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El fanatismo, plaga de todos los tiempos
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El pontífice Gregorio Magno, a quien se suele retratar con una paloma, símbolo de la inspiración del Espíritu Santo, fue también un gran precursor de la liturgia musical.

por Isaías A. Rodríguez

Que la expansión de la democracia facilite al mismo tiempo el florecimiento del fanatismo no deja de ser paradójico. El siglo ido y lo que va del presente son muestra de esta contradicción. Todos los adelantos modernos nos hacían pensar que habíamos llegado a una sensatez humana, y, sin embargo, nunca se ha dado tanto fanatismo, odio y persecución como en los tiempos modernos. Este artículo quiere aclarar algo ese fenómeno.

No deja de ser extraño que la expansión de la democracia fomente el florecimiento del fanatismo. Estriba ello en que no todos los integrantes de ese régimen de gobierno -por contradictorio que parezca- son ellos mismos demócratas. La democracia se basa en el gobierno del pueblo, que lo hace gracias al diálogo y al examen de todos los puntos de vista, hasta llegar a la mejor opción de las posibles. Sin embargo, con frecuencia, la ponderación moderada queda adulterada por apasionada defensa de la posición personal. Así es como se cae en el fanatismo.

En el fanatismo predomina la emoción sobre la inteligencia, eliminando la posibilidad de encontrar una verdad ulterior. El fanatismo nos aferra de una manera desmedida a nuestro punto de vista. Al estar seguros de poseer la verdad, uno cesa de preguntarse sobre el porqué y las circunstancias de las cosas. En una palabra, se deja de filosofar. El filósofo es el que se admira de todo y se mantiene en una actitud de constante apertura. El fanático, abandona las preguntas porque está seguro de estar en lo cierto.

Efectos empobrecedores del fanatismo

El fanatismo disminuye los valores del ser humano; limita la capacidad de razonar y la posibilidad de encontrar la auténtica verdad, por carencia de autocrítica y análisis; empobrece el psiquismo y, en definitiva, restringe la libertad.

El fanatismo se manifiesta en todos los campos de la sociedad. Tradicionalmente lo vemos destacar en el religioso y político, pero también descuella de una manera violenta en los deportes. Prácticamente nadie se libra de una buena dosis de fanatismo en algún momento de su vida. En la evolución vital, exhibimos fanatismo de niños, de jóvenes, de adultos, y lo hacemos con gestos acalorados e incluso con violencia. No es raro que tras un arranque fanático nos avergoncemos de nuestra conducta y más aún si constatamos que estábamos en un error. Para superar tal conducta hace falta mucha madurez psicológica. Tal persona podrá dar la sensación de ser indiferente ante todo. Pero esto seguramente no será por carencia de interés de alguna clase, sino de auténtica atención a la posibilidad de que la verdad se manifieste cualquier horizonte.

El fanatismo en la religión

Centremos la atención en el aspecto religioso. La mayoría de los pueblos se han mostrado celosos de sus doctrinas, que han protegido de toda discrepancia a base de persecuciones y guerras santas. Algunas religiones son más fanáticas que otras en la defensa de sus enseñanzas. Entre ellas hemos de incluir el Islam y el Cristianismo. Por el contrario, una de las más tolerantes es la de los Vedas, que incluye en su "doctrina" la creencia de multiplicidad de caminos que conducen a la Verdad.

El cristianismo creció, como religión, al difundir la enseñanza de Jesús. El ejemplo de vida manifestado por Jesús fue sin duda divino. Los primeros cristianos se ganaron la admiración de muchos: "mira cómo se aman", decían. Mas con el crecimiento, entró en codificación de doctrinas y empezaron las disensiones. Para aplacar los ánimos entró en la Iglesia el abuso del poder, primero en manos del emperador Constantino y luego bajo la autoridad de papas, obispos y sacerdotes. El abuso reinó desde entonces hasta nuestros días. El fanatismo se manifestó imponiendo al pueblo, bajo amenaza de pecado y condena al infierno, ideas y costumbres morales que más tarde, en algunos casos, se ha demostrado que eran erróneas. Se usó la violencia de tribunales para mantener a todos en el redil. Veamos sólo un ejemplo entre muchos que se podrían considerar. El de la esclavitud.

Retrato fotográfico del Papa León XIII

La esclavitud, defendida con fanatismo

Durante siglos la esclavitud se tuvo como un hecho natural. Mientras que unos seres humanos nacían destinados a ser esclavos, otros nacían para ser dueños de ellos. Esta condición la acepta la Biblia (Ef 8,5-9) y luego la Iglesia, como algo basado en la ley natural. El papa Gregorio Magno (600), justificaba esta jerarquía de los seres humanos como consecuencia debida al pecado. Un decreto del concilio de Sárdica (340) pronunció anatema sobre los esclavos que no obedecían y respetaban a sus dueños. El concilio IX de Toledo (655), para hacer cumplir el celibato sacerdotal, se decretó que los hijos de curas fueran esclavizados. El concilio de Melfi (1089) permitió que los gobernantes sometieran a la esclavitud a las mujeres de los sacerdotes casados que no siguieran el celibato. Los concilios lateranenses permitieron que se esclavizara a los cristianos que ayudaron a los sarracenos en las Cruzadas. El papa Pío III (1548), permitió la venta pública de esclavos y hacer uso de ellos para el trabajo. La institución eclesial también se sirvió de la esclavitud para someter a quienes cuestionaban la enseñanza oficial.

A partir del siglo XVI se va notando cierto progreso a favor de la libertad humana, sobre todo, en el caso de la conversión al cristianismo. Sin embargo, es interesante la declaración del Santo Oficio de 1866: "La esclavitud en sí misma ...no es del todo contraria a las leyes natural y divina ... Pues la clase de propiedad que el dueño ejerce sobre el esclavo se entiende sólo sobre el derecho al trabajo del esclavo para beneficio del dueño".

El primero en pronunciarse en contra de la esclavitud de una manera clara fue León XIII en la encíclica Rerum Novarum (1891). Finalmente, el concilio Vaticano II, en el documento Los gozos y las esperanzas (Gaudium et spes), habla decididamente de la dignidad del ser humano, y condena la esclavitud como algo "infame y degradante" (n.27).

Otro caso relacionado con lo que vamos tratando fue la condena que la encíclica del papa Gregorio XVI, Mirari Vos (1832), hizo "de la absurda y errónea proposición que defiende la libertad de conciencia"; por el contrario el concilio Vaticano II defendió a machamartillo "la libertad, la igualdad y participación como valores basados en la revelación divina".

Hoy se considera la esclavitud como algo "intrínsecamente malo". Si así están las cosas, si en un caso tan evidente como éste se ha dado un giro tan pronunciado, de considerar ahora como antinatural y malo lo que antes era natural y bueno, y todo ello fundamentado en las Escrituras y en la enseñanza oficial de la Iglesia, ¿no sería este ejemplo suficiente para mantenernos más precavidos en otros pronunciamientos dogmáticos?

No hemos de pensar que en el pasado se procedía de mala fe. Si defendían lo que creían era porque la realidad humana se nos presenta en un claroscuro difuminado, en la cual no es fácil determinar con evidencia donde hay gris, negro o blanco. Esto les sucedió a los mismos autores de la Biblia. Sin embargo, hoy día muchos siguen argumentando con ella como si la Biblia fuera el mismo Dios Altísimo.

Jesús, a punto de ser lapiado por judíos. Grabado de la Biblia de Jerome Nadal (1593)

Casos de Inglaterra

El fanatismo se dio también en Inglaterra en tiempos de la Reforma. Acabo de leer la vida de Thomas Cranmer, escrita por Mairmaid Macloud, y me asombra la facilidad con que en esos años, en Inglaterra, se quemaban unos o otros por disensiones teológicas, y cómo el mismo Cranmer actuó fanáticamente destruyendo imágenes, altares y otros símbolos litúrgicos que no aparecieran justificados por las Escrituras. ¿Dónde quedó el sentido común de nuestro genio litúrgico?

¿Y en la actualidad?

Es una pena que en la actualidad, después de cinco siglos de investigaciones en todos los campos del saber, todavía actuemos como niños testarudos. Es una pena que todavía nos conduzcamos fanáticamente entre las confesiones cristianas. Quiere decir esto que cada uno ve en Jesucristo a un personaje diferente. ¿Dónde queda el Jesús que prefería amar a condenar, el Jesús que admitía a buenos y malos, que no excluía a judíos ni a samaritanos ni a romanos ni a griegos ni a fenicios, el Jesús que hablaba en público con mujeres, el Jesús que descubría la falsedad de los viejos hipócritas que querían apedrear a la mujer adúltera? Si hoy volviera Jesús, no se libraría de una buena condena a manos de fanáticos literales.

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