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El Caminar Humano
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por Isaias A. Rodríguez

En el caminar humano que es la vida vamos trazando un camino con mezcla de destino y esfuerzo propio. Desde que salimos despedidos del útero materno nos vemos impelidos, por fuerza existencial, a ir adelante. Nos hacemos niños, jóvenes, maduros, ancianos y al final nos vamos.

En las primeras etapas de la vida estamos sujetos a la madre tierra, al contorno inmediato que nos rodea; no hay horizonte lejano. En las últimas, nuestro mirar se clava en el más allá. Estas posturas vitales determinan, en definitiva, nuestro andar.

El niño vive en el presente. No hay pasado ni futuro. Su estar en la vida se caracteriza por una buena dosis de dependencia. Mas, si el niño ha de llegar a ser persona madura debe desligarse paulatinamente del contorno. Tarea difícil ya que el hacer del niño es jugar, amarrarse a lo cómodo, y revelarse contra toda independencia que suponga riesgo y responsabilidad. En estos primeros años pesa más el ambiente que la decisión propia.



Como la vida no para, el niño se hace joven y ahora sí, protesta, sueña, idealiza, tiene prisa, desea romper, de una vez, todas las ataduras que todavía lo amarran al presente y al contorno. El joven lucha denodadamente contra el destino que ejerce fuerza poderosa sobre él. Con todo, es este momento de la vida el que determina de manera más fulminante lo que el futuro nos depara. En los años maduros tendemos una mirada de satisfacción a los esfuerzos realizados, o de amargura por el tiempo perdido, en esa época.

La madurez llega y nos vemos navegando en alta mar. Hemos de atracar en un puerto. Con un bagaje ya muy personal nos enfrentamos a un navegar favorable o adverso. En el primer caso, la nave vuela a toda vela y el capitán contento con un destino propicio. Con un mar hostil, el capitán ha de concentrar todas sus fuerzas para sobreponerse a un destino contrario. Es este navegar por alta mar un continuo forcejeo entre tiempo favorable y adverso.

En un buen orden psicológico, lo decisivo no es la suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser: el apetito, el afán, la ilusión, el deseo. Nuestra vida, queramos o no, es en su esencia misma futurismo", así se expresó Ortega y Gasset. Esos ingredientes son necesarios para que el caminar no se detenga. Sin una ilusión de vivir, el caminante puede interrumpir de repente el avanzar de su vida hacia la etapa última y definitiva que es la ancianidad.

El anciano se ve abocado hacia la muerte. Esta se convierte en el horizonte de su vida. Dondequiera que mire allí está ella, impertérrita, esperando la llegada. Sin un deseo fuerte de vivir, la sombra de la muerte pudiera convertirse en un estorbo que malograra las alegrías y los goces de nuestros últimos años. De nuevo aquí, hemos de enfrentarnos al destino con tal gentileza que hagamos de él un noble concluir.

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