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Tiempo de Adviento

Por Isaías A. Rodríguez

En el mundo cristiano nos encontramos celebrando la estación litúrgica marcada por la esperanza. En términos clásicos se trata de un adviento de una venida, que culminó en el pasado con la llegada de Jesús de Nazaret, el Mesías esperado durante siglos. En este Jesús se cumplieron las profecías mesiánicas. Así se han interpretado las predicciones de los profetas de antiguo, especialmente de Isaías 9, 5, "un niño nos ha nacido", y 61,1 "el Espíritu del Señor está sobre mi", y 11,1-10.

El tiempo de Adviento, pues, celebra esa venida, al paso que tiene orientada la mirada al futuro, a un adviento que manifieste con plenitud el renio de Dios predicado por Jesús. Ese reinado, según la mente de Jesús, se encuentra ya entre nosotros los humanos, pero debemos llevarlo a plenitud. De nosotros depende el que los ciegos vean, los cojos anden, y los hambrientos no pasen hambre. En otras palabras, un mundo en el que desaparezcan las injusticias y reinen la misericordia y la compasión, coronadas por el amor.

Así, el Adviento tiene miras de pasado y de futuro. El pasado lo recordamos con una celebración que culmina en la Navidad; el futuro lo visualizamos con un esfuerzo esperanzador de acabar con el sufrimiento en la tierra, que culmine con el gozo eterno en el más allá, que llamamos cielo.

Según van las cosas, a pesar de todos terribles males que todavía sufrimos los humanos, infligidos por nosotros mismos, el futuro se presenta halagüeño, si confiamos en el progreso de la ciencia. Con todo, hemos de estar seguros, que ningún adelanto humano colmará plenamente todas nuestras profundas aspiraciones.

El tiempo de Adviento también da inicio, en el ambiente eclesiástico, al llamado "misterio de salvación" que recordamos y celebramos litúrgicamente durante un año. ¿En qué consiste? Sería hacer memoria y meditación sobre todo lo que Dios ha hecho por el género humano. Este misterio de salvación, como la misma frase indica, implicaría que en el pasado aconteció algo de lo que tenemos que ser salvos, rescatados.

Pero yo quisiera invitar al lector a verlo bajo otra perspectiva. Hace billones de años, cuando no existía nada de lo que hoy podemos observar, sí existía Dios. Un Dios del que no cesamos de hablar, pero cuya naturaleza nos resulta insondable. Ese Dios misterioso, en un acto de infinita y bondadosa generosidad decidió crear el inmenso universo, y en él al género humano para hacernos partícipes de la infinita abundancia de su amor. Esa parece, a todas luces, haber sido su intencionalidad.

Un Dios que nos crea con infinito amor, que nos mantiene en el ser -y nos excluye de la nada- a pesar de nuestros errores y torpezas. Ese Dios amoroso, sigue amándonos a pesar de todas nuestras infidelidades. Como un padre sigue amando a su hijo aunque este no responda a sus expectativas. Si así nos portamos los humanos, ¿qué no hemos de esperar de un Dios que nos creó exclusivamente para que gozáramos de él?

Por todo ello, debiéramos de hablar y celebrar, no el misterio de salvación, sino el misterio amoroso de Dios hacia la humanidad.