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Butch Gamarra
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Siempre que me encuentro con Butch quedo impresionado por su gran humanismo. Y no creo yo que pueda reflejarlo en esta breve reseña. Pero he juzgado imprescindible el dar a conocer a este buen amigo mío que algunas generaciones nuevas no conocen. Su real nombre es Floyd Gamarra. El apodo "Butch" se lo puso su abuela. Y nadie sabe el porqué, aunque haya algunas historias sobre el mismo. Lo cierto es que casi nadie le llama Floyd

Butch recoge en su ser una mezcla de razas de raíz negra, asiática, caucásea y originaria guaymí de Colón, Panamá, de donde procede. Culturalmente es latino, y perfectamente bilingüe.

Cuando tenía diez años, entró en la Iglesia Episcopal en Almirante, el pueblo donde creció. Bautizado en la Iglesia Católica Romana iba a misa todos los domingos, hasta que un día, invitado por un amigo, lo acompañó a su iglesia que era episcopal. Le llamó la atención que el sacerdote, a la salida, saludara a los feligreses por sus nombres. También observó que sabía los nombres de todos los niños. El sacerdote, le saludó, le preguntó su nombre y le dijo que era bienvenido a su iglesia. No regresó a la romana. En la Iglesia Episcopal fue adiestrado como acólito y luego confirmado. Por ahí se encaminó su peregrinaje, hasta llegar al sacerdocio. Logró un Masters en Teología en 1966 en el seminario episcopal del Caribe, en Puerto Rico, donde también fue ayudante del deán encargado del desarrollo y reclutamiento de alumnos (1970-74).

Llegó de misionero a EE.UU. en 1979 a la diócesis de Nueva York, después de trabajar en Puerto Rico y Panamá. Luego sirvió en las diócesis de Nueva York, Pensilvania, y Massachusetts. En esos años se mantuvo activo, tratando de representar a los hispanos en reuniones oficiales donde éstos todavía no tenían representación en la Iglesia Episcopal. Contribuyó decisivamente en la creación de una organización de episcopales latinos conocida con el nombre de CHE. Ello le acarreó algunas críticas que no le inmutaron porque estaba seguro de hacer algo necesario por el pueblo.

Su mayor satisfacción ha sido el ser pastor, durante más de 36 años, en congregaciones urbanas, suburbanas y rurales; sobre todo en congregaciones bilingües, y multiculturales. En ellas siempre se entregó al pueblo dándole preferencias sobre cualquier otro legalismo. En más de una ocasión arriesgó su vida por acercarse y rescatar a jóvenes metidos en pandillas. La justicia y la defensa de los oprimidos ha sido siempre su objetivo principal

En los últimos años de su ministerio, en los Ángeles, fue consejero del obispo en asuntos del ministerio multicultural y especialmente en lo que compete al apostolado hispano/latino, sirviendo además de enlace suyo en comisiones y comités del concilio diocesano.

Entrenó a clérigos y laicos en cuestiones de liderazgo y les ayudó a tener acceso al sistema diocesano. Organizó una serie de actividades mensuales de compañerismo y apoyo mutuo, que facilitaban la colegialidad. Su tarea era fomentar la colaboración y comunicación entre los grupos étnicos: asiáticos, afro-americanos, afro-caribeños, africanos y latinos. Se organizaban tres conferencias anuales. Dos de capacitación de líderes laicos y clérigos y una para reclutar vocaciones y clérigos de color.

También se publicaba material litúrgico, didáctico y pastoral. Se produjo un CD con el Libro de Oración Común, y otros leccionarios litúrgicos. Además el Evangeliario que se ha usado en muchas congregaciones. Tanto, la oficina de Nueva York como las provincias VIII y IX, la región de América Central, México, el Caribe y la Iglesia Reformada de España, ha usados esos recursos.

En su opinión la mejor manera en que un sacerdote a puede servir al pueblo es como líder espiritual. Ojalá que cada congregación latina tuviera los recursos para ejercer el ministerio en forma de equipo. "A menudo, dice, el sacerdote de una misión es el único asalariado; pero muchas veces sirve además como trabajador social, traductor, abogado, chófer, etc. Por ello, es importante capacitar a líderes laicos para que compartan el trabajo pastoral".

En su vida espiritual asegura que: "Jesucristo no sólo es mi Señor y salvador, es mi mejor y más íntimo amigo, mi confidente total. Lo es todo para mí, mi modelo, mi inspiración, mi
fortaleza, mi guía y mi hermano que me anima y me sostiene. Lo que toca mi espíritu es el estar totalmente consciente de la incondicionalidad del amor y compasión de Jesús por nosotros".

En su opinión la Iglesia episcopal respeta la dignidad y conciencia de cada cual; y, a pesar de sus imperfecciones, se esfuerza por ser una institución justa y democrática, dedicada al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

En la actualidad (2009) todavía trabaja a tiempo parcial en la Iglesia Episcopal de Santa María en Los Ángeles, una congregación multicultural, japonesa americana. También es miembro del Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal y forma parte de la Mesa Directiva de la recientemente formada Coalición de Episcopales Latinos.

Por Isaías A. Rodriguez

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