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Sobre el legalismo
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Por Isaías A. Rodríguez

Una extraña historia

Unas maestras de nuestra escuela dominical asistieron a un taller educacional celebrado en Nueva York. Se hospedaron en el mismo hotel en que tenía lugar el encuentro, y un grupo de las asistentes se quedó trabajando hasta altas horas de la noche. Cuando se retiraban a descansar vieron, desde el centro del vestíbulo, cómo se abría uno de los ascensores y aparecía un hombre, ¡totalmente desnudo!, que les hacía señas de que se le acercaran. El ascensor, cubierto de espejos por todas las paredes, ofrecía visibilidad de todos y cada uno de los pormenores de aquél cuerpo humano masculino. Las damas estaban asombradas, mas el individuo -persistente - seguía, con gestos desesperados, suplicando que se le acercaran. Éstas, aterrorizadas, obviamente se negaban a sus demandas: no podían comprender lo que estaba sucediendo. El individuo, encasillado en el luminoso ascensor, se mantenía en sus trece. Por fin, el conserje, percatado de la situación, se presentó corriendo a salvar a las maestras de quien parecía un pervertido sexual.

Al día siguiente se conocieron los detalles del incidente. Resultó ser que el buen hombre, habiéndose tomado unas copas de más la noche anterior, y sintiendo necesidad de vaciar su vejiga, había saltado de la cama, medio dormido, y en vez de abrir la puerta del bañó lo que abrió fue la puerta que daba al pasillo; cuando salió la puerta se cerró automáticamente tras él. Al verse desnudo en el pasillo, desolado, se despertó. ¿Qué hacer? ¿Cómo llamar en otras puertas? Sería mucho peor. No quedaba otra solución que bajar y pedir auxilio. Y así lo hizo.

Pero la historia no termina aquí, ya que -según se supo- el mismo conserje, al conducirle a la habitación 302, creó el mayor problema de todos. El conserje se dirigió al turista: "No puedo abrir la habitación sin la documentación apropiada, ¿tiene algún documento con usted?". El desnudo le contesta: "Pero, ¿no ve cómo estoy?" El conserje: "¡Ah! ¡Pues no puedo abrir la puerta, son reglas del hotel!".

Este ejemplo nos da pie a hablar sobre el legalismo, mal que ha azotado a la humanidad desde que empezó a institucionalizarse. Siempre ha habido gente con mente cuadrada e intransigente, a la hora de aplicar normas y leyes, establecidas para orientar, no para oprimir.

Jesús, durante su vida, tuvo que luchar arduamente contra tanta terquedad y, en cierto modo, perdió la batalla. No se cansó de repetir que "el sábado se instituyó para el ser humano, no éste para el sábado". ¡Sermón perdido! Muestra excelente de su aversión al legalismo la ofrece todo el capítulo 23 del Evangelio de Mateo. En él denuncia la vacuidad y superficialidad de los escribas y fariseos. Emplea palabras fuertes, duras, tremendas. ¡Y con razón! Véase porqué: Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas (Mateo 23,4). Tanto entonces como hoy, para el poderoso esas leyes no cuentan. Con "mordidas", "enchufes" y toda una serie de estratagemas se pueden saltar unas normas, que quedan así, para el pobre infeliz.

Con sentido común

El enfoque que Jesús dio a la condición humana nos ha confortado a quienes vemos la vida con perspectiva semejante a la suya. Esa perspectiva se describe con términos de compasión, flexibilidad y sentido común.

La Iglesia, como institución, al defender "las verdades institucionales, y no las del evangelio" se mantuvo en un legalismo intransigente que envió, a través de la historia, a cientos de personas a la hoguera y al infierno -y no fue sólo la inquisición española, sino también la que reinó en todos los países europeos bajo la égida de la religión -. (Y aún hay denominaciones cristianas que siguen fieles a un legalismo por demás extraño).

Yo me pregunto si todos esos legisladores de miles de preceptos paralizadores del espíritu humano habrán leído el evangelio. ¿Cuántas veces Jesús exigió actas de nacimiento, de bautismo, de primera comunión, de confirmación, de inscripción en su movimiento (parroquia) para poder casarse? ¿Cuántas? Le vemos en las bodas de Caná de Galilea actuando de una manera asombrosa, cuando en lugar de exigir documentos y requisitos, se lanza a transformar el agua de siete tinajas en vino. Por tal acto hoy sería condenado en ciertos lugares.

Jesús admitía a todo el mundo, ya fueran judíos, griegos, romanos, sirios; todos eran bien recibidos sin peros o pesquisas. Y decía, si "tienes fe, eres de los míos", "si amas, eres de los míos".

También podemos preguntarnos, ¿que habrá hecho Dios con los miles de millones de cristianos que quebrantaron leyes totalmente ridículas? ¿Habrá Dios seguido los dictámenes de la institución religiosa que condenó a esos desobedientes o se habrá dejado llevar de su inmensa compasión? Cuando esos tiranos legalistas traspasen el umbral del cielo, ¿qué harán al ver al Dios omnipotente rodeado de violadores de estatutos?

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