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Virgen de la Caridad del Cobre
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La devoción del pueblo cubano a la madre de Jesús, bajo la advocación de la Virgen de la Caridad del Cobre, es inmensa. Su historia sucedió como sigue.

A finales del siglo XVI los españoles iniciaron la explotación del cobre en las montañas de la región oriental cubana. También aumentó la cría del ganado. A unos kilómetros de las minas, el gobierno español estableció una gran ganadería en Barajagua. Para prevenir la corrupción de la carne era necesaria la sal.

A principios del siglo XVII –entre los años 1612 y 1613– dos hermanos indios y un negrito, de unos diez años de edad, fueron a buscar sal a la Bahía de Nipe. Los "tres Juanes" –como los conoce la tradicción– se llamaban, Juan y Rodrigo de Hoyos, y el jovencito Juan Moreno, en esa ocasión sólo pudieron llegar hasta la mitad de la bahía porque los sorprendió una tormenta. Cuando amainó y se disponían a recoger la sal, encontraron una imagen de la Virgen. En 1687, Juan Moreno lo contó de esta manera cuando tenía ochenta y cinco años: "(…) habiendo ranchado en cayo Francés, que está en medio de la bahía de Nipe, para con buen tiempo ir a la salina, estando una mañana la mar calma salieron de dicho cayo Francés antes de salir el sol, los dichos Juan y Rodrigo de Hoyos y este declarante, embarcados en una canoa para la dicha salina, y apartados de dicho cayo Francés vieron una cosa blanca sobre la espuma del agua, que no distinguieron lo que podía ser, y acercándose más les pareció pájaro y ramas secas. Dijeron dichos indios: ´parece una niña´, y en estos discursos, llegados, reconocieron y vieron la imagen de nuestra Señora la Virgen Santísima con un Niño Jesús en los brazos sobre una tablita pequeña, y en dicha tablita unas letras grandes las cuales leyó dicho Rodrigo de Hoyos, y decían: ´Yo soy la Virgen de la Caridad´, y siendo sus vestiduras de ropaje, se admiraron que no estaban mojadas. Y en esto, llenos de alegría, cogieron sólo tres tercios de sal y se vinieron para el Hato de Barajagua (…)".

Don Francisco Sánchez de Moya, administrador del distrito Real de Minas de Cobre, determinó edificar una ermita para colocar la imagen y estableció a Rodrigo de Hoyos como capellán. Cierta noche Rodrigo se acercó a visitar a la Virgen, pero la imagen no estaba en la ermita. Sin éxito, la buscaron el día entero por todas partes. A la mañana siguiente, sin saber cómo explicarlo –ya que la ermita había permanecido cerrada– la imagen se encontraba en su lugar. El suceso se repitió varias veces, hasta que por fin, todos comprendieron que la Virgen quería cambiar de lugar. La trasladaron de la ermita al templo parroquial del Cobre. De esta manera la Virgen sería conocida en adelante como la "Virgen de la Caridad del Cobre". Sin embargo, ésta no sería su permanencia definitiva, porque las desapariciones se repitieron. Una niña, llamada Apolonia, contó cómo estando recogiendo flores en el cerro de las minas de cobre, donde trabajaba su madre –en las montañas de Sierra Maestra– un día se le apareció la Virgen de la Caridad. Como la niña se mantuviera firme en su relato, creyentes y no creyentes accedieron al traslado de la imagen al cerro de la visión mencionada.

La aparición a la niña Apolonia contribuyó en gran manera a la difusión de la devoción a la Virgen de la Caridad, y a pesar de lo difícil de llegar al cerro, la gente venía en gran número a manifestar su amor a la Virgen. Dada la creciente asistencia se construyó un santuario nuevo que fue inaugurado el 8 de septiembre de 1927. El 10 de mayo de l916 el papa Benedicto XV declaró a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, fijando su festividad el 8 de septiembre. El 1977, el papa Pablo VI eleva a la dignidad de basílica el santuario nacional de nuestra Señora de la Caridad del Cobre. El 24 de enero de l998, el papa Juan Pablo II, coronó a la Virgen de la Caridad del Cobre como reina y patrona de Cuba.

Por otro lado, los cubanos en el exilio han difundido la devoción a su Virgen, erigiendo una ermita a la Virgen de la Caridad del Cobre en Miami. En la dedicación de dicha ermita el 2 de diciembre de 1971, presidió el cardenal Kroll, arzobispo de Filadelfia.

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