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Sobre la mayordomía y el relativismo
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por Isaías A. Rodríguez

Hace unos días, bien por suerte o designio de lo alto, tuve que participar en una de esas conferencias anunciada a bombo y platillo y con oradores escogidos a la luz del candil de Diógenes.

No voy a mencionar nombres, pero sí algunos de los términos usados en las veinticuatro presentaciones: "mayordomía total", "pedir sin miedo dones más elevados", "los diez mandamientos de la promesa anual", "asuntos esenciales de liderazgo...", "la espiritualidad de dar...", en pocas palabras, al concluir la conferencia uno había logrado un doctorado en mayordomía.

No faltaron los oradores principales que dirigieron su palabra y testimonio personal a una concurrencia de más de cien participantes. Con muchos ejemplos, estos expertos en la materia iban convenciéndonos de nuestra pobre mayordomía y de su gran generosidad. Sí, el complejo de culpabilidad aumentaba a medida que cada uno de ellos subía a la palestra. Tal es así, que una mujer ya no pudo contenerse, se levantó, se acercó al micrófono, y, con voz palpitante, nos confesó que no estaba segura de poder formular en términos claros lo que le hurgaba en el estómago. Nos dijo que no sabía cómo conjugar lo que su madre le había dicho de pequeña, "Que tu mano izquierda no se entere de lo que hace tu derecha". "No divulgues tus buenas obras", como en los ejemplos que ellos habían proclamado. No recuerdo exactamente lo que nuestros sabios oradores le contestaron a la buena señora, pero algo así como que estábamos en nuevos tiempos.

Pero, ¿qué era lo que le picaba en el vientre a esa señora? ¿Qué era lo que a los demás nos creaba un complejo de malestar? Veamos. Sólo mencionaré uno de ellos. Nos aseguró que llegó un momento en su vida en el que sintió el impulso de ofrendar a Dios todo lo que no necesitaba para vivir y así lo predicaba a todo el mundo: "Hay que dar a Dios lo que ya no necesitamos para vivir". Compartió la idea con su esposa y ambos asintieron. Cuando llegó el momento de llenar la tarjeta de la promesa escribió $26,000.00. Ciertamente, una cantidad digna de toda alabanza. La esposa protestó. Le dijo que no estaba incluido todo lo que le sobraba para vivir y que si no cambiaba la promesa declararía ante la congregación que su esposo, el pastor, no estaba cumpliendo lo que predicaba. Verdaderamente, esta mujer estaba muy cerca del reino de Dios... En fin, se sentaron de nuevo, sumaron todos sus ingresos -que ascendían por las nubes- y separaron lo necesario de lo innecesario para sus vidas.

Aquí, yo necesitaría la ayuda de alguien de clase media alta para apuntar cómo se vive a ese nivel. Traigamos a colación algunos conceptos: casa en buen barrio con aire condicionado y calefacción, todos los electrodomésticos de la mejor calidad, muebles lujosos -tal vez alguna antigüedad-, dos coches nuevos, cuentas de cheques, de ahorros, inversiones en la bolsa, buena pensión de jubilación, pagos de estudio en colegios de renombre para los hijos, viajes de vacaciones anuales, diversiones, comidas en restaurantes de cinco estrellas, membresía en clubes, y un largo etcétera. En fin, si sumáramos todo este menú, lo necesario para que una pareja viva a ese nivel se acerca, sino pasa, de los cien mil dólares. Nuestro buen orador, según promesa -obligado por la esposa-, se comprometía a ofrendar todo el resto, que nos imaginamos continuaría siendo una cantidad impresionante. Pero, no nos olvidemos que los pilares su seguridad estaban anclados sobre roca.

Tal alta generosidad es la que desasosegaba a los presentes. Más de uno pensaría: "Cuando podré yo imitar ese desprendimiento". He de confesar que a mí mismo me tronaban las tripas. Hasta que Dios vino en mi ayuda.

Pensaba yo que de seguir el ejemplo de esos generosos santos, nadie, en mis tres congregaciones hispanas, podría ofrendar un centavo para Dios. Porque seamos sinceros y justos, a mi gente habría que elevarla al nivel de vida de esos oradores. Y yo creo que mis tripas protestaban porque en ese caso era la iglesia - el resto de nosotros - la que debiera contribuir a cubrir el abismo que va de vivir en la pobreza a vivir en la abundancia.

Cuando visito a mi pobre gente en sus apartamentos de paredes rajadas, con cucarachas y toda clase de alimañas paseándose por doquier, sin máquinas lavadoras o secadoras, sin carros que funcionen bien, sin seguridad en el trabajo, sin cuentas de banco, sin alimento de lujo (si exceptuamos las pupusas), sin vacaciones, sin jubilaciones pensionadas y sin muchísimas cosas más, pienso que esta pobrísima gente, no debiera dar nada. En verdad, necesitan nuestra ayuda.

Y, sin embargo, se critica su gran generosidad: "Solamente dar un dólar". ¡Como si eso no fuera mucho más que lo que dan los ricos! Fue entonces cuando mi memoria de anciano se avivó y pensé: "No fue la madre, sino Jesús quien le dijo a esa señora: Cuando tú hagas limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha" (Mateo 6,3). También el Espíritu me trajo a recuerdo aquello de que: "Levantando Jesús la vista observó a unos ricos que depositaban sus donativos en el arca del templo. Observó también, a una viuda pobre que ponía unas moneditas; dijo: les aseguro que esa pobre viuda ha puesto más que todos. Porque todos ésos han depositado donativos de lo que les sobraba; pero ella en su pobreza, ha puesto cuanto tenía para vivir" (Lucas 21, 1-4). Tres siglos antes de que Jesús caminara por este planeta ya lo dijo alguien muy sabio: "No hay nada nuevo bajo el sol" (Eclesiastés 1,9).

Nuestros oradores, de fama internacional, daban de lo que les sobraba. Mis pobres feligreses, como la viuda, de lo que tienen para vivir. ¿Quién da más? Nos encontramos aquí ante un problema de perspectiva, o de relativismo. Ojalá que el lector pueda resolverlo.

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