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Leonel Blanco
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Hablamos con el padre Leonel Blanco, párroco de la iglesia de Santa María Virgen en la ciudad de Oklahoma.
¿De dónde eres y cómo llegaste a la Iglesia Episcopal?
Leonel Blanco.- Nací en la ciudad de Guatemala. De joven fui invitado a trabajar voluntariamente como maestro en una escuela que la Iglesia Episcopal tenía en la parte norte de mi país (Izabal) a 235 kilómetros de distancia de la capital de Guatemala. No había casa para el maestro; teníamos un rancho de paja, sin ninguna comodidad, pero me llamó la atención el espíritu de servicio de los misioneros que trabajaban allí. No sólo predicaban, sino que servían con mucho amor en un programa religioso-social, llamado Project Life, que daba asistencia médica, agrícola y educativa, a quien lo necesitara. Aquella era la iglesia en la que yo creía y que necesitaba conocer, una iglesia que devolviera el evangelio a los pobres, una iglesia que estuviese no sólo predicando en el púlpito sino en la que el púlpito también fuera al campo. En enero del año 1965 me involucré en esta Iglesia y en octubre de ese mismo año el obispo David Richard de la diócesis de Centro América (la única que existía en aquel entonces para toda América Central), me recibió como miembro.

¿Cuándo te ordenaste sacerdote?
L.B.- Fui ordenado diácono en la catedral de Santiago Apóstol, el 12 de noviembre de 1974, y presbítero el 26 de junio de 1975 por el obispo Anselmo Carral.

¿Dónde ejerciste tu primer ministerio?
L.B.- Lo inicié como diácono en la catedral Episcopal de Guatemala. Luego trabajé en la parte norte de mi país, en el departamento de Izabal, donde tenía seis iglesias a mi cargo; allí fundé dos misiones y construí dos templos que aún siguen funcionando. Es curiosa esta anécdota; había una iglesia "San Miguel y todos los Angeles" que no había tenido sacerdote por más de treinta años. Cuando llegué, funcionaba gracias a la labor de los miembros laicos, usando el Libro de Oración Común en inglés y celebrando la oración matutina todos los domingos. La iglesia se mantuvo por el espíritu misionero que se le habían inyectado. Los miembros tenían guardadas celosamente todas las cosas de la iglesia. El templo era muy rústico por fuera pero muy hermoso por dentro. Lo mantenían orgullosamente y con esmero; ellos mismos, se mantenían bien guiados por un celo pastoral y espiritual que siempre admiré. La experiencia normal es que si no llega el sacerdote, la gente no va al templo, lo cual es lamentable, pero una realidad.

Luego de trabajar cierto tiempo en la ciudad de Guatemala en la iglesia de San Pedro y San Pablo, salí para El Salvador, donde estuve un año y ocho meses, para luego trasladarme a Honduras, donde fui el deán de la catedral y director del programa Fe, alegría y esperanza. Allí ERD (Episcopal Relief and Development), nos aportó el dinero y pudimos construir más de 190 viviendas y un templo que es uno de los más grandes de Centro América, con capacidad para más de mil miembros.

¿Cómo llegaste a Oklahoma?
L.B.- El año 2003 llegué a Oklahoma por invitación del obispo Moody. Cuando me invitó a trabajar en Oklahoma, no sabía dónde se encontraba ese lugar, ni tenía idea de cómo era. Recuerdo que en Los Ángeles alguien me dijo que era un lugar de excesivo calor y de mucho peligro por los tornados; realmente no he visto ninguno.

En Honduras trabajé durante quince años, donde admiré la labor que el obispo Leo Frade realizó allí. Pero después no estuve de acuerdo con el trabajo que desarrollaba el nuevo obispo y pensé que mi actitud no debía entorpecer su labor misionera, así que decidí irme. Yo estaba satisfecho del ministerio que había desarrollado en ese país y puse mi vida en manos de Dios para que él me encontrara un lugar en cualquier parte donde pudiera ejercer el Evangelio. El obispo Moody me abrió las puertas y aquí estamos felices respondiendo a esa confianza.

¿Cuántas nacionalidades están representadas en tu parroquia?
L.B.- El 93% son mexicanos; el resto, salvadoreños, hondureños, guatemaltecos, venezolanos y peruanos.

¿Qué actividades tenéis para seguir creciendo?
L.B.- Un plan de visitas domiciliarias; Cursillos de Cristiandad -que han dado un éxito en el liderazgo de nuestros miembros, que ahora responden positivamente a la labor de evangelización de la iglesia-; encuentros matrimoniales; catequesis para niños; estudios bíblicos. Pero creo que lo que más nos ha dado a conocer es que no pedimos tantas exigencias legales a nuestros miembros; damos una respuesta pastoral-sacramental, ofreciendo oficios de quince años, bautizos a niños o jóvenes, y charlas prematrimoniales a quienes desean casarse por la Iglesia. Damos una respuesta pastoral muy efectiva, permitiendo el diálogo con el sacerdote y buscando tiempo para atender a la gente. En 2005 bautizamos a más de 185 niños y ya casi estamos superando esa cifra este año; cada sábado tenemos dos o tres quinceañeras o quinceañeros. Es importante hacer notar que el año pasado, en su visita pastoral, el obispo recibió a 74 nuevos miembros, un récord para esta Iglesia, y estamos preparando otros tantos para el próximo año. O sea, que nuestros hermanos hispanos han encontrado una iglesia que les responde pastoralmente.

Tenemos una actividad anual en la que los miembros hacen una feria para recolectar fondos para desarrollar programas en la Iglesia; este año recolectamos casi 11,000 dólares. El cambio se debe a que antes era el sacerdote quien dirigía todo, ahora son los miembros de la Iglesia quienes eligen un director o directora de la actividad y ellos mismos se comprometen a trabajar. Hemos demostrado que con actividad y sabiendo delegar podemos tener mayores logros. Tenemos un informador mensual Ándale Amiguito que llega a más de 400 personas y ahora lo mandamos también vía Internet.

¿Cuáles son los mayores problemas que encontráis en vuestro crecimiento?
L.B.- A nuestros miembros hispanos les cuesta ofrendar; eso no nos permite hacer planes para poder desarrollar la construcción de un edificio más amplio.

Nuestra gente pensaba que esta iglesia era la romana. Hemos enfatizado lo que somos y algunos han decidido irse, pero si vieron a esta iglesia como su hogar espiritual, creo que regresarán, como sucedió a muchos que se fueron cuando se cambió de sacerdote. Ahora, con las acciones que han visto están regresando.

Muchos vienen con la idea de asistir sólo los domingos y no tomar responsabilidades; además la ofrenda la dan como limosna y no como un agradecimiento a Dios por lo que recibimos de Él. Estamos buscando mayor compromiso y desarrollo de liderazgo en la Iglesia. Iniciamos un plan de promesas; el año pasado teníamos 11 promesas, ahora hay 58. El año que viene creemos que será mayor la respuesta de nuestros miembros.

En una iglesia con más de trescientos miembros es importante tener un ministro asistente, ya que las exigencias son muchas. Estamos preparando a dos o tres miembros que sienten el llamado para ejercer el ministerio. Es sólo cuestión de tiempo y creo que será muy hermoso ver esos anhelos realizados. Por otra parte, la población hispana en esta ciudad ha aumentado a más de 300,000 y hay que abrir otros campos misioneros tanto en Oklahoma City como en Tulsa y otras ciudades, que nos piden cooperación para abrir ministerios hispanos.

Un grave problema para involucrar a nuestros miembros en actividades es que muchos tienen hasta dos trabajos diarios, lo que no les permite más participación en la iglesia aunque quisieran.

¿Tienes algo que recomendar a todos los que trabajan en este ministerio y se encuentran desalentados?
L.B.- El comienzo de mi ministerio aquí en Oklahoma fue muy desalentador; no fui bien recibido, pero con actividades positivas y una pastoral de credibilidad, se han ido convenciendo de lo que estamos desarrollando; no debemos olvidarnos que somos instrumentos al servicio de Dios. Servirle no es quedarnos parados, callados o huir, es presentarle a los fieles de la iglesia que, como instrumentos suyos, deben responder a las necesidades espirituales. Somos discípulos de Dios; al confiarnos él esta misión, nos da la importancia de servirle a su pueblo. La Iglesia necesita ministros activos y dispuestos a trabajar; necesita lideres que vean la necesidad espiritual de muchos hermanos hispanos, que vienen y no encuentran un lugar donde convivir sana y espiritualmente. Necesitan ver que la Iglesia es un lugar para encontrar otro tipo de vida, donde no seamos indiferentes, ni les veamos como extranjeros o competencia laboral, que podemos hacer de la Iglesia una familia, alabando a Dios y sirviendo a nuestro prójimo, conviviendo como hermanos.

¿Qué problemas has encontrado personalmente en tu ministerio?
L.B.- La barrera idiomática, estoy luchando para que esto no sea un problema. Debemos estudiar inglés y ser ejemplo también para nuestra gente; muy pronto tendremos que responder pastoralmente a nuestros niños, que no hablan español.

También es difícil la soledad pastoral. He tenido que buscar a mis hermanos clérigos en otros estados para comunicarme y convivir. Aquí en Oklahoma soy el único ministro hispano, y cómo me encantaría tener cerca un hermano sacerdote con el que pudiese, compartir, planificar y hacer más profunda una pastoral hacia la población hispana.

El estar lejos de mi familia ha sido muy duro; anhelo los momentos de poder compartir algún día con ellos, mas por la salud de mi esposa no he podido salir por tres años de este país. Esto resulta a veces muy doloroso, pero al ver a mis hermanos de la iglesia, su hermandad y solidaridad me dan aliento y sé que pronto los veré, y, por qué no decirlo, veo a mi familia en cada miembro de la Iglesia de Santa María Virgen.

¿De qué bendiciones puedes dar gracias a Dios?
L.B.- De mi sacerdocio, de mi familia, de la respuesta que él nos dio después de la operación a mi esposa Clara Rosa, que fue a corazón abierto y recibió una valbula mitral. Ahora ya está bien, y trabajando conmigo en el ministerio de los niños. Es una bendición el estar trabajando en esta ciudad de Oklahoma, sirviéndole y desarrollando su obra con mucho éxito pastoral. Además mis compañeros sacerdotes americanos han sido siempre muy especiales, siempre me muestran amabilidad y no me hacen sentir como un extraño.

¿Por qué te gusta la Iglesia Episcopal?
L.B.- Nunca conocí otra Iglesia, la primera Iglesia que conocí fue la episcopal. Cuando Dios me puso en ella me enseñó que era una Iglesia que respondía a su exigencia, reír con los que ríen y llorar con los que lloran. Encontré una Iglesia que me demostró que hay que responder pastoralmente donde podamos; servir y no exigir nada a cambio de lo que damos.

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