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La historia de San Miguelito (México)
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Por Williard F. Jabusch (traducido y editado por Isaías A. Rodríguez)

El Templo de San Miguelito en la ciudad de San Luis de Potosí

La historia de San Miguelito es parecida a la de otros muchos lugares en México, América Central y América del Sur. En el siglo XVI dos frailes se las arreglaron para llegar a este remoto lugar en las montañas. Se quedaron para evangelizar y catequizar a los nativos. En poco tiempo San Miguelito pudo edificar una magnífica iglesia de estilo barroco y vivir con devoción su fe. Los frailes bautizaban, celebraban diariamente la misa y administraban el resto de los sacramentos.

Cuando cambió la situación política, los frailes, bajo obediencia, tuvieron que regresar a la ciudad. Sin embargo, una vez al año uno de ellos regresaba a San Miguelito para bautizar, confesar, casar, celebrar la misa y finalmente llevar en procesión por las calles y plazas la estatua del patrón del pueblo. Al final del día, agotado, regresaba a caballo a la ciudad. Con el tiempo este día se convirtió en la fiesta del pueblo celebrada con gran colorido. Pero esto sucedía solamente una vez al año. Cada vez con menos vocaciones al sacerdocio, los franciscanos, no pudieron mantener un misionero en el pueblito.

Un día llegó al pueblito un equipo misionero protestante de Texas. Alquilaron una casa y fueron de puerta en puerta visitando a la gente, haciendo amigos y regalando literatura, especialmente copias del Nuevo Testamento bellamente ilustrado. Puesto que muchos no podían leer, les enseñaron canciones religiosas que repetían constantemente por medio de altavoces.

Sin embargo, este grupo de jóvenes estadounidenses no tenía intención de permanecer en el pueblo. Conocieron a Pablo, un joven inteligente, casado y padre de dos hijos. Sus vecinos reconocían sus cualidades de líder. Pablo con su esposa e hijos fueron los primeros en aceptar la nueva denominación cristiana, leían la Biblia todos los días, y conducían las oraciones e himnos durante el servicio dominical y el estudio bíblico los miércoles por la tarde. El grupo misionero envió a Pablo a un colegio de las Asambleas de Dios en la capital para que cursara unos estudios intensivos en Sagrada Escritura y predicación. Edificaron una capilla sencilla, pero atractiva a las afueras del pueblo. Cuando Pablo regresó con su certificado de estudios bíblicos, fue nombrado pastor.

Así se estableció otra congregación de las Asambleas de Dios, otra entre cientos de ellas por toda América Latina. Con un pastor residente con raíces en la comunidad, educado (pero no demasiado educado), con celo religioso e involucrado en la vida del pueblo, predicando sermones en el dialecto local, no hay que sorprenderse de que pronto creciera una congregación protestante. La próxima vez que regresó el sacerdote católico no es de extrañar que notara falta de interés en su presencia.

Incluso si se hubiera podido encontrar un sacerdote que quisiera vivir en la remota villa de San Miguelito, llegaría como un extraño, un "intelectual" con carrera de seminario y de universidad. Habría leído a Tomás de Aquino y Buenaventura, probablemente a Rahner o Ratzinger. ¿Con quién podrá hablar en el pueblo? ¿Dónde encuentra estímulo intelectual? Sin esposa e hijos, el aburrimiento y la soledad probablemente le conducirán al alcohol, a cometer excentricidades o al sexo. Por otra parte, Pablo está muy bien ajustado en su ambiente. Sus sermones puede que sean simples teológicamente, fundamentalistas e ingenuos, pero sus feligreses le aceptan y está contento.

En Perú y Bolivia, en Guatemala, Brasil y México, donde hay pocos sacerdotes o son arrogantes e indolentes, se repite la historia de San Miguelito. Los obispos de América Latina se reúnen y discuten todo esto, pero se encuentran impotentes a la hora de detener la marcha de conversos hacia el protestantismo evangélico o hacia el mormonismo. Un mormón "anciano" (de 20 años de edad) me dijo que en el sudoeste de Estados Unidos tenían tantas conversiones que carecían de medios para aceptarlas y asimilarlas.

(Este artículo ha sido entresacado de otro más largo, titulado The Vanishing Eucharist escrito por el Jesuita Willard F. Jabush y publicado en la revista América el 12 de mayo de 2003).

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