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El individualismo, cáncer americano
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Por Isaías A. Rodríguez

El cáncer que tortura a la sociedad americana es el individualismo. Tan obvio está resultando este mal que Hillary Rodham Clinton, siendo primera dama de la nación (en los años noventa), se vio obligada a declarar en un discurso que esta sociedad padece de "excesivo individualismo" y la consecuencia inmediata -dijo- es una exigencia de "derechos sin responsabilidades".

Efectivamente, incluso al recién llegado ilegal a este país, agencias sociales le ofrecen largas listas con títulos como éstos: "conoce tus derechos", "éstos son tus derechos", pero nadie presenta documentos paralelos con responsabilidades. Tal incongruencia es fruto del excesivo individualismo. Se habla de que la mayor enfermedad americana es la posesión de armas, mas ésta es solamente un producto del exagerado individualismo.

El individualismo, como doctrina, se originó en Inglaterra con las ideas utilitarias de Jeremías Bentham (1748-1832), y con el liberalismo del "laissez-faire" de Adam Smith (1723-1790), sin embargo, fue el francés Alexis de Tocqueville (1805-1856) quien acuñó el término para la posteridad.

El individualismo, tanto en la política como en la filosofía, centra su interés en el individuo. Éste está dotado de máxima libertad y el dinamismo de toda su actividad gira en torno a sí mismo. Todos los derechos, valores y obligaciones se originan en el individuo y éste es la suprema medida de todos ellos. La persona -según esta doctrina- es el mejor juez de sus propios intereses. Acentúa la confianza en sí mismo, en la independencia y en la vida privada; por otra parte, se opone a toda autoridad y a cualquier control sobre el individuo. El extremo radical del individualismo sería la anarquía.

En esta sociedad reina el principio de "sálvese quien pueda"; ya no cuenta aquello de "uno por todos y todos por uno", sino que cada uno ha de mirar por sí mismo. Y, como el individuo es la suprema norma del obrar , todo le está permitido: el engaño, la mentira, el robo, el desfalco, el asalto, el asesinato, la violación, el abuso de niños, y, en una palabra, todo aquello que conduzca a una gratificación personal, mal entendida. Todo está permitido, porque "yo" soy la medida de todo.

Tal espíritu reina a todos los niveles. En la familia conduce a la desintegración de la misma; la diversión y la comida, por ejemplo, antes de fomentar la unión familiar la pulverizan, pues cada uno ha de satisfacer sus gustos recreativos y gastronómicos. Los esposos, al par que progresan en sus carreras, se distancian más de la unidad matrimonial ya que ninguno de los dos ha de ceder si es fiel a sus principios egoístas.

Con el individualismo como imperativo social no es difícil comprender cómo cualquier proyecto comunitario es prácticamente imposible. Baste mencionar el embellecimiento de una ciudad con parques, plazas, fuentes, estatuas, avenidas, etc. Tales proyectos caen fuera del ámbito egoísta individual y carecen de toda utilidad. Y, sin embargo, esa carencia de urbanismo estético contribuye a incrementar la visión utilitaria y materialista de la vida.

Dejemos para el lector la tarea de enumerar la larga lista de ejemplos de individualismo exacerbado. Permitidme que, como símbolo de todos ellos, os recuerde el más trivial. Me refiero a esas máquinas sopladoras que usan para limpiar fincas y jardines. La fuerza del viento, cual pequeño huracán, arrastra hierba, hojas, papeles, polvo, basura y todo lo que encuentra por delante. ¿Creéis que lo acumulan en un rincón para luego recogerlo y tirarlo? No, eso implicaría mucho trabajo. Es más fácil soplarlo todo al bien común, es decir, a la calle, a la carretera, al parque público, al vecino, a la propiedad contigua. Y todo eso se hace con el mayor aplomo del mundo. Pasas por la acera y ahí te envían un aluvión de basura. Y es que para el individualismo los demás no existen. Solamente existe el "yo", el "individuo".

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