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Notas sobre una peregrinación a la Tierra Santa

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Por Isaías A. Rodríguez

Qué alegría cuando me dijeron: "vamos a la casa del Señor", así cantaba el salmista (s. 122) hace tiempo inmemorable. Así se regocijó mi corazón cuando supe que iría a la casa del Señor. Es para todo cristiano una bendición el poner los pies en la Tierra Santa que pisó Jesús, el Nazareno.

Aterrizamos en Tel Aviv, ciudad bíblica mencionada por Ezequiel. La primera impresión fue de orden, limpieza y juventud. Ciudad nueva, y de predominancia judía. De ahí pasamos a Jaffa y Cesárea Marítima, ambas ciudades dotadas de belleza extraordinaria por estar bañadas por el mar Mediterráneo.

Pero es necesario dar marcha atrás. El país de Israel (y Palestina), de tiempo sin fecha en el pasado, ha sido cruce de caminos y culturas, pueblos y razas, que han dejado su legado al caminar por él. La cultura más destacada, se debió al impulso helenizador dado por Alejandro Magno en el imperio griego por él conquistado. Esa cultura enseñó al mundo a pensar y a vivir democráticamente, a mantener un equilibrio entre cuerpo y espíritu, y sobre todo, a degustar la belleza en el arte, la escultura, y la arquitectura. Las ciudades vieron erigirse teatros, anfiteatros y templos, todos de belleza extraordinaria. Y ciudades que en Palestina se hallaban encumbradas en colinas descendieron al valle para dar cabida a edificios recreativos y deportivos.

Esta belleza, creada por el ser humano, contribuyó a engrandecer con creces un país dotado de extremada hermosura. Un país de paisaje variopinto con montañas y valles, lagos y mares, tierras fértiles y desérticas.

Así, tenemos el caso de Herodes el Grande que antes de que naciera Jesús fue levantando un reino monumental, embelleciendo ciudades como Cesárea Marítima, Tiberíades, Séforis, Masada, el Herodión - palacio fortaleza-, y sobre todo, el templo de Jerusalén, amplísimo de 36 acres, o 18 hectáreas de extensión, donde hoy destaca la Cúpula de la Roca, monumento musulmán edificado en 691. Esto confirmó a Herodes como uno de los grandes constructores de la antigüedad. Sin embargo, ahora lo vimos todo en ruinas con el único recurso de acudir a la imaginación y contemplarlo en su momento de esplendor.

Ahora bien, el peregrino no va a la Tierra Santa a gozar de la belleza creada por el ser humano. El peregrino quiere ver las montañas que Jesús vio, las aguas que en barca surcó, los caminos que caminó, los desiertos áridos donde meditó, y, principalmente, la ciudad que tanto amó, Jerusalén.

"Ya están pisando nuestros pies, tus umbrales, oh Jerusalén" continúa el salmista. Allá subimos tras haber recorrido Galilea y cruzado Samaría. Ascendimos de noche a la "ciudad compacta" de Jerusalén, a donde, en otros tiempos, subían las tribus del Señor.

¡Cuán bella tuvo que ser en tiempos de Jesús esta ciudad santa! Pero en ella, apenas hubo paz y sosiego en tiempo alguno. Así que el salmista ruega, "oren por la paz de Jerusalén". Y hoy más que nunca esta ciudad malherida y maltratada por romanos, musulmanes y cruzados, necesita nuestra oración.

En el Huerto de los Olivos, donde Jesús sudó sangre, también nosotros, los peregrinos, oramos y contemplamos frente a nosotros la eterna ciudad, dividida hoy en cuatro partes, porque la locura humana la ha seccionado para mantener una paz artificial.

La historia de este pueblo comenzó cuando Abrahán, por mandato divino, abandonó su tierra y se fue a la prometida, donde se estableció y, consigo mismo, dio inicio a una serie de patriarcas, Isaac y Jacob, de líderes Moisés y Josué, de reyes Saúl, David y Salomón, de profetas mayores Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, y una lista de otros doce menores. Todos ellos pasaron, en flashback, por nuestra memoria.

Los peregrinos comimos en las ciudades bíblicas de Belén y Jericó. Esta, nos aseguraron, es la ciudad más antigua del mundo, por lo menos, del Medio Oriente. Sin embargo, fue el desplome de las murallas ante el estrepitoso sonido de las trompetas de Josué, lo que nos vino a la memoria. Y más recientemente, nos señalaron el sicómoro al que se encaramó Zaqueo, por su diminuta estatura, para ver a Jesús pasar a él cercano. Hoy Jericó es una ciudad sin personalidad y muy sucia.

En Cafarnaúm, nos sentamos en la sinagoga erigida sobre la que en otro tiempo probablemente enseñara Jesús, a escuchar ahora a nuestro erudito guía Sam. A los pocos pasos, nos aseguró él, se encontraba la casa de Pedro y su familia. Ahí residía Jesús siempre que se hallaba por esos lares.

Otros sitios visitados: los Altos del Golán, Mejido, Cesárea de Filipo, la Iglesia de la Anunciación, la del Jardín de Getsemaní, el Monte de las Bienaventuranzas, el de la Transfiguración, Masada, Qumrán, el Mar Muerto, la Iglesia del Canto del Gallo, la Vía Dolorosa que nos condujo al Santo Sepulcro etc. Para mí, carmelita de corazón, fue emotiva la visita al Monte Carmelo, origen de la Orden del Carmen, y que asumió el espíritu del profeta Elías, quien en franca contienda venció a los 450 profetas de Baal, con la ayuda de fuego celestial...

En fin, ¿qué pensar de estos lugares santos donde se nos dice que vivió, enseñó y predicó Jesús? Hay que recordar que fue la madre del emperador Constantino, Helena, la que en el siglo cuarto construyó iglesias monumentales en estos sitios. Luego, muchas fueron destruidas por el fanatismo musulmán y más tarde reedificadas por los cruzados. Hoy no es posible determinar el punto exacto histórico de los mismos, pero sí cierta aproximación.

El viaje fue una auténtica peregrinación, con tiempo para rezar y reflexionar, al son de las pausadas y realistas meditaciones dirigidas por el padre David Roseberry, guía espiritual del grupo. Celebramos tres eucaristías: en el lago de Galilea, en el Jardín de Getsemaní, y en el desierto de las tentaciones, incluso renovamos las promesas bautismales y realizamos dos bautizos en el río Jordán.

Estrella destacada de todo el trayecto fue sin duda el guía Samuel Macarios. Sam, árabe cristiano, conoce la Biblia al detalle y la historia de este país. Habla árabe, hebreo, arameo, inglés y español, así nos ilustraba con el origen de ciertas palabras técnicas. La pasión con que nos enseñaba le brotaba del corazón. Se conquistó toda nuestra admiración.

Recomendamos esta peregrinación a toda persona que quiera profundidad en el conocimiento de la Biblia, y especialmente en amor a Jesús. Sin duda alguna será beneficiado.

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