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Santa Teresa de Jesús (15 de octubre))
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Teresa es una de las dos mujeres declaradas "doctor de la Iglesia" en 1970, sobre todo por sus dos obras de contemplación mística, El camino de perfección, y el Castillo interior. Fue amiga íntima y espiritual de san Juan de la Cruz.

Teresa nació en Ávila. Desde la infancia le gustaba leer las vidas de los santos y se deleitaba dedicando tiempo a la contemplación, repitiendo muchas veces: "Para siempre, para siempre, para siempre, para siempre, verán a Dios".

Teresa cuenta en la autobiografía que a la muerte de su madre se volvió mundana. Para superar esa tendencia su padre la colocó en un convento agustiniano para recibir formación, pero una enfermedad seria le impidió continuar los estudios. Durante la convalecencia Teresa determinó entregarse a la vida religiosa, y, aunque el padre se oponía, entró de postulante en un convento carmelitano. De nuevo, la enfermedad la obligó a volver a casa. Después de tres años regresó al convento.

La vida fácil de la regla "mitigada" carmelitana la distrajo de la vida ordinaria de oración. Recurrió a dos grandes penitentes, Agustín de Hipona y María Magdalena, y se hizo cada vez más meditativa. Empezó a tener visiones y, no sabiendo si eran de Dios o del diablo, luchó por rechazarlas.

Teresa se propuso establecer una Orden carmelitana de religiosos "descalzos" que calzaban sandalias. A pesar de muchos contratiempos viajó durante veinticinco años por toda España. Enérgica, práctica, eficiente, además de mística y asceta, fundó 17 conventos de carmelitas reformadas. No tenía miedo ni a la cárcel.

A pesar de las exigencias administrativas y misioneras, Teresa halló tiempo para escribir muchas cartas que nos informan sobre su personalidad y preocupaciones. Se nos manifiesta como una organizadora práctica, una escritora de talento natural, una amiga calurosa y entregada, y, sobre todo, una amante del Dios amoroso.

Después de dos años de enfermedad tuvo una muerte pacífica; recibió el sacramento de la eucaristía ofrecido para su consuelo. Sus últimas palabras: "¡Oh mi Señor! Es hora de que nos veamos".


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