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El Turismo al Borde de lo Imposible

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Por Isaías A. Rodríguez

La explosión humana, con siete mil millones de habitantes actualmente, está originando una estampida turística al borde de lo imposible. Cuatro millones de personas se trasladan diariamente en avión a cualquier rincón del planeta. En las ciudades más importantes, auténticas muchedumbres pululan por las calles, convirtiéndose ese fenómeno en algo que de por sí ya es tema de curiosidad y de asombro. Van y vienen, se detienen, toman fotos, chupan helados, comen bocadillos, o estudian carteles que anuncian el menú del día. Destacan chinos, japoneses y todo tipo de asiáticos. Definitivamente invadirán el mundo.

Recientemente decidí embarcarme en una de esas excursiones turísticas. La primera en muchos años. Formábamos un grupo de treinta y cinco personas. El tour recorría el corazón de Europa. Empezando en Alemania seguimos por Austria, Suiza, Italia, Francia, Bélgica y Holanda, un maratón agotador a realizar en catorce días intensivos. Un turismo a vista de pájaro, un turismo, si se quiere, superficial, pues a la carrera no se pueden contemplar detalles. La experiencia mereció la pena, una vez en la vida, mas no para repetirla.

Mereció la pena porque uno observa la variedad de la belleza de la naturaleza puesta por Dios en la creación. De Alemania se nos dijo que estábamos en el sur del país, que es montañoso, en oposición al norte que es llano. Pasamos y paramos en ciudades tan bellas como Heidelberg, Rothenburg, Bobingen, Adelsried y Munich, esta última la tercera más importante en Alemania. Lo que más llama la atención, es la limpieza y el orden. No pude ver un papel en el suelo. Los tres primeros pueblos son de postal, perfectos, todo terminado hasta el último detalle.

Del paisaje alemán entramos en el más montañoso de Austria, con cumbres empinadas tocando las nubes. Llegamos a la ciudad imperial de Innsbruck. El ochenta por ciento de esta ciudad fue bombardeada durante la segunda guerra mundial, pero hoy apenas se notan las huellas del desastre bélico. En esta zona del país, era necesario ver de lejos los muchos palacios que Luis II de Bavaria mandó construir, y de cerca el suyo residencial, edificado diminutamente a imitación del de Versalles, por ser gran admirador del rey francés Luis XIV, "el rey sol". Nos fuimos de Austria con el buen sabor de un espectáculo tirolés.

Espectáculo inesperado nos ofrecieron las cimas Dolomitas de la cadena montañosa de los Alpes al norte de Italia. Montañas rocosas, peladas y asombrosas, que la Unesco ha incluido en la lista de patrimonio de la humanidad. La ciudad Lago Garda fue la primera oportunidad de refrescar un italiano ya perdido en el subconsciente. Allí comí espagueti puro italiano. Pero íbamos camino de Verona y Venecia. Verona, "la pequeña Roma", -se nos dijo. Difícil de creer y de aceptar, si no es por el coliseo, parte todavía en pie, y el resto reconstruido para conciertos. Mas aquí, la mayor atracción la ofrecía el balcón de los amantes Romeo y Julieta. Las muchas cartas de amantes pegadas a la pared, y en espera de respuesta, era el lugar preferido para tomar instantáneas para el recuerdo. Lugar hecho famoso por la película "Cartas a Julia". De Venecia, podríamos decir que fue realmente "Muerte en Venecia". Día encapotado y lluvioso; a duras penas pudimos entrar en la Basílica, donde la asistencia, está controlada a veinte minutos, por el peligro que supone el inmenso peso de la presencia de turistas. La Basílica se hunde y también Venecia. Pero Venecia es mucho más que la plaza de San Marcos, y el turista moderno de masa no lo ve.

Y llegar a Suiza, es como hacerlo al cielo. Alturas inmensas, traspasando las nubes, cimas blanqueadas por remates de nieve. Poblaciones extendidas como puntos luminosos por las laderas de las verdes cordilleras. Paisaje que recuerda mucho al norte de España. Lugano y Lucerne eran nuestros destinos. Ciudades de copete, para ricos y famosos. Lugano, ciudad de millonarios. En Lucerne vivieron y estuvieron, artistas como, Charles Chaplin y Audrey Hepburn; presidentes como Ronald Reagan y Jimmy Carter, y una lista larga de pintores y otros famosos, cuyos nombras no hace falta aquí nombrar. También aquí verás relojes por todas partes, algunos cerca del medio millón de dólares.

De Suiza a Francia. País de pensadores y revolucionarios. País que dio pie a las revoluciones en gran cantidad de países "colonizados". País de Napoleón. País de gente educada, pero, a veces, demasiado orgullosa. En Besancon, un francés insolente lanzó este agravio a unas damas americanas: "Si no saben francés salgan de Francia". A semejante petulante había que dispararle: "Oiga, nosotros, los americanos, les hemos rescatado, en dos ocasiones, de las fauces del infierno, ¡recuérdenlo!".

Llegamos a París, la ciudad de las luces, con cielo cubierto de nubes. Tráfico insufrible. Atascados, y admirando por las ventanillas los bellos e históricos monumentos. ¡Para qué citar la retahíla de famosos monumentos! Los vimos, desde el coche, a pie y desde el Sena, navegando.

Continuamos a Holanda, país diminuto que sigue robando terreno al mar. Prueba de que la mayor riqueza de los pueblos la constituye el ser humano, hacendoso, estudioso y dinámico. País enano, pero rico. Un paseo en autobús nos muestra la Gran Holanda -con sus molinos-, hasta alcanzar Ámsterdam, la Venecia del norte. Museos, canales, edificios históricos, inclinados, gemelos, de metro y medio de ancho uno de ellos, edificios de todo tipo se observan desde el barco turístico que surca las aguas.

Y de regreso a Alemania para la última golosina turística, un viaje por el gran río Rin. Solamente una fracción del mismo. Se ven castillos, palacios, típicas ciudades y el cultivo de viñedos en las empinadas y arriesgadas laderas del caudal.

En esta correría turística el viajero ha de mantenerse alerta constantemente, porque nunca más acertado el dicho de Plauto, y popularizado por el filósofo Hobbes, de que "el hombre es lobo para el hombre". El turista, incluso el más precavido, no dejará de llevarse un susto de toda clase de comerciantes que están dispuestos a devorarle a uno de cualquier manera. Veamos, sin entrar en ulteriores descripciones, algunos precios: en el aeropuerto de N. York, una cerveza 8 dólares, una botella de agua 4.50; en Suiza cafés a 4 euros, y una ensalada limpia, sin ningún tropiezo alguno de carne o pescado 27 euros; en Venecia, una soda 5.50 euros; en París un pastel saboreado de pie 5 euros, pero sentado asciende a 15. Estos son algunos de los más destacados sobresaltos que ha de afrontar todo turista. Y, por si usted decide visitar Alemania, Austria y Suiza, vaya cargado de monedas, por si el cuerpo le urge hacer sus necesidades. De lo contario no podrá. ¡Esté seguro, le costará de uno a dos euros por hacer sus necesidades! ¡No hay escapatoria!

Querido amigo lector, cuántas veces me acorde de la sabiduría del Fray Luís de León cuando escribió: ¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido!

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