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María, madre y discípula de Jesús
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La Anunciación a María, interpretada por El Greco

por Gonzalo Rendón

Durante siglos, la figura de María -bajo diferentes advocaciones - ha dominado la mentalidad religiosa de nuestra gente. La piedad mariana llevada a extremos exagerados ha opacado en cierto modo dos realidades muy importantes: la figura y el papel liberador de Jesús y la dimensión humana y también liberadora de su madre María. Esto equivale a decir que para nadie hoy que tenga un mínimo de conciencia crítica, la imagen de María es atractiva porque se la ha presentado como un modelo antihumano: con exceso de títulos y virtudes y hasta de cierto poder que la hacen cada vez más lejana de toda aspiración humana de realización.

En un mundo que ya "no traga entero", pero especialmente en un ambiente congregacional, donde he tratado de ir construyendo una conciencia crítica entre los fieles, María y su papel en la vida de la Iglesia y particularmente en la vida de cada creyente, se va clarificando poco a poco.

En efecto, he comenzado por "des-endiosar" a María tratando de recuperar lentamente su dimensión humana, presentándola como la mujer israelita que vive y participa en todo de la realidad de su tiempo; como todas las mujeres de entonces, muy seguramente aspiraba a ser madre de muchos hijos, pues ese era el "destino" de la mujer israelita, y como madre, tendría en su corazón el ferviente deseo de ser la madre del Mesías. Así se pensaba desde finales del Antiguo Testamento cuando las esperanzas mesiánicas se habían hecho cada vez más fuertes: cualquier mujer israelita podía ser la madre del Mesías, todas imploraban a Dios esa gracia.

Pero aquí hay un detalle verdaderamente sorprendente: jamás al judaísmo oficial se le había ocurrido que el Mesías podía nacer de una mujer procedente de la región de Samaria. Y, es sin embargo, una mujer samaria o samaritana la que engendra al Mesías, mas no por sus propios méritos, sino por pura iniciativa y gracia divinas. Es la manera de actuar de Dios.

Ahora bien, partiendo del principio de que María es madre del Mesías, no por sus propios méritos, sino por la gracia divina, es necesario considerarla en todo como una persona humana, limitada y sujeta en todo a las circunstancias de su tiempo. Y desde esa perspectiva, la podemos entender mejor en su proceso de crecimiento espiritual como madre formadora, como oyente de la Palabra, como discípula y como primicia de la obra redentora de su Hijo. Sólo de ese modo, podemos re-actualizarla en la vida de la comunidad y en la vida de cada creyente de hoy.

Como madre, seguramente María era igual a todas las madres: tierna, solícita y protectora. Y como sucede a toda madre, su vida se vería transformada por el nacimiento de su hijo y con toda seguridad le dedicaría toda su atención y sus más grandes esfuerzos por verlo crecer sano y fuerte. El niño, como todos los niños de su tiempo, estaría a su lado y bajo su protección hasta que llegara el momento de pasar al cuidado de su padre o de los maestros que lo debían instruir en todos los aspectos propios de la Ley judía.

No considero necesario pensar en unas actitudes maternas supranaturales de María; el Verbo se ha hecho carne y su madre lo cría y lo conduce como normalmente lo hacen todas las madres del mundo en el sentido más positivo de la palabra.

La otra dimensión de María que nos ayuda eficazmente en nuestra experiencia de fe, es su vocación al discipulado como consecuencia de ser oyente de la Palabra. En una primera etapa, ella ha sido madre y formadora hasta cierto punto de su hijo, pero viene el momento en el cual, es su hijo quien se convierte en maestro y formador de ella. Por su puesto, no es una experiencia fácil para María. Según el testimonio del mismo evangelio, ella no ve todo tan claro desde el principio. Cuando Jesús está en plena actividad pública, ella considera que su hijo se ha enloquecido, no ve claramente a dónde apunta Jesús con su práctica de mezclarse con toda clase de gente considerada indeseable para la religión oficial. El evangelista Marcos nos narra así el incidente: "Entonces fueron su madre y sus hermanos, y quedándose fuera enviaron a llamarle. Mucha gente estaba sentada alrededor de él, y le dijeron: --Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan afuera. El respondiendo les dijo: --¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: --He aquí mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hace la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Marcos 3,31-35).

En primer lugar, vale la pena resaltar el comportamiento de María: como judía tenía muy claro que cierta clase de personas (aquellas excluidas por la Ley) había que mantenerlas lejos, por eso el detalle del evangelio: "quedándose fuera… enviaron a llamarle"; ella y sus acompañantes sabían que la proximidad con aquella gente los haría impuros a ellos también.

Retrato de la Virgen María, por Leonardo da Vinci

En segundo lugar, con base en lo anterior, -y esto nos confirma que María no era exactamente una iluminada que todo lo entendía tan fácil - lo que se le ocurre humanamente hablando, es que su hijo está fuera de sí, se ha vuelto loco, primero porque no se da cuenta del grado de "impureza" en el que está incurriendo por tratar tan de cerca con los "excomulgados" por la Ley, y segundo, porque con sus enseñanzas no tardará en echarse encima a las autoridades religiosas y civiles.

El puntillazo que ayuda a María a entender su vocación y convertirse ahora sí en discípula, con todo lo que ello implicaba, son las palabras de Jesús: "…mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: --He aquí mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hace la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre". Como quien dice, a Jesús no se le conoce de oídas ni se le sigue de lejos: hay que escucharlo y luego seguirlo de cerca desechando cualquier prejuicio, y eso vale incluso para su madre. Aquí está para mí, el punto en el cual, María comienza a ser el verdadero paradigma de creyente y de discípula para los cristianos de todos los tiempos. Desde este momento, María es la perfecta oyente de la Palabra y discípula incondicional, la que redimensiona su papel de madre y no tiene miedo de seguir a su hijo desafiando costumbres y circunstancias de su tiempo y su cultura. No era normal que a un maestro de Israel lo siguieran mujeres; pues bien, María es discípula del maestro Jesús, y el punto más determinante de su vocación lo demuestra al pie de la cruz: mientras todos los discípulos se han dispersado, ella está al pie de su hijo y maestro, Jesús.

En tal sentido, María es entonces, la primicia de la redención. Es la primera redimida y es la que se compromete en la tarea de continuar el proyecto redentor, rescatador, de su hijo. Por eso Lucas nos la presenta formando parte del grupo de discípulos después de la muerte y resurrección de su hijo (Hechos 1,13-14).

Desafortunadamente el patriarcado que domina todo el Antiguo y el Nuevo Testamento, pasa por alto, en las narraciones sobre la vida de la primitiva comunidad cristiana, la actividad misionera de María y sólo nos la presenta "reunida con los demás discípulos…"; sin embargo, no hay que ser muy osados para imaginarnos que esa mujer que hemos descrito como madre y formadora, oyente de la Palabra, discípula y primicia de la redención, no haya jugado un papel verdaderamente activo en el nacimiento de las primeras comunidades de cristianas.

Si queremos "adornar" a María, estos son sus legítimos adornos que nos sirven todavía a nosotros hoy y son un verdadero desafío para calibrar el grado de calidad de nuestra fe.

Un sentimiento común a varias iglesias históricas es cómo redimensionar la figura de María, cómo evangelizar (cargar de evangelio) la piedad y la devoción mariana. Pues bueno, empecemos por ponerla en su justo lugar y de ese modelo podremos ver el justo papel que ella jugó y sigue jugando en la vida de la Iglesia y de cada creyente.

(Para conseguir más doctrina sobre la Virgen visítese Google y busquen: María: Gracia y esperanza en Cristo, artículo escrito por la Comisión Internacional Católico Anglicana, conocida por las siglas de ARCIC).

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