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Santa Catalina de Siena (29 de abril)
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Catalina Benincasa fue la más joven de veinticinco hijos de un rico tintorero de Siena. A los seis años tuvo una visión extraordinaria que probablemente decidió la vocación de su vida. De camino a casa, después de una visita, se paró en el camino y miró al cielo olvidándose de lo que sucedía a su alrededor. "Contemplé a nuestro Señor sentado en la gloria con san Pedro, san Pablo y san Juan". Más tarde dijo que el Salvador le sonrió y la bendijo.

Desde ese momento, Catalina pasaba la mayor parte del tiempo en oración y meditación, a pesar de que su madre la animaba a que fuera como las otras niñas. Para zanjar el asunto, Catalina se cortó el cabello, su principal belleza. La familia la molestaba continuamente; al fin, convencidos de que no prestaba atención a tanta oposición, su padre le permitió que actuara como quisiera: que se encerrase en una habitación oscura que ayunara o durmiera sobre tablas. Finalmente entró como postulante en un convento de monjas dominicas.

Catalina tuvo muchas visiones y también fue probada seriamente con tentaciones repugnantes e imágenes degradantes. Con frecuencia, se sentía totalmente abandonada del Señor. Al fin, en 1366, el Salvador se le apareció con María y una hueste celestial, y la desposó, terminando así años de soledad y de lucha. Se hizo enfermera, como lo hacían regularmente las dominicas, y cuidaba a los leprosos y cancerosos que otras enfermeras no querían atender.

En Siena, había división de opinión sobre si era una santa o una fanática, pero cuando se nombró al obispo de Capua como su confesor, la ayudó a lograr el apoyo total de la casa madre dominicana. Catalina fue una trabajadora valiente en tiempos de una plaga severa; visitó prisioneros condenados a muerte; se recurría a ella para que arbitrara en disputas y para que preparara para la confesión a pecadores atormentados.

Durante el gran cisma del papado, con papas rivales en Roma y en Aviñón, Catalina no cesó de escribir a príncipes, reyes y papas, instándoles a restaurar la unidad de la Iglesia. Incluso se acercó a Roma para buscar una solución.

Además de las muchas cartas a toda clase de personas, Catalina escribió un Diálogo, un trabajo místico dictado mientras se encontraba en éxtasis. Agotada y paralizada, murió a la edad de treinta y tres años.

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