivos, no incluye las palabras de institución. Las congregaciones romanas y el papa Juan Pablo II han afirmado su validez. Así mismo el liturgista Louis Ligier habla de cuatro oraciones "de extremada brevedad y sencillez" que no incluyen las palabras de institución.
¿Se han de tocar los elementos durante las palabras de institución? Modernamente han surgido voces que afirman que durante varios siglos la persona que presidía no hacía nada más que proclamar la eucaristía. En la comunidad benedictina de monjas de West Malling, cerca de Canterbury, el que preside no toca los elementos. Está con las manos en posición de orante durante toda la eucaristía, sin hacer nada más.

Otros puntos
Las palabras significan lo que dicen. Por ejemplo: diácono. En las Iglesias ortodoxa y romana, está prohibido que un obispo o sacerdote se vista como diácono. En la episcopal eso sucede algunas veces.
Cranmer suprimió el subdiaconado como una orden menor y recobró el sentido patrístico de las órdenes mayores: obispo, sacerdote, diácono. Rechazó la idea medieval de que el sacerdocio es la orden primaria del ministerio y el obispo no era más que un sacerdote. (Esto fue un acto genial, como tantos otros de Cranmer). La iglesia católica recobró esto con el papa Pío XII. En la práctica actual a un sacerdote asistente no se le puede llamar "diácono". Énfasis equivocado. Algunos ministros creen que hay que añadir palabras en algunos momentos. Por ejemplo: "El evangelio del Señor", con frecuencia se cambia por "Este es el evangelio del Señor". En ese caso "este" puede interpretarse como el libro. Lo cual no es correcto. "Este es el libro que contiene los evangelios". En otras palabras no se debe añadir "este". Vale lo mismo para la expresión "Este es el cuerpo de Cristo, el pan del cielo". No se debe añadir "este".
En la doxología, al elevar los elementos, no se debe elevar la hostia sobre el cáliz. También se ha de evitar la interrupción para dar el cáliz o la hostia a otro asistente y así llegar al enfático AMEN.

El objetivo de la celebración litúrgica
Los imperativos del evangelio se proclaman no sólo en los ritos litúrgicos y sus símbolos rituales. Esos imperativos, cuando son verdaderamente escuchados y aceptados, se encarnan en la forma en que los cristianos viven sus vidas. Es en nuestra vida diaria donde la autenticidad de nuestra fe cristiana encuentra su prueba esencial. La importancia del acto litúrgico no consiste sólo en la realización de una rutina religiosa, por muy bonita que la rutina puede ser. La importancia se realiza plenamente cuando el acto religioso produce en nosotros el fruto espiritual que significa.
El objetivo común y principal de todas las celebraciones litúrgicas es ofrecer alabanza a Dios y nutrir la fe de los participantes. Tenemos que comprender que el propósito de la liturgia no es el de entretenernos, sino más bien celebrar nuestra fe común y alimentarla. Tenemos que estar atentos para que las adiciones no oculten el propósito principal.
Lo que hacemos en una liturgia particular, debe venir de dentro, no de algún elemento decorativo que aplicamos desde el exterior.
El acto litúrgico es, en su esencia, una cosa muy simple. En un libro que fue tal vez el estudio litúrgico más influyente publicado en todo el siglo XX, el benedictino anglicano Dom Gregory Dix escribió de manera conmovedora sobre esta idea:
El corazón de todo esto es la acción eucarística, algo de una simplicidad absoluta: tomar, bendecir, partir y dar el pan y el vino y el agua, como se realizaron por primera vez con su nuevo significado por un joven Judío antes y después de cenar con sus amigos en la noche antes de morir... Él había dicho a sus amigos que hicieran esto de ahora en adelante con el nuevo significado "de anamnesis" de Él, y lo han hecho siempre desde entonces. Ya no entendemos la eucaristía como una devoción cuasi-privada del sacerdote en la que los laicos pueden observar.
En el pasado, algunos de los que han valorado mucho la liturgia en la vida de la Iglesia y la han entendido como elemento central de la vida de fe, han contribuido involuntariamente a la erosión de su papel en la fe y práctica cristiana al estar más preocupados por su belleza y perfección que por su poder como fuente primaria de unión en Dios. En este sentido, la liturgia no es tanto para que sea admirada como que sea una fuente de gracia en nuestro camino hacia Dios. Nuestra frágil y falible humanidad es transformada por la gracia de Dios y encuentra su más profunda satisfacción en la alabanza.

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