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El Dilema del vivir
Reflexiones sobre el libro del padre Alberto Cutié
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Por Isaías A. Rodríguez

Hace más de un año le envié al padre Alberto Cutié, mi libro Introducción a la mística de San Juan de la Cruz; él, a su vez, me prometió el suyo Dilema, la lucha de un sacerdote entre su fe y el amor. Por fin, después de mucho esperar, me llegó el libro, ahora, a finales de abril de 2012. Decía santa Teresa que "la paciencia todo lo alcanza".

Cuando lo vi me dio miedo meterme en una lectura de 352 páginas. "Ahora no tengo tiempo yo para leer esto", pensé. Movido por la curiosidad me adentré en el prefacio, luego seguí por el capitulo primero y no lo dejé hasta leídos los catorce siguientes, incluido el epílogo. Sin parar. Lo leí de corrida y reflexionando con Alberto a medida que leía. Sus páginas me recordaban mi libro Yo creo en el amor, publicado en España en l974, por la prestigiosa editorial Desclée de Brower. Aunque se publicaron tres ediciones, pasó sin pena ni gloria, porque a España le iban a embargar por entonces acontecimientos mucho más transcendentes que mis cuitas y quejas hacia la institución eclesial. Yo, como el padre Alberto, lleno de ilusión, idealismo y mucho amor, no podía encajar en un sistema que continúa a la espera de muchas mejoras.

Da la sensación de que Alberto escribe el libro de un tirón, más con el corazón que con la mente. Con un lenguaje llano, popular, sencillo, en el que caben expresiones irregulares e incluso cierto spanglish. Nos viene a la mente el abuelito sentado al calor del hogar contando la historia de su vida a nietos e hijos por igual. Y los vemos a todos embebidos escuchando las anécdotas, historias, dichos, cuentos, y observamos que el abuelo se repite y se repite, pero no abandonamos su presencia porque de vez en cuando nos asalta con algo nuevo. Son tantas las experiencias anecdóticas que Dilema nos trae a colación que se asemeja a una amena antología casuística.

Su escritura apasionada nos descubre el dolor y el amor, gran amor, que anida en el corazón del padre Cutié. Los casos que nos cuenta, muchos desgarradores, nos obligan a empatizar con nuestro buen amigo. Y uno no puede menos de asentir y darle la razón en la mayoría de lo que dice. No en todo, porque cuando se habla cien por cien con el corazón en la mano, se corre el peligro de caer en contradicciones que el corazón no ve.

Hace unos días leía yo un artículo interesante en el que el autor defendía la tesis de que si la Iglesia hubiera adoptado el sistema griego en vez del romano, sería más humana y sensible, a semejanza de cómo se conduce Jesucristo en el evangelio. Mas el asombro consiste en que en los albores del cristianismo el sistema adoptado era democrático. El pueblo elegía a sus representantes, "diáconos, sacerdotes, obispos". Y tenían familias. Para san Pablo el casarse era algo tan indispensable como el comer y beber: "¿Por ventura no tenemos derecho a comer y beber? ¿No tenemos derecho a acompañarnos de una esposa cristiana como los demás apóstoles, los hermanos del Señor y Cefas?" (1Cor 9, 4-5). También había mujeres ministros. Pero todo eso empezó a desparecer a medida que la Iglesia era absorbida por el Imperio Romano. O a la inversa, a medida que los dirigentes eclesiásticos empezaron a adoptar la cultura romana como sistema esencial de funcionamiento. Y con lo bueno, entró todo lo malo. ¿Quién no sabe que los romanos gobernaron con mano dura? ¿Quién no sabe que el Imperio Romano se extendió y duró tanto porque entre ellos no existía la compasión si te apartabas en un ápice de los dictámenes del emperador, que era Dios, Sumux Pontifex, a quien todos debían adorar?

Todo eso fue asumido por la institución eclesial: la inflexibilidad legal y de gobierno, la condena y la tortura, la parafernalia, los títulos, los honores, la sospecha, la hipocresía, la ambición. Los papas ya no serían solamente pontífices locales sino "universales". Todo el universo caía y cae bajo su mando y liderazgo. ¿Qué lector, que lea esto, puede imaginarse a Jesucristo vestido del atuendo papal e investido de tanto poder?

Aquella tarde, camino de Cafarnaúm, en que los discípulos de Jesús mantuvieron una acalorada discusión sobre quién llevaría las riendas del poder en el reinado del maestro, Jesús les amonestó con un consejo paradójico: "Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos" (Mc 9, 35).

Al concluir la lectura de Dilema pensé que ojalá se pudiera difundir gratuitamente para que todo católico romano lo leyera. Y no es que Alberto, yo y todos los hermanos exiliados, no amemos a la Iglesia Católica - y seguimos en ella - al revés, la amamos tanto que quisiéramos que en ella se imitara más a Jesús. Al final, también pensaba en la inmensa bondad de Dios, que observa cómo nos comportamos los humanos ¡tan ciegamente! y nos olvidamos de su amor, que está ahí, siempre a nuestra espera.

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