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¿Por qué sufrimos?
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Desde el albor de la humanidad el ser humano se ha venido cuestionando sobre la razón y el porqué del sufrimiento.

Pregunta agobiante que no ha encontrado respuesta satisfactoria. Pregunta que es mejor ignorar para evitar hundirnos en la aplastante opresión de la angustia.

Sufre el niño, sufre el joven, sufre el adulto y sufre el anciano. Sufre el bueno y sufre el malo. Tremenda realidad de la cual nadie puede escabullirse.

Todo conato de resolver tan tremendo problema ha resultado fallido. Tampoco yo tengo la clave. Mas quiero ofrecer a mis lectores una rápida y breve panorámica de este problema.

En la Biblia, antes de la venida de Cristo, se pensó que el sufrimiento era un castigo divino debido a los pecados. Esta respuesta no resolvía el sufrimiento del justo. En el libro de Job se plantea la cuestión con todo dramatismo. ¡No, el sufrimiento no es debido a nuestros pecados! Jesús opinaba lo mismo.

Podemos preguntarnos. ¿Está en los designios divinos el que el ser humano sufra? ¿Es voluntad divina el que los humanos suframos? Para los griegos era una desgracia el haber nacido porque el ser humano era un "juguete de los dioses". Hoy podemos estar seguros de que el Dios único que existe no nos ha creado para mofarse de nosotros o para jugar con nosotros a su antojo. Dios conoce nuestro sufrimiento y lo permite por una razón incógnita.

La desconocida razón del sufrimiento ha jugado baza importante a favor del ateísmo moderno. Y sobre todo hoy que hemos perdido respeto y fe en el demonio se preguntan los ateos, si el sufrimiento no es provocado por un agente demoníaco, ¿por qué el buen dios creador de que ustedes hablan, permite tanto sufrimiento?

Ante tal encrucijada se han elevado algunas luces de alumbramiento. Se ha dicho: el sufrimiento tiene valores positivos. El dolor sirve de alarma para prevenir mayores males. El dolor fortalece el carácter y crea personas sabias y maduras en la vida. El dolor estimula al amor y a la compasión. El dolor une a los seres humanos. El dolor y el sufrimiento nos redimen, no de una esclavitud demoníaca sino de nosotros mismos, de nuestras perversas inclinaciones.

Los más avisados me dirán que tras todas esas luces siempre hay alguna sombra. Y así es. Todo faro produce luces y sombras. Las razones aludidas contienen mucha sabiduría pero no son la respuesta definitiva.

Ataquemos el problema ahora por otro flanco. ¡Fijáos, queridos lectores, cuántos sufrimientos podríamos evitar, si no fuéramos egoístas, envidiosos, o maliciosos; si termináramos con toda pelea, y toda guerra; si no hubiera divorcios y mal entendimiento en los matrimonios y en las familias! Si en un instante de nuestra imaginación pudiéramos suprimir todo sufrimiento causado por nosotros mismos, los humanos, el mundo, de la noche a la mañana se habría convertido en un paraíso.

¿Qué decir de sufrimientos fortuitos causados por cataclismos geográficos? También se podrían eliminar en gran manera, pero, ¡no! queremos vivir en medio del terremoto, en cima del volcán y hacer frente al huracán, ¡así de machistas somos!

Finalmente, creo yo, que el sufrimiento forma parte integral de nuestra condición humana. Nos encontramos, juntamente con todo el universo, en un proceso de evolución, de cambio, de transformación. Pongamos un ejemplo. Echamos un leño verde a una hoguera y vemos cómo humea, se retuerce, llora, porque el fuego lo tortura hasta convertirlo en una dorada y resplandeciente ascua. Algo así debe suceder con nosotros. El sufrimiento sirve de purificación transformante, hasta que un día nos veamos bellos y cambiados en seres que gozan y no sufren.

I. A. Rodríguez

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