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La convivencia humana y celestial
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por Isaías A. Rodríguez

El ser humano no puede vivir solo. Por naturaleza ha sido creado para vivir en sociedad, en convivencia con otros. Necesita a los demás para subsistir. Por ello, busca la compañía de los demás. Una compañía que abarca una gama extensa de formas, partiendo de las esporádica y epidérmica del contacto de masa a la profunda de la amistad y del enamoramiento para desembocar en aquella que implica fusión de seres en carne y espíritu, el matrimonio. Sin embargo, en todas estas formas de convivencia encontramos lágrimas y alegrías. Y no podemos menos de cuestionarnos ¿por qué la convivencia humana ha de ser origen y fuente de nuestros más grandes gozos y dolores? ¿Por qué ha de resultar la convivencia humana tan compleja que a la par nos ocasiona lágrimas y alegrías? ¿Por qué una pareja de enamorados que sólo ve en el otro belleza, nobleza, entrega, generosidad, sacrificio, han de enfrentarse, de casados, a efectos opuestos? ¿Por qué en comunidades religiosas de alto sacrificio y generosa entrega, se han de encontrar las mismas gracias y desgracias propias de toda convivencia?

El ser humano en su radical esencia es individualista y anda siempre a la zaga de algo que no acaba de encontrar. El ser humano encuentra solaz con los demás pero no plena satisfacción. Y cuando desea profundizar se encuentra con las aristas del otro individuo que se halla en la misma circunstancia. Incluso aquellas personas que calificamos de santas, y han superado todas esas tendencias egoístas, puestas juntas en un lugar veríamos cómo poco a poco su convivir daría pie a roces y rencillas de mayor envergadura. Nos conduce esta reflexión a otra pregunta que hace tiempo nos venimos formulando. ¿Cómo será posible la vida en el más allá, en ese estado que llamamos cielo y que por sí mismo implica total felicidad?

Para que el cielo sea cielo todo ser humano ha de ser transformado. Me refiero aquí no a una transformación pasajera de promesas unas horas cumplidas y otras no. Me refiero a una radical transformación por la cual, sin perder nuestra peculiar individualidad, desaparezca esa inclinación a tergiversarlo todo y convertirlo en mal. Me refiero a una transformación total por la cual cada individuo, en plena satisfacción consigo mismo, sea siempre feliz, sin andar como mendigos buscando ulterior satisfacción. Me refiero a esa plenitud de "ser como dioses", sin necesidad de más. Tal transformación solamente alguien muy superior a todos nosotros la puede proporcionar. Sólo así será posible el más allá, de lo contrario el cielo no será cielo.

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