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El Futuro de la Iglesia
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Por Isaías A. Rodríguez

La pregunta candente que flota en el ambiente cristiano es ¿cuál será el futuro de la Iglesia o de toda la religión cristiana? La disminución de asistencia a los servicios dominicales es alarmante en todo el mundo. Los mismos discípulos de Cristo se encuentran cada día más desolados por la creciente descristianización de la sociedad que conduce, en múltiples casos, al cierre de templos que en otros tiempos florecieron con abundancia de fieles.
Así, en medio de los adelantos del mundo moderno hemos caído en la secularización del pueblo. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cómo podemos afrontarla de una manera positiva e innovadora? ¿Cómo podríamos entender este fenómeno actual?
Tendremos que analizar algunos elementos que han contribuido a formar este escenario. El primero es la Ilustración. Este movimiento filosófico originado en el siglo XVII implica un cambio radical en la manera de concebir el mundo, y marca el fin del Antiguo Régimen y el inicio de la era de la razón. El movimiento que tuvo como fenómeno histórico la Revolución francesa, en algunos países se prolongó al menos hasta los primeros años del siglo XIX. Fue denominado así por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la razón. Sus pensadores sostenían que el conocimiento humano podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía para construir un mundo mejor.
Los orígenes de la Ilustración hay que buscarlos en el deísmo inglés de John Locke (1632-1704), que, atribuyendo al cristianismo un carácter puramente racional, lo transforma en una religión sin revelación ni dogmas. De Gran Bretaña, el movimiento se asentó en Francia. Según D´Alambert (1717-83), la Ilustración "lo discutió, analizó y agitó todo, desde las ciencias profanas a los fundamentos de la revelación". Ahora bien, la filosofía ilustrada más sólida fue la más tardía alemana, que con Kant (1724-1804) culminará en la creación del pensamiento propiamente moderno.
Otro fenómeno histórico de gran transcendencia lo supuso la Reforma protestante, que dio al traste con la unidad religiosa del catolicismo, introduciendo un elemento altamente significativo llamado el individualismo. Este factor debilitaría, con el tiempo, la solidez de la obediencia a la autoridad eclesiástica.
Con todo, el gran pueblo católico, hasta mediados del siglo XX, vivía en un ambiente medieval, movido por el miedo al más allá, por la ignorancia y, por un asentimiento estricto a la autoridad religiosa.
Todo empezó a cambiar con el mayor acontecimiento religioso del siglo XX. Nos referimos al Concilio Vaticano II (1962-65). "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo". Con esas palabras empieza el documento Gaudium et spes del concilio para describir el mundo en que vivimos. Escritas hace más de cincuenta años todavía gozan de una actualidad abrumadora.
El mundo moderno nos sobrecoge cada día más con toda clase de inventos innovadores que hacen la vida en este planeta más llevadera. Sin embargo, los conflictos bélicos no cesan, los pueblos se ven obligados a emigrar abandonando sus hogares exponiéndose a miles de calamidades.
Y los discípulos de Cristo se encuentran cada día más confundidos y desolados por la creciente descristianización. Pero, digámoslo claramente, los mismos líderes religiosos, sacerdotes, etc. carecen de la seguridad teológica que en otro tiempo tuvieron. Hoy, debido a las ciencias, a todo lo que el mundo moderno implica y, sobre todo, al uso de la razón individual, se están superando ideas míticas y obediencias ciegas a enseñanzas y dogmas carentes de sentido. El pueblo ya no tiene miedo a leyes impuestas bajo pecado mortal. Las ignora. Y si antes iba a misa a la fuerza, hoy se queda en casa viendo la televisión.
Otro elemento contribuyente a la actual secularización actual, lo acabamos de mencionar. La televisión, y, en general, todos los medios de comunicación social con que el ser humano cuenta hoy. Para la gran masa del pueblo, la diversión más establecida antes (si así la podemos denominar) era la misa dominical, en ella encontraba amigos, salía de la rutina semanal, y el sermón, si lo había, se convertía en el acontecimiento del día. Hoy encuentra más relajamiento tumbado en el sofá y viendo programas televisivos, que de cualquier manera superan aburridos sermones, que ni dicen mucho ni calan en lo más profundo de nuestro ser.
Un cuarto elemento, de suma actualidad, es el mal ejemplo dado por muchos líderes religiosos. Aquí debemos incluir, no solo a sacerdotes católicos, sino a los ministros de todas las denominaciones religiosas. Los escándalos que saltan a la palestra una y otra vez, sin duda alguna, terminan minando el espíritu religioso frágil de la mayoría de los fieles carentes de suficiente juicio crítico y de profundidad de fe como para superar esas debilidades humanas.
En general, de un mundo sacralizado, en el que se vivía para el más allá, se ha pasado, de repente, a un mundo secularizado en el que los valores más importantes son el triunfo humano y el progreso.
Sin embargo, no podemos permitir que el pesimismo cunda entre nosotros, porque, al mismo tiempo que la secularización avanza, vemos muchos signos de una sociedad hambrienta de algo sustancial y duradero que colme todas nuestras necesidades transcendentales.
El cristianismo, como institución humana, ha cambiado para bien en los últimos años. Ya no ejerce la tiranía de tiempos idos, torturando, quemando en la hoguera, o segando cabezas en la guillotina. En muchas épocas la corrupción abundó a gran escala. Todo eso se ha superado, en parte. Y con todo, la iglesia no desapareció. Me atrevería a decir que nos encontramos en momentos excelentes para dar un paso decisivo de acercamiento a la auténtica doctrina de Jesús. Tenemos que indagar profundamente en lo esencial de la enseñanza de Jesús y superar teologías surgidas de una aceptación acrítica de mitologías trasnochadas. Tenemos que actuar con amor, misericordia y compasión en todo momento, como lo hizo Jesús.
La falta de asistencia dominical no nos indica otra cosa sino que hay un amplísimo campo de misión. Por otra parte, en tiempo de Jesús, pocos iban al templo o a la sinagoga semanalmente. Así pues, ese hecho no debe ser alarmante.
Por el contrario, debemos fijarnos en todo lo positivo que está sucediendo. Se han creado infinidad de centros docentes donde los seglares acuden para obtener títulos en teología. Han proliferado centros dedicados a la oración y meditación. Y, como alguien ha dicho, "la teología mística será la ciencia del futuro del hombre".
La asignatura de espiritualidad, que no se enseñaba en la mayoría de los seminarios, hoy tiene carta de ciudadanía, incluso en seminarios tradicionalmente reacios a ese tema.
Finalmente el movimiento ecuménico está adquiriendo un impuso inusitado para hacer frente a la crisis presente. Se cuestionan muchos elementos en un sentido positivo, qué significa membresía hoy día, la aceptación de ministerios mutuos, y una flexibilidad evangélica en la aceptación de una teología más aceptable para todos.
Cierto día, Jesús, un tanto triste, "peguntó a los Doce: ¿También ustedes quieren abandonarme? Simón Pedro le contestó: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna". (Juan 6, 67). Mientras haya gente que ame a Jesús, mientras sigamos amando a Jesús, el Cristianismo subsistirá.

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